Alcanzó en vida un gran éxito internacional que el inexorable paso del tiempo, y con él las diferentes generaciones historiográficas, han ido olvidando. El trabajo de investigación y de restauración que el Museu ha llevado a cabo para esta muestra ha permitido descubrir aspectos inéditos y que se pueda disfrutar de su obra en toda su dimensión.

Fabrés desarrolló un trabajo pictórico de gran envergadura que llevó a cabo en las diferentes ciudades en las que vivió: en Roma, donde llega en 1875, como seguidor de Fortuny en cuanto a la temática orientalista, después en su ciudad natal, Barcelona, más tarde en París y en Ciudad de México, donde fue maestro de mucho de los pintores mexicanos que revolucionaron el arte nacional, como Diego Rivera, Saturnino Herrán o José Clemente Orozco. En 1907 vuelve a Roma, donde se establece hasta 1938, año en que muere.

La disposición museográfica de la exposición, que evoca la estética de la pinacoteca acumulativa clásica, pretende transmitir al visitante la atmósfera de los singulares talleres de Fabrés. Recorre la obra del escultor y pintor, que con 21 años y siendo alumno de la Escola Llotja de Barcelona, ganó una pensión para ir a Roma, la ciudad que entonces era el destino natural para los artistas que destacaban. Al llegar allí, un año después de la muerte de Mariano Fortuny, se dedico al dibujo, a la pintura y a la acuarela, tres técnicas que dominó como nadie en su época.

La historiografía situó su obra como continuadora de la de Fortuny en cuanto a su temática, la orientalista. Pero no puede inscribirse en ningún movimiento especifico y, si bien pintó temas orientalistas comunes a muchos artistas de las décadas ochenta y noventa del siglo XIX, o temas de mosqueteros o espadachines, muchas de sus obras también se pueden encuadrar dentro del realismo y el naturalismo, que hay que entender como una mirada crítica hacia la sociedad.

El naturalismo y la denuncia de las diferencias sociales tuvieron en Fabrés un defensor acérrimo. Fue un gran retratista que buscaba, principalmente, la mirada como elemento principal. Su preocupación por la luz le llevó a investigar su incidencia en los colores, tanto de interiores como de paisajes, consiguiendo incluso en algunos cuadros aspectos más bien hiperrealistas.

En 1926, el propio artista hizo una gran donación de su obra a la Junta de Museos de Cataluña, que actualmente se conserva en el MNAC, así como en la antigua Casa del Comú, en Les Corts.

Reconocimiento

De familia humilde y con una clara inclinación desde muy joven por el dibujo y la escultura, Fabrés ganó una pensión en 1875 para ir a Roma a formarse como escultor. Pero enseguida se dio cuenta de que serían la pintura y la acuarela las que le otorgarían la fama, que siempre estuvo convencido de alcanzar.

Su obra, desde el principio, tuvo un considerable reconocimiento internacional y fue alabada por su virtuosismo y detalle en las técnicas con la acuarela y el óleo. Fue un artista muy versátil y cultivó diversos temas, desde el orientalismo de los primeros tiempos, a la manera de Fortuny, hasta el orientalismo decó, pasando por mosqueteros, paisajes, retratos y asuntos cotidianos.

Su talante cosmopolita influyó no solo en la elección de los temas para sus obras –buscando un público europeo y americano–, sino también en el estilo y los intereses personales.

Casado desde 1885 con Júlia Llausàs, tuvo dos hijas, Júlia y Glòria, una familia muy unida, acostumbrada a sus cambios profesionales, lo que le permitió tener una vida relativamente tranquila, dedicada solo a la pintura y a la enseñanza artística, con lo que se ganó la vida.

Con el cambio de siglo, su estilo dio un giro hacia la pintura naturalista, con temas más conmovedores como la pobreza o la locura.