La génesis de esta ópera fue singular, ya que el escritor simbolista belga Maurice Maeterlinck (1862-1949) redactó el texto original como un libreto operístico para ser protagonizado por su pareja, Georgette Leblanc, actriz y cantante que finalmente estrenó la ópera, pese a las limitaciones de su técnica vocal.
En el texto de Maeterlinck, inspirado en el cuento de Charles Perrault, Barbazul, tirano cruel que mantiene cautivas y maltratadas a sus cinco esposas, ocupa un lugar casi subliminal, ya que todo el drama se centra en el valeroso camino de liberación exterior e interior que emprende la protagonista.
Ariadna, mujer impetuosa, audaz e íntegra que acaba de casarse con Barbazul, decide adentrarse en la terrorífica oscuridad de su residencia –y en el laberinto de su alma–, luchando con la misma valentía para liberar a las prisioneras y para defender a su marido de las calumnias y de la ira del pueblo sometido. Pero las esposas oprimidas, que ya tienen sus almas aprisionadas y su voluntad anulada, no consiguen seguir a Ariadna: temen la luz y la libertad y optan por quedarse en la penumbra protectora de su cautiverio.
Paul Dukas, compositor minucioso, reflexivo y profundamente autocrítico, que logró mantenerse al margen de la pugna entre las corrientes estéticas que dividían el mundo artístico y político francés, aceptó con ilusión transformar en ópera el evocador texto de Maeterlinck.
La partitura, gestada lentamente, une la influencia de Wagner y la claridad y refinamiento de la música francesa, con una escritura vocal declamatoria que evoca a Debussy. De hecho, el compositor homenajea a epígonos de ambas corrientes estéticas aparentemente antagónicas, incorporando en la partitura un tema de la Mélisande de Debussy y otro de la segunda sinfonía de Vicent D’Indy, aguerrido wagneriano antisemita que fue mentor de Dukas pese a su origen judío.
El veterano director israelí Pinchas Steinberg, que ya dirigiera en el Real La mujer sin sombra (2005) y La ciudad muerta (2010), dará vida a la partitura al frente de un reparto mayoritariamente femenino conformado por las mezzosopranos Paula Murrihy (Ariadna), Silvia Tro Santafé (El aya), Aude Extrémo (Sélysette) y Renée Rapier (Bellangère), las sopranos Jaquelina Livieri (Ygraine) y Maria Miró (Mélisande), y los bajos Gianluca Buratto (Barbazul) y Luis López Navarro (Un campesino anciano), que actuarán junto al Coro y Orquesta Titulares del Teatro Real.
Para Steinberg, Ariadna y Barbazul encierra una grandeza tan indiscutible como problemática. Es la única incursión operística de Dukas y, quizá por ello, una obra escrita desde una lógica ajena al teatro lírico tradicional. Aquí la orquesta no acompaña: gobierna. Su tamaño, su densidad y su protagonismo convierten la partitura en un organismo esencialmente sinfónico, ante el cual la voz aparece expuesta, frágil, casi en desventaja.
Pero el director no cuestiona la calidad de la música —al contrario, la considera deslumbrante—, pero sí su equilibrio interno. En esta ópera, los temas no nacen del canto, sino que fluyen sin descanso desde la orquesta, en una escritura exuberante donde se adivinan ecos de Richard Strauss y la afinidad estética con Debussy. Esa elección define toda la obra y, al mismo tiempo, genera su mayor conflicto: ¿cómo sostener una voz solista frente a un fortissimo orquestal concebido sin concesiones? Reducir la orquesta no es una solución real, porque al hacerlo se pierde el nervio sinfónico que da sentido a la partitura. Pero mantenerla intacta obliga a exigir a los cantantes un esfuerzo casi sobrenatural. Por magnífico que sea el reparto, recuerda Steinberg, las voces siguen siendo humanas. Y enfrentarlas a una orquesta de tales dimensiones es el verdadero desafío que plantea esta obra fascinante y difícil a partes iguales.
Joan Matabosch, director artístico del Teatro Real, cree que el director explica perfectamente el problema de esta obra y el motivo por el que casi no se representa: «Es maravillosa, pero muy difícil de hacer. Ya en su estreno fue calificada como un poema sinfónico con voces».
Steinberg recuerda que en su estrenó en Viena estuvieron presentes Schönberg, Zemlinsky y Berg, y los tres salieron entusiasmados, fascinados por esta fusión entre Strauss y Debussy, aunque con un lenguaje completamente propio de Dukas. De hecho, la comparación con Strauss surgió desde el principio: Ariadna y Barbazul se estrenó en París el día después de Salomé, lo que la hizo inevitable.
Puesta en escena
En la puesta en escena de Alex Ollé (La Fura dels Baus), que ya dirigió en el Teatro Real Ascenso y caída de la ciudad de Mahagonny (2010), El holandés errante (2016), Faust (2018) y Juana de Arco en la hoguera (2022), se sobreponen dos planos: uno real toda la ópera se desarrolla durante la boda de Ariadna y Barbazul y otro simbólico, que representa el subconsciente de Ariadna, inspirado en La interpretación de los sueños, de Sigmund Freud, en boga en la época.
Con la complicidad de sus colaboradores habituales –Alfons Flores (escenografía), Josep Abril Janer (vestuario) y Urs Schönebaum (iluminación)–, Ollé acompaña a la protagonista en su camino de liberación de las tinieblas hacia la luz articulando sus mundos exterior e interior, con un poético y evocador juego de tules, marcos, luces y sombras que potencian el simbolismo, misterio y hondura de la ópera.
Ollé considera a Ariadna una mujer moderna, racional, lúcida, que, a diferencia de las otras cinco, no caerá en ese síndrome de Estocolmo en el que viven: «Siempre he pensado que es el primer gran personaje femenino emancipado de la ópera, a diferencia de tantísimas heroínas de repertorio: Ariadna no es víctima, Ariadna no muere (hay tantas que mueren), no paga un precio por su libertad. No se somete ni al hombre ni al destino y, finalmente, intenta salvar a las mujeres incluso a pesar, digamos, de su propia voluntad».
Ariadna y Barbazul llegó al Teatro Real en 1913, con tres representaciones seis años después de su estreno en la Opéra-Comique de París. Hoy, 113 años después, vuelve a su escenario con una producción de gran calado simbólico, ético y moral, que defiende la búsqueda valiente del conocimiento y de la verdad en un mundo de falsedades que esconde la opresión y la tiranía.