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Cuando Montmartre fue el epicentro del mundo

El espíritu al que remite el título de la muestra fue un estado de ánimo, una mentalidad vanguardista que practicaron numerosos artistas. Destaca entre todos ellos Henri de Toulouse-Lautrec, que jugó un papel clave en la escena con grandes logros estéticos, y del que se exponen 60 obras en Madrid (incluidos seis óleos y un dibujo).

A partir de 339 obras, entre pinturas, dibujos, grabados, esculturas, diarios, carteles, fotografías y objetos de época procedentes de colecciones de todo el mundo, la exposición ilustra la riqueza del fecundo intercambio que se produjo entre más de una veintena de artistas de mentalidad similar –’conspiradores anti-establishment’– a lo largo de la breve vida de Lautrec y poco después, entre los que están Vincent van Gogh, Édouard Manet, Louis Anquetin, Pierre Bonnard, Georges Bottini, Pablo Picasso, Maxime Dethomas, Hermann-Paul, Henri-Gabriel Ibels, Charles Léandre, Louis Legrand, Charles Maurin, Henri Rivière, Théophile Alexandre Steinlen, Louis Valtat y Adolphe Willette.

Elisa Durán, directora adjunta de la Fundación “la Caixa”, destaca que el grupo de Montmartre aglutinó el sentimiento y el deseo de vivir una aventura creativa colectiva:  “La exposición refleja el arte como una forma de pensar la realidad”. Para el comisario de la muestra, Phillip Dennis Cate, lo expuesto también ahonda “en la función tan importante que tuvieron las producciónes artísticas efímeras en las trayectorias de Toulouse-Lautrec y sus colegas: la estampación, el cartelismo, la ilustración de libros y revistas, el diseño de partituras y otras obras en papel, que eran los medios con los que los artistas llegaban a una mayor audiencia y que les permitían ganarse la vida fuera del restrictivo sistema académico. Ellos acercaron de un modo decisivo el arte al pueblo”.

Montmartre era radical y antiburgués por definición. Lejos de los espacios tradicionales, los artistas, intérpretes, poetas y escritores presentaban sus obras en cabarés, cafés concierto, circos, teatros experimentales, en la calle (carteles y procesiones) y en libros y revistas populares. Su comunidad artística adoptó de forma innovadora ciertas herramientas antiacademicistas, como el humor, los calembours visuales, la ironía, la sátira, la parodia, la caricatura y los títeres, para criticar la sociedad de su tiempo y la condición humana, en general.

El tema preferido de estos artistas era la vida moderna que los rodeaba en el propio barrio: calles, cabarés, salas de baile, intérpretes, artistas, prostitutas, vagabundos… Los miembros de la comunidad artística proclamaban su independencia, su compromiso social y político, y sus preferencias artísticas mediante la manipulación de las técnicas artísticas en pintura, escultura, estampación, música, teatro y, también, cine.

Un momento único

Situado en las afueras de París en dirección norte, Montmartre era en 1880 un lugar habitado por la miseria y la marginación. Pronto, sin embargo, empezó a atraer a jóvenes artistas de vanguardia; intérpretes como Aristide Bruant e Yvette Guilbert; escritores como Émile Goudeau, Alphonse Allais y Alfred Jarry, y músicos y compositores como Erik Satie, Vincent Hyspa y Gustave Charpentier.

A finales de 1881, el artista frustrado Rodolphe Salis fundó el cabaré Le Chat Noir. Sus parroquianos, especialmente los artistas y escritores afines a Les Arts Incohérents (Las Artes Incoherentes), una especie de protodadaístas o protosurrealistas, fueron quienes más influyeron en hacer del barrio de principios del decenio de 1880 un foco de atención de la vida artística y literaria de la vanguardia parisina. A finales de siglo ya existían más de cuarenta locales de entretenimiento: cabarés, cafés concierto, salas de baile, music-halls, teatros, circos, etc. Con el tiempo, este ambiente cultural y lúdico terminó siendo comercializado por sus propios creadores, hasta el punto de que, irónicamente, la bohemia se convirtió en una gran atracción turística.

La exposición se detiene en un momento único en los últimos ciento cincuenta años de historia de Europa. La eclosión del barrio parisino como centro literario y artístico radical y ‘moderno’ representa la conquista de la libertad frente a las convenciones, el triunfo de la creación y la vocación contra las seguridades de la vida burguesa, la belleza del momento frente a los valores intemporales, pero muertos, de las academias.