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“Escribo para perderle el miedo a la muerte”

Partiendo de su experiencia personal y de la lectura de numerosos libros de psicología, neurociencia, literatura y memorias de grandes autores de distintas disciplinas, la escritora y periodista ofrece un estudio apasionante sobre los vínculos entre la creatividad y la inestabilidad mental. Y lo hace compartiendo numerosas curiosidades desconcertantes sobre cómo funciona nuestro cerebro al crear, desmenuzando los aspectos que influyen en la creatividad, y montándolos mientras escribe, como un detective dispuesto a resolver las piezas dispersas de una investigación.

En efecto, ensayo y ficción confluyen en esta exploración sobre los vínculos entre la creatividad y la locura, y así el lector asistirá en directo al mismo proceso de la creación, descubrirá la teoría de «la tormenta perfecta», esto es, que en el estallido creativo confluyen una serie de factores irrepetibles, químicos y situacionales.

Como señala Elisa Ramírez, la editora de Seix Barral, la sensación que uno experimenta mientras va leyendo El peligro de estar cuerda –que toma su título de un poema de Emily Dickinson– es que este libro es un experimento en sí mismo del que el propio lector va formando parte.

Ya desde las primeras páginas Montero muestra sus cartas y deja escrito: “Todos guardamos en el fondo de nuestro corazón alguna divergencia. Todos somos rarunos, aunque, eso sí, algunos más que otros. Incluso diría que ser un poco más raro de lo habitual tampoco es infrecuente. De hecho ocurre a menudo entre los creadores, dicho sea con minúsculas; entre los artistas de todo pelo, sean buenos o malos. De eso precisamente va este libro. De la relación entre la creatividad y cierta extravagancia. De si la creación tiene algo que ver con la alucinación. O de si ser artista te hace más proclive al desequilibrio mental, como se ha sospechado desde el principio de los tiempos: ‘Ningún genio fue grande sin un toque de locura’, decía Séneca”.

– Habla usted de que estamos ante el libro de su vida, ¿por qué?

Tengo la sensación de que es el libro de mi vida por varias razones. En primer lugar porque contesta a dos cuestiones que me han torturado y encandilado a lo largo de toda mi vida. Una es intentar contestarme a por qué tengo esa cabeza paralela pues, como confieso al principio del texto, siempre supe que había algo que no funcionaba bien dentro de mí. He tenido ataques de pánico y te preguntas por qué te pasa eso. Por otra lado te preguntas de dónde surge esa vertiente chisporroteante de imaginación y de fantasía. Como la mayoría de los novelistas escribo desde la infancia y te preguntas de dónde surge ese deseo. Toda la vida he estado devanando la madeja de esas dos cuestiones hasta que hace cuatro años supe que iba a hacer un libro sobre estos temas y empecé a tomar notas concretas y a leer y releer muchísimos libros con el objetivo de llevarlo a cabo. Tengo tres cuadernos grandes repletos de los temas que quería tocar y no son menos de setenta. En un momento determinado pensé que no iba a ser capaz de escribirlo porque no me sentía capaz de moverme en tal bosque de datos, cuestiones, temas, etc. hasta que decidí dejarme llevar por la música que podía anidar en el libro y al hacerlo encontré un camino para llegar a conclusiones que me han respondido de manera suficiente a las dos cuestiones que me han asediado toda mi vida. Por eso lo siento como el libro de mi vida. Además también me ha permitido reflexionar sobre los límites entre lo que llamamos realidad, imaginación o delirio, y al hacerlo te planteas el sentido de la vida y el lugar de la muerte y cómo poder sobrellevarla. Detrás de muchos de los trastornos psíquicos está el miedo a la muerte. En consecuencia, este libro además de ser un texto sobre creación y locura también lo es sobre el sentido de la vida y cómo aceptar la oscuridad de la muerte.

– ¿No siente que esos son los temas que gravitan sobre el conjunto de su obra?

Efectivamente. Toda mi literatura está atravesada por esos temas pues soy una escritora especialmente existencialista. En ese registro creo que he dado un pasito más para entender y aceptar la muerte. Por otro lado, no tengo la sensación de haberme desnudado a través de este texto, pues no es un libro testimonial. He intentado entender estas cuestiones a través de las citas y el pensamiento de expertos, de biografías de otros autores y del autoanálisis. Tengo la sensación de haber sido mi propio escarabajo. Un objeto de estudio. Como si fueras el entomólogo que disecciona. Cuando hablo de los problemas mentales que he tenido o de mi propia creatividad estoy intentando hablar de los problemas mentales de todos y de cómo funciona la creatividad en nosotros.

