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Dalí y Freud, las claves de una obsesión

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Comisariada por Jaime Brihuega, la muestra reúne 128 obras, entre pinturas, dibujos, esculturas y audiovisuales, distribuidas en seis secciones cronológicas. Su planteamiento permite recorrer la trayectoria completa de Dalí desde una perspectiva que va más allá de su pertenencia al surrealismo y sitúa el pensamiento freudiano en el origen de muchas de sus decisiones artísticas.

La historia comienza en un entorno familiar complejo. La muerte de su madre cuando tenía 17 años, el carácter autoritario de su padre, la relación con su hermana Ana María y la presencia simbólica de un hermano fallecido antes de su nacimiento contribuyeron a configurar un universo personal atravesado por conflictos que reaparecerían en su pintura. A ese paisaje emocional se sumaron las formas del cabo de Creus, sus playas y sus rocas, convertidas con el tiempo en elementos recurrentes de su imaginario.

El descubrimiento de Freud llegó a principios de los años veinte, durante su estancia en la Residencia de Estudiantes de Madrid. La lectura de La interpretación de los sueños le ofreció una nueva manera de comprender sus inquietudes. Como explica Brihuega, encontró en el psicoanálisis una especie de patente de corso que le permitía transformar aquello que le producía dolor o quebranto en expresiones poéticas.

En aquellos años, Dalí experimentaba con diferentes lenguajes artísticos mientras estrechaba su relación con Federico García Lorca y Luis Buñuel. La exposición incorpora una conexión especialmente reveladora con los dibujos histológicos de Santiago Ramón y Cajal, cuyas formas microscópicas presentan sorprendentes afinidades con determinadas imágenes de las primeras vanguardias. Brihuega sitúa en torno a 1926 el momento en que Dalí y Lorca comenzaron a establecer las bases del futuro surrealismo español.

La llegada a París y su incorporación al círculo surrealista de André Breton marcaron una transformación decisiva. Obras como Los placeres iluminados (1929), Los primeros días de la primavera (1929) o El hombre invisible (1929-1933) muestran la consolidación de un lenguaje en el que los objetos pierden sus significados habituales y las imágenes parecen obedecer a una lógica ajena a la realidad cotidiana.

El siguiente paso fue la formulación del método paranoico-crítico, una de las aportaciones fundamentales de Dalí al surrealismo. Mediante asociaciones deliberadas, imágenes dobles y significados superpuestos, el artista desarrolló un procedimiento capaz de provocar interpretaciones diferentes de una misma representación. La exposición dedica una treintena de piezas a este periodo, entre ellas El destete del mueble-alimento (1934), Soledad paranoico-crítica (1935) y El gran paranoico (1936).

Brihuega recuerda que esta búsqueda estuvo relacionada también con Jacques Lacan y con las dificultades que atravesaba el surrealismo para convertir el automatismo en una expresión auténtica del inconsciente. Dalí encontró una vía propia, sustentada en una técnica pictórica precisa y en una extraordinaria capacidad para construir imágenes perturbadoras.

El episodio central de esta historia ocurrió en Londres, en 1938. Después de varios intentos frustrados de conocer personalmente a Freud en Viena, Dalí consiguió entrevistarse con él gracias a la mediación de Stefan Zweig y Edward James. Acudió con sus escritos sobre el método paranoico-crítico y con La metamorfosis de Narciso, decidido a obtener el reconocimiento de quien había inspirado buena parte de su pensamiento.

La conversación no respondió del todo a sus expectativas. Freud apenas mostró interés por sus teorías, aunque quedó impresionado por la pintura y por la personalidad del visitante. El encuentro, al que la exposición dedica una sección específica, permite comprender tanto la intensidad de aquella admiración como su carácter profundamente desigual.

La muerte de Freud en 1939 no puso fin a su presencia en el universo daliniano. Aunque el pintor orientó progresivamente sus intereses hacia la ciencia, las matemáticas y la religión, numerosos recursos vinculados al psicoanálisis continuaron apareciendo en sus composiciones. La última sección examina esa persistencia en obras como La Madonna de Portlligat (1949), La ascensión de Cristo (Piedad) (1958) y El Anuncio (La Trinidad) (1960).

El recorrido incluye también fragmentos cinematográficos, estudios sobre la técnica pictórica de Dalí y el monumental telón de Tristán loco (1944), de casi quince metros de anchura, instalado en el vestíbulo del museo.

Frente a una iconografía reproducida hasta la saciedad, la exposición propone recuperar la complejidad de unas imágenes cuyo significado dista de agotarse en su apariencia. Brihuega, que ya abordó esta relación en una muestra celebrada en Viena en 2022, amplía ahora la investigación hasta el final de la vida del artista. Una investigación que permanece abierta a nuevas interpretaciones. Como reconoce el propio comisario: «No tenemos teorías terminantes».