La exposición, compuesta por casi doscientas fotografías, además de material documental, está estructurada en torno a 10 secciones que hacen un recorrido cronológico y temático por su obra. Una trayectoria que está marcada en parte por las ciudades en las que vivió, el Fráncfort anterior a los años treinta, el París de esa década y el Nueva York de la posguerra, donde fundamentalmente experimentó su condición de exiliada. Sin embargo, no resulta posible adscribir su trabajo a ninguna de las corrientes fotográficas o culturales que conoció, si bien se nutre de todas ellas. De hecho, su obra está influida por Das Neue Sehen (la Nueva Visión) de Moholy-Nagy, por la Bauhaus de la República de Weimar y por André Kertész, así como por el surrealismo de Man Ray.

La obra de Bing abarcó casi todos los géneros, desde la fotografía de arquitectura, el retrato, el autorretrato, los objetos cotidianos hasta el paisaje. La diversidad de estilos con la que lo hizo refleja su valiosa y personal interpretación de las diferentes propuestas culturales con las que se relacionó. Tal y como señala el comisario de esta exposición, Juan Vicente Aliaga, «la posición en la que se sitúa escapa a cualquier norma estricta u ortodoxia visual. En ese sentido se puede afirmar que estamos ante una mirada y una concepción de la fotografía harto singulares en las que modernidad e innovación formal van de la mano de un talante humanista en el que anida una conciencia social».

En su presentación en Barcelona, la muestra suma dos importantes novedades: la inclusión de cuatro fotografías procedentes de las colecciones del Musée Carnavalet (París) y la exhibición de la película Drei Fotografinnen: Ilse Bing. Realizada cinco años antes de su fallecimiento (1993) bajo la dirección de Antonia Lerch, esta película de 54 minutos nos muestra a una Ilse Bing ya muy frágil, que se mueve con dificultad en la estrechez de su modesto apartamento, pero con la capacidad de evocar con plena lucidez su vida y su obra. Un emocionante testimonio que muestra la profunda vitalidad y el impulso creador que hacen de las imágenes de Bing obras fundamentales de la fotografía de la primera mitad del siglo XX.

Visibilidad

Ilse Bing formó parte de una generación de fotógrafas que logró una visibilidad hasta entonces insólita. Por aquella época lo natural no era que las mujeres fueran artistas, y por lo general este campo estaba ocupado exclusivamente por hombres, que miraban con desdén, incluso con animadversión, la presencia de las mujeres en el ámbito social y cultural. Para Bing, como para muchas de sus contemporáneas —Germaine Krull, Florence Henri, Laure Albin-Guillot, Madame d’Ora, Berenice Abbott (a quien la Fundación dedicó una muestra en 2019), Nora Dumas o Gisèle Freund—, la cámara se convirtió en una herramienta esencial de autodeterminación y en un modo de confirmar su propia identidad.

Nota: La galería de fotos y el reportaje en vídeo que ilustran este artículo corresponden al paso de la muestra por Madrid.

Peripecia vital

«Sentí que la cámara crecía como una extensión de mis ojos y se movía conmigo»

Ilse Bing. 'Autorretrato con Leica' [Self-portrait with Leica], 1931. 26,5 × 30,7 cm. Colección de Michael Mattis y Judith Hochberg, Nueva York. © Estate of Ilse Bing. Photograph: Jeffrey Sturges.

Ilse Bing. ‘Autorretrato con Leica’ [Self-portrait with Leica], 1931. 26,5 × 30,7 cm. Colección de Michael Mattis y Judith Hochberg, Nueva York. © Estate of Ilse Bing. Photograph: Jeffrey Sturges.

Ilse Bing tomó sus primeras fotografías con 14 años. Autodidacta en el medio, se dio cuenta de su vocación cuando comenzó a fotografiar con el fin de ilustrar su tesis. Estudió Matemáticas y Física antes de decantarse por la Historia del Arte. Finalmente, en 1929, abandonó la universidad y, armada con la que a partir de ese momento será su inseparable Leica, se dedicó a la fotografía durante los siguientes treinta años. En 1930 se trasladó a París, donde continuó su dedicación al fotoperiodismo al tiempo que desarrollaba un trabajo más personal, convirtiéndose en una de las principales representantes de la fotografía francesa moderna. En 1931 conoció a Hendrik Willem van Loon, que introdujo su trabajo en Nueva York, y al año siguiente tuvo su primera exposición en la Julien Levy Gallery. En 1941, ante el avance del nazismo, se exilió en Nueva York junto a su marido, el pianista Konrad Wolff.

Dos décadas más tarde, a la edad de sesenta años, abandonó su trabajo como fotógrafa y dirigió su creatividad a la elaboración de collages, de obras abstractas, de dibujos y también a la escritura de poemas. Falleció en Nueva York en 1998.