En la muestra se quiere poner de manifiesto este aspecto singular de su obra: la “palpitación clásica” que subyace en sus Ledas, Centauresas y Torsos femeninos que dialogan aquí con Afrodita, Dionisos o las estatuas del Partenón.

Un moderno entre los antiguos está formada por un conjunto de 35 esculturas en bronce, mármol y escayola, algunas de ellas inacabadas, proporcionando con ello una dimensión muy atractiva sobre el trabajo creativo de este escultor. Abarcan toda su vida creativa desde su llegada a París, adonde se exilió en 1939, hasta sus años finales. Algunas de las obras no han sido nunca expuestas.

“Siempre he admirado la inteligencia y la pasión que se adivinan en la escultura griega”. Lobo mantuvo siempre un secreto interés por los mitos helénicos, tratando de descubrir sus aspectos más marginales e insólitos. Esta simpatía por la estatuaria mediterránea estaba en el ambiente de la época y forma parte del espíritu heterodoxo con que los escultores de mediados del siglo XX afrontaron su ruptura con la tradición.

Sin perder de vista la inspiración antigua, el escultor, mediante un salto en el vacío, prescinde de las proporciones naturales, olvida la anatomía y sintetiza el rostro, de modo que los ojos, la nariz o la boca no imitan rasgos reales, sino que los designan como un ideograma, según un sistema de signos sucintos: el rostro plano, el ojo cilíndrico, la breve hendidura de la boca, el tronco rectangular de la nariz. En la adopción de estos recursos, Lobo demuestra poseer, al igual que sus contemporáneos, un ojo primitivo y una mente moderna.

Divinidades animalescas

De entre todas las deidades clásicas, Lobo siempre manifestó su simpatía por las divinidades animalescas, por las uniones carnales entre bestias y diosas, por los hombres cuadrúpedos y las diosas-cisne. Frente a Apolo o a Afrodita, preferirá siempre a la faunesa, a Leda o a Selene, la diosa luna; o a esos monstruos enamoradizos, como el minotauro o el centauro, derrotados pero indomables. Para él no son perversiones del canon, sino seres humanos que recuperan su vitalidad animal perdida, y por los que no oculta su simpatía compasiva.

Esta predilección no es extraña al orígen del zamorano, nacido en el seno de una sociedad agrícola arcaica, en la que las acciones cotidianas o la vida sensorial están entretejidas con los ritos de la vegetación, con la solidaridad con la tierra, como revela este comentario a un amigo a quien invita a viajar a Tierra de Campos: “Allí, en otoño, con suerte, se pueden ver centauros desbocados de alegría en el horizonte”.

París

En el París de la posguerra bullía un pequeño grupo de artistas ansiosos por innovar el lenguaje de la escultura: Brancusi, Lipchitz, Laurens, Modigliani, Julio González, Miró, Arp…Y también Lobo. Encontraron su camino inspirándose en las formas elementales de la naturaleza, en una escultura cargada de vida orgánica. Su objeto predilecto será el cuerpo humano, plasmado en su plenitud, es decir, como un bloque henchido, como una masa unitaria y pletórica.

Lobo recrea un universo de redondeces y disimetrías, de esquematismos y torsiones deformadoras. No se entretiene en los accidentes de la carne pero tampoco franquea la puerta de la abstracción. A veces somete su estilo a una extrema reducción y da vida a cuerpos primarios y ovulares, como si fuesen un núcleo que crece, al estilo de los átomos del filósofo Demócrito, una lectura que le causa admiración: “Nunca había entendido como ahora lo que es un átomo”.

Métodos ancestrales

A comienzos del siglo, Brancusi y otros escultores recuperaron una técnica olvidada, la talla directa, como una de las banderas de la vanguardia. El método consiste en desbastar la piedra e ir eliminando materia hasta obtener la forma final. Es un método que requiere cautela, fuerza física y delicadeza extrema.

Lobo la adoptó con entusiasmo. Visitaba las canteras, Carrara o Novelda, para elegir los bloques. Trabajaba con lentitud y con precisión, pues poseía esa cualidad de “tener un compás en el ojo”. También cuando, a partir de vaciados en yeso, trasladaba sus esculturas al bronce, seguía su fundición día a día, retocando el modelo en cera y cuidando exquisitamente las pátinas, hasta lograr una piel palpitante.

Un amigo describió así su trabajo: “Desbasta, araña, afina; pule el mármol francés, gris y duro; o el del Pentélico, blanco y dócil; repasa la articulación de los planos mediante la curva de un contorno; lima, adelgaza un volumen hasta que no queda más que un leve abultamiento; o se entretiene en transmitir, en una línea, la pulsación de la sangre”.

Mujeres… a ser posible

El escultor vivió toda su vida afincado en un tema predilecto: la mujer, el desnudo, la naturaleza de lo femenino. Diosas, pescadoras, bañistas, centauresas, madres que besuquean y arrullan, encarnaciones de la Luna o de la coquetería urbana. “Bellas y exactas”, pero siempre elementales, fragmentarias.

Su talento plástico se revela de una manera espléndida en los torsos, que explora en todos sus gestos y registros, en todos los materiales y posturas, especialmente entre 1965 y 1980. Para él, el torso no es una anatomía inacabada sino una abreviatura que encierra la esencia de la humanidad. Siempre sensuales e interesantes, estos troncos femeninos se presentan bajo todas las variantes imaginables: mujeres-tallo, mujeres-río, mujeres-luna; torsos que flamean al viento como la vela de un barco, o que, por el contrario, son orondos y pesadamente estáticos. Otros, ya casi abstractos, forman un triángulo reducido a una ondulada carnación elemental. Algunos resultan impetuosos, casi ingrávidos, mientras que otros, carnosos y fecundos, sestean, perezosos, en la playa, o, fatigados, se han quedado en un rincón. Por último, están los torsos fluyentes como un río, cuyo perfil anatómico se confunde con la ondulación de las aguas del Sena.

La exposición ha sido posible gracias al préstamo de los fondos que posee del Ayuntamiento de Zamora y la Fundación Baltasar Lobo, en colaboración con el Museo de Zamora, que alberga en depósito más de 650 obras del legado del escultor.

Exiliado e ignorado

A pesar de haber sido distinguido internacionalmente como un gran escultor del siglo XX, Baltasar Lobo ha sido durante décadas un artista ausente de las historias del arte e ignorado por sus compatriotas. Un hecho que se debe, como en tantos casos, al exilio que emprendió, cuando en 1939 atravesó la frontera para instalarse en París, ciudad en la que maduró como escultor. Allí, y como les sucedió a tantos contemporáneos –Brancusi, Giacometti, Moore, etc.–, desarrolló una obra obsesiva, sin rupturas llamativas ni cambios insospechados. Su vida fue marcadamente silenciosa. Vivió siempre en la misma casa, llevó siempre la misma gabardina, quiso siempre a la misma mujer y, en el fondo, esculpió siempre el mismo desnudo.

Esta exposición, donde las esculturas de Lobo se codean con sus antepasadas milenarias, ha querido poner de relieve la irrenunciable palpitación clásica que subyace bajo una vocación decididamente innovadora: tiene de clásica el espíritu de serenidad y reserva, el gusto por ordenar las formas en ritmos amplios y cadencias sosegadas. Es clásica, asimismo, por su búsqueda de la belleza en la masa sólida, por su huida de lo superfluo y de las estridencias y, sobre todo, por su talento para hacer ver de inmediato lo esencial.