– Habla de cabezas que no han terminado de madurar…

En torno a un quince por ciento de los seres humanos tenemos este tipo de cabeza, que es una cabeza que neurológicamente no ha terminado de madurar y que está llena de fantasías. Y eso no sólo es cuestión de personas creadoras, pues estoy convencida de que, por ejemplo, una gran mayoría de los lectores apasionados son gente que comparte este tipo de cabeza. Por eso creo que muchas personas se van a sentir identificadas con este libro. De todos los que he escrito éste es el libro con más ritmo interno y ese ritmo es el de la vida.

– También de buen número de ilustres creadores afectados por trastornos mentales, ¿los ha entendido al profundizar en sus vidas?

Más que entenderlos para explicarlos he intentado vivirme dentro de ellos. Soy periodista y escritora porque me gusta muchísimo la gente y la novela y la escritura es un viaje a los otros. Como periodista, al realizar entrevistas he intentado meterme por un rato en la cabeza del entrevistado, del personaje, y comprobar cómo se ve el mundo desde ahí. No busco entender porque una no se entiende ni a una misma, pero sí vivir en ese lugar del mundo que cada cual constituye. Como he apuntado en el libro hay dos verdades que creo que son irrefutables: todos somos iguales y, al tiempo, todos somos diferentes. Es fascinante esa cosa poliédrica que somos. Me interesa viajar al otro y sentirme ahí.

– ¿Qué personaje le ha impacto más?

Me ha maravillado la escritora neozelandesa Janet Frame. Una persona que ha tenido una vida tan difícil, que lo ha tenido todo para sentirse destrozada. Baste decir que recibió más de doscientos electrochoques, en la época en que se administraban sin sedación. Una persona que vivió en la pobreza y que estuvo ocho años encerrada en un psiquiátrico de aquellos. Una persona con un padre maltratador, dos hermanas que parece que se suicidaron… todo terrible y, sin embargo, demostró una capacidad conmovedora para seguir viviendo y creando y para al final declarar que había tenido, gracias a la creación, una vida estupenda. Frame, de una generosidad deslumbrante, es una iluminadora de mundos. También tengo que citar, pues la considero mi maestra y amiga, a Ursula K. Leguin.

– ¿Qué ideas le gustaría que se quedasen en la cabeza del lector de El peligro de estar cuerda?

Fundamentalmente que la rareza es lo normal. Lo que verdaderamente es raro es ser normal porque la normalidad no existe. Un estudio muy concienzudo de la Universidad de Yale concluye afirmando que la normalidad no es más que una construcción estadística. No hay nadie que sea normal y eso supone una reivindicación de la diferencia de cada cual. Se trata de encontrar en esas diferencias la armonía de la vida. Asumiendo esa rareza podemos llegar al fondo de lo que somos. Me siento un pececito del enorme cardumen de la humanidad. A través de las rarezas individuales conectamos con el resto de los peces y buscamos la armonía.

– ¿Estamos ante un libro híbrido?

Todos mis libros tienen un punto raro, pero éste, con La loca de la casa y La ridícula idea de no volver a verte, son de un registro diferente, fronterizo e híbrido. Para escribir de una manera madura, que ambicione rozar el secreto de las cosas, tienes que borrar el yo consciente. Decía Julio Ramón Ribeyro que una novela madura exige la muerte del autor. Es una muerte metafórica en la que tienes que dejarte atravesar por las palabras. Me he dejado llevar por la escritura desde el convencimiento de que escribir es una manera de pensar.

– ¿Escribirlo ha tenido un efecto sanador? ¿Emerge una Rosa Montero nueva?

Escribir nos une. Tiene un efecto sanador. Dicho esto, nunca eres nueva de todo. Siempre eres tú, pero evolucionando. Sigues teniendo las oscuridades y las dudas y las angustias, pero he visto y me he respondido a cosas que no conocía.

– ¿Como cuáles?

He visto una manera de vivir mejor y, fundamentalmente, una manera de morir mejor y comprendido por qué tengo la cabeza como la tengo y cómo se articula la creación en todo ese barullo.

– ¿Ha sentido dolor en el proceso de escribirlo?

Algunas cosas me han dolido y otras no porque el texto es una celebración de la creatividad y de cómo la creatividad nos salva. No a todo el mundo porque hay gente que vive en la frontera, como Sylvia Plath, pero a la inmensa mayoría nos salva ya sea porque la ejercemos o porque la disfrutamos y la usamos. Yo, como lectora, o como amante de la música o la pintura, en la búsqueda de la belleza estoy buscando la luz en las tinieblas. El intento de orden que supone todo acto creativo, el ordenar o dar un sentido el caos nos salva a todos. En este sentido, el libro es una reivindicación de la capacidad para salvarnos que tiene la creatividad.

– En definitiva, ¿podríamos hablar de la locura como motor creativo?

Ese es un tema muy complejo. Muchos psiquiatras, terapeutas, neurólogos y profesionales que se dedican a los trastornos mentales se admiran de que gente que tienen problemas psíquicos, incluso graves, de alguna forma les apena o preocupa curarse, dicho sea entre comillas. Hay ejemplos de personas ilustres que han sufrido problemas mentales que confiesan que haberse curado no provoca la misma satisfacción que haberse curado de otras enfermedades. Esas personas dicen que si te curas del delirio no obtienes sólo ganancias porque se pierde un punto de intensidad visionaria. No se debe hablar de locos, porque el trastorno mental no te define por entero, como tampoco el cáncer ni ninguna enfermedad. Pero esas personas han sido consideradas a lo largo de la historia como visionarios por su capacidad de arder en la visión. Los terapeutas saben que la gente que nos dedicamos a actividades creativas podemos tener un cierto miedo, y vuelvo a insistir que hay que decir esto entre comillas, a que nos curen.

– ¿Ha buscado que hablemos de salud mental de un modo menos encorsetado?

Eso es interesante pues creo que estamos en un momento esperanzador. Con la pandemia se está hablando más de la salud mental porque estamos pagando el precio de que, en general, ha empeorado. Pero hablo de esperanza porque por primera vez se está hablando de la salud mental de una forma mucho más natural. En ese sentido estamos atravesando una frontera sin retorno y de liberación importantísima. He luchado desde hace cuarenta años en el intento de normalizar el tema de la salud mental. Y ahora estamos pudiendo hacerlo colectivamente no sólo en España, sino a nivel mundial y eso supone un enorme logro. Lo que llamamos locura, y así lo digo en el libro, supone una soledad tan atronadora que si no has estado ahí no se puede comprender a qué soledad nos referimos. Es la soledad absoluta. La locura te saca de la especie humana. Te crees que ya no eres ni siquiera humano. Si a esa soledad bestial le añades el ostracismo social con el que se ha estado castigando a los enfermos mentales los abocas al infierno. Mientras que si unes a la gente en un discurso común se posibilita una vida hábil para las personas con ese tipo de enfermedades. La locura es una ruptura de la narración común.

– Cambiando de tercio, no podemos acabar sin que nos hable de cómo ve nuestro país en el momento actual…

Hablaría, más que de nuestro país, del mundo. Desde hace tiempo estoy muy preocupada. Tengo la sensación de que estamos viviendo uno de los momentos más difíciles de la historia reciente, con un futuro muy oscuro que da miedo porque vivimos un momento de pérdida de credibilidad total y de legitimidad de los sistemas democráticos. Hay que recordar que cuando el partido de Hitler se presentó a las primeras elecciones no tenía muchos seguidores, en las segundas incluso bajo medio punto, pero en las terceras, sólo un año y medio más tarde, obtuvo un dieciocho por ciento de votos y fue el segundo partido más votado y ahí se inició el posterior infierno. Ahora habría que preguntarse qué pasó en ese año y medio para que se disparase el número de seguidores. Y lo que pasó fue el crack del 29. Ahora hemos asistido al crack de 2008 que ha provocado el empobrecimiento de un cuarto de la población mundial. Esa gente ha visto que los que causaron el crack no sólo no han pagado por ello, sino que siguen en el poder y más enriquecidos que antes. Es fácil comprobar que desde la Segunda Guerra Mundial la distancia entre los ricos y los pobres fue bajando paulatinamente, pero a partir de 2008 ha vuelto a subir. Mucha gente piensa que la democracia no los representa y esa es una crítica legítima. Lo malo es que creen que la respuesta es la falsa pureza del dogma y se ubica en los extremos por la derecha y por la izquierda. Eso nos aboca a un mundo de odio creciente, de intolerancia creciente porque cuando no hay ideas y hay miedo se busca un estado de cohesión a través del odio al diferente. Buscar y crear enemigos. Eso da mucho miedo. Sin olvidarnos del calentamiento global que va a provocar más crisis. Creo que tenemos por delante cuarenta o cincuenta años tremendos.

[Dicho eso, se rebela Rosa Montero contra la idea del derrotismo y la desesperanza: “La vida es luz y alegría y vitalidad. Así lo siento de un modo absoluto. Más que optimismo creo que tengo la virtud de la alegría que no es la felicidad, sino esa condición animal que hace que todas tus células se regocijen de estar viva”. Así, con la pasión que le lleva a referirse a “la emocionante belleza de la vida”, se despide. Y, cómplice, sonríe.]