Así, una talla de San Marcos (1501-1525), atribuida a Felipe Bigarny, dialoga en la sala 2 con una pintura dedicada al mismo santo del alemán Gabriel Mälesskircher. Se trata de una pieza en madera policromada en la que el evangelista aparece sentado en un atril, acompañado del león y concentrado en la redacción de las Sagradas Escrituras. Su figura se enmarca en un fondo arquitectónico donde resalta la riqueza de la decoración vegetal.

Entre las obras neerlandesas, en la sala 3 se expone una escultura anónima de San Adrián (1501-1525), un santo vinculado a localidades del norte de Francia y la región de Gante. Oficial del ejército de Maximiliano, entre sus atributos están la espada, la llave –que alude a los carceleros de quienes es patrón–, y la indumentaria de guerrero. La talla, en madera policromada, se ha relacionado con otras ejecutadas en los Países Bajos meridionales donde se registran características propias del Renacimiento italiano, como el rostro idealizado o la estilización de las telas.

En la sala 6, Santa Catalina de Alejandría (hacia 1683­1687), del círculo de Aniello Perrone, ofrece un magnífico ejemplo de escultura religiosa barroca, donde cada detalle desprende dinamismo y movimiento. En la sala siguiente, frente a un tondo de Beccafumi, se ha instalado la Sagrada Familia con san Juanito (hacia 1535), atribuido a Gabriel Joly, un altorrelieve de gran belleza tanto por la colocación de las figuras como por sus gestos y miradas. Sus líneas curvas delatan que pudo ser concebido como un tondo integrado en un conjunto más amplio.

Realidad y devoción. 10 obras del Museo Nacional de Escultura de Valladolid.

Realidad y devoción. 10 obras del Museo Nacional de Escultura de Valladolid.

Santa Ana, la Virgen y el Niño (hacia 1515), de un artista vinculado a la ciudad de Limburgo, se exhibe en la sala 8, donde el mismo tema aparece en el tríptico de Hans Suess Kulmbach. Es una escultura que se aleja de la tradición medieval al abordar el tema mariano con un alto grado de realismo e intimidad.

En la sala 9, un busto anónimo en piedra caliza del Emperador Carlos V de joven (hacia 1520) se mide con el retrato que Lucas Cranach el Viejo pintó en 1533. A pesar de que la obra sigue la tipología del busto florentino, el rostro está esculpido con un lenguaje realista cercano al arte flamenco. El emperador porta el Toisón de Oro, símbolo de su poder y la fecha de ejecución coincide con la de su coronación en Aquisgrán.

En la sala 10, junto a una obra de Joss van Cleve con el mismo tema, se expone un Niño Jesús (1634­1667) atribuido a Alonso Cano. La pieza es un excelente ejemplo de las obras devocionales de pequeño formato que se hicieron muy populares en Sevilla a finales del siglo XVI.

En la sala 14 está la Cabeza de un apóstol (1667-1700) de Pedro Roldán. Se trata de una pieza de bastidor, en las que se tallaban cabeza, manos y pies mientras que el cuerpo se cubría con ricos ropajes.

Con La Virgen y el Niño con santa Rosa de Viterbo de Murillo dialoga en la sala 15 una talla en madera policromada de Juan de Juni, San Antonio de Padua (hacia 1560-1575). El Niño Jesús se gira para mirar con ternura al santo, como ocurre entre los personajes de Murillo.

La última pieza, en la sala 19, es un Demonio de un autor anónimo del siglo XVIII que sirve de contrapunto a San Miguel expulsando a Lucifer y los ángeles rebeldes, del taller de Rubens. Como indica la postura horizontal de la figura y las señales de un anclaje antiguo, la pieza debió formar parte de un conjunto en el que se escenificaría la caída de los ángeles rebeldes.