El contraste cromático atraviesa el conjunto. En sus últimas producciones, el artista ha trabajado con papel y tejidos triturados, escoria, ceniza de hueso o serrín. Son materias que han tenido otros usos y cuya transformación deja tonos grises o marrones, con sus componentes disueltos e indiferenciados. Bestué incorpora ahora superficies de colores puros y complementarios a esa materialidad gastada.
También los pétalos de rosa y buganvilla introducen color. Encapsulados en resina para conservar su pigmentación, adoptan formas de elementos