La nueva creación escénico musical, impulsada por el propio museo junto a Khawla Art & Culture Foundation [3] y con la colaboración de Abu Dhabi Music & Art Foundation [4], cristaliza después de un año y medio de trabajo en un espectáculo con una ambición poco habitual en instituciones alejadas de los grandes circuitos culturales. Su doble estreno en Pamplona y Abu Dabi —éste previsto para el 26 de abril y ahora amenazado por la guerra—, confirma esa vocación internacional desde su mismo origen.
El proyecto parte de la historia compartida entre el mundo árabe y el sur de Europa, que no pertenece solo al pasado. Puede actualizarse desde el escenario, con lenguajes contemporáneos y sin renunciar a la raíz. Así se construye Algarabía, una obra que encuentra en el flamenco y en las tradiciones árabes un territorio común desde el que hablar de identidad, memoria y encuentro en un momento en el que se hace especialmente necesario.
La dramaturgia, firmada por Ignacio García y Jihad Mikhael, sitúa la acción en los jardines de la Alhambra. Allí, Farah (Cynthya Karam), una joven investigadora árabe, llega para rastrear la huella de la botánica andalusí, acompañada por Candela (Lucía Campillo), una colega española. Su enfoque intelectual contrasta con el amor instintivo que un joven andaluz (Jesús Carmona) tiene por las flores, sus aromas y colores… El espacio se convierte en un lugar de descubrimiento, pero también de conflicto y reconciliación, cuando la mirada científica choca con una relación más emocional con la naturaleza. La historia avanza como una metáfora. Las flores, arrancadas y luego restituidas, funcionan como símbolo de un equilibrio frágil entre culturas y formas de entender el mundo. En ese trayecto, la escena se llena de música, movimiento y palabra sin jerarquías entre disciplinas.
Manuel de Falla
Uno de los pilares del espectáculo es su partitura, que entrelaza la obra sinfónica de Manuel de Falla con composiciones del emiratí Ihab Darwish. El resultado no es un collage, sino una escritura nueva en la que ambos universos sonoros se reconocen y se transforman mutuamente.
La presencia de Falla no es anecdótica. El año de su 150.º aniversario ofrece el contexto perfecto para revisitar su legado desde una perspectiva abierta, conectándolo con tradiciones que ya formaban parte de su imaginario. A su alrededor, una orquesta sinfónica universitaria y un ensemble flamenco conviven con instrumentación árabe tradicional, generando una textura sonora que oscila entre lo sinfónico, lo popular y lo ritual.
La coreografía de Jesús Carmona, probablemente el artista flamenco más importante del momento, plantea otro de los ejes del proyecto. Sobre el escenario coinciden bailarines flamencos y árabes que no buscan superponerse, sino construir un lenguaje compartido. El gesto tradicional se mezcla con formas contemporáneas, y el movimiento se convierte en transacción cultural recíproca.
Ese cruce se percibe también en el elenco. Artistas españoles y emiratíes comparten protagonismo con estudiantes de la Universidad de Navarra, que participan tanto en la interpretación como en el diseño escénico. Lejos de ser un detalle pedagógico, esta implicación forma parte de la esencia del proyecto. La dimensión académica del Museo Universidad de Navarra adquiere aquí un peso decisivo. Algarabía no se limita a convocar a profesionales consolidados. Integra a jóvenes creadores en todas las fases del proceso, desde la escenografía hasta el vestuario.
El resultado es un modelo de trabajo que desdibuja las fronteras entre formación y práctica profesional. Los estudiantes, que no cursan estudios artísticos, no ocupan un lugar periférico, sino que participan en la construcción de un espectáculo de gran formato, aprendiendo a dialogar con múltiples visiones y disciplinas.
La dirección artística apuesta por una atmósfera evocadora inspirada en el imaginario andalusí. La escena se articula como un jardín simbólico, donde conviven referencias históricas y recursos contemporáneos. La iluminación, el diseño audiovisual y el vestuario contribuyen a construir un espacio poético que acompaña la narrativa sin imponerse a ella.
La presencia de textos de autores como Nizar Qabbani, Miguel Hernández o San Juan de la Cruz refuerza esa idea de continuidad cultural. Las palabras se escuchan en sus lenguas originales, subrayando la diversidad sin renunciar a la comprensión emocional.
Más allá de su estreno, Algarabía nace con la mirada puesta en el futuro. Sus impulsores no ocultan el deseo de que el espectáculo viaje y encuentre nuevos escenarios. Para ello, buscan aliados capaces de acompañar su crecimiento y consolidar una red de colaboración nacional e internacional.
La iniciativa demuestra que un museo español situado fuera de los grandes polos culturales puede activar proyectos de alcance global. Lo hace desde la convicción de que la cultura no entiende de centros y periferias cuando existe una visión clara y un compromiso sostenido. En ese sentido, Algarabía se presenta como algo más que un espectáculo. Funciona como un manifiesto escénico sobre la posibilidad de encuentro entre tradiciones distintas. Una propuesta que, desde Pamplona, reivindica el arte como territorio compartido y como herramienta para imaginar futuros comunes.
Aprendizaje visual
La naturaleza universitaria del MUN se presenta como una oportunidad para el intercambio de experiencias, influencias y aprendizaje compartido entre estudiantes y profesionales de las artes, siendo este uno de sus valores añadidos. Así lo indica Teresa Lasheras, directora artística del Museo: «Es un proyecto que pone en diálogo la parte más educativa del Museo, representada por los estudiantes que practican las artes, con una parte profesional muy importante. Estar formándote en la Universidad de Navarra para ser abogado, médico o economista y tener la oportunidad de formar parte de un proyecto artístico que te va a poner en contacto con el mundo del arte, es un aprendizaje vital que te va a dejar una huella muy importante».
