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Por la austeridad y la precisión a la poesía

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La muestra, quinta individual de Madoz en este espacio, reúne 34 fotografías realizadas entre 2024 y 2025 y confirma la vigencia de una obra que, desde hace décadas, explora los límites entre imagen, pensamiento y poesía visual. Sus composiciones vuelven a surgir de elementos comunes fotografiados en el estudio bajo luz natural, un método austero y preciso que ha terminado por convertirse en una de las señas de identidad más reconocibles de la fotografía contemporánea española.

Lejos de buscar la espectacularidad técnica, Madoz trabaja desde el hallazgo y la intuición. Su imaginario, heredero del surrealismo y próximo al espíritu de Magritte, encuentra en el blanco y negro un territorio propicio para el extrañamiento. El propio artista ha señalado en numerosas ocasiones que esa ausencia de color remite para él a la infancia y al sueño, a una dimensión donde los objetos parecen desprenderse de su función habitual para adquirir nuevas posibilidades de sentido.

Las imágenes reunidas en esta exposición avanzan precisamente en esa dirección. Una de las fotografías presenta una jaula abierta cuyas aves escapadas se posan sobre distintos puntos de un mapa, como si la idea de libertad hubiese colonizado el territorio. En otra pieza, un guante diseñado para sostener aves rapaces acoge en cambio la fragilidad de una mariposa. Son asociaciones mínimas, aparentemente sencillas, aunque capaces de desactivar la lógica ordinaria y provocar una sensación ambigua entre reconocimiento y desconcierto.

Chema Madoz en la Galería Elvira González ©Alex Mena.

Chema Madoz en la Galería Elvira González ©Alex Mena.

Esa tensión entre lo familiar y lo extraño constituye uno de los rasgos centrales del trabajo de Madoz. Sus objetos conservan intacta su apariencia reconocible, aunque desplazados de contexto comienzan a insinuar lecturas inesperadas. El artista entiende cada elemento como una especie de depósito simbólico cargado de asociaciones culturales y emocionales. Alterar su posición, enfrentarlo a otro objeto o modificar su escala implica transformar también el significado que proyecta.

A lo largo de más de tres décadas, Madoz ha construido un lenguaje visual propio a partir de ese procedimiento. Desde los años noventa, su obra consolidó una investigación conceptual centrada en el poder evocador de los objetos cotidianos. El reconocimiento institucional llegó pronto. En 1999, el Museo Reina Sofía le dedicó Objetos 1990–1999, la primera retrospectiva organizada en vida a un fotógrafo español por la institución. Apenas un año después recibió el Premio Nacional de Fotografía y se convirtió además en el primer artista español galardonado con el Premio PHotoEspaña.

Desde entonces, sus imágenes han circulado por museos y centros internacionales como el Centre Pompidou, el Nederlands Fotomuseum o el Fotofest International, consolidando una trayectoria singular dentro de la fotografía europea contemporánea. A esa presencia internacional se sumará el próximo octubre la exposición Manual de un distraído, prevista en la Sala Canal de Isabel II, donde se presentará una amplia selección de trabajos realizados durante la última década.

Mientras tanto, la exposición de la Galería Elvira González ofrece la posibilidad de adentrarse en el laboratorio silencioso de un creador que continúa interrogando la realidad desde la economía de medios y la precisión conceptual. Sus fotografías no buscan imponer un significado cerrado. Prefieren sugerir, desplazar y abrir preguntas. En ese territorio incierto, donde las cosas dejan de obedecer por un instante a su función conocida, reside buena parte de la fuerza de una obra que sigue invitando a mirar el mundo como si fuese la primera vez.


«Me gustaría que el espectador saliera de la sala con la conciencia de que para viajar no necesita desplazamientos, que todo aquello que nos rodea es susceptible de ofrecernos otra cara con tan sólo cambiar nuestro punto de vista, o que la poesía puede habitar en nuestra propia habitación».

(Chema Madoz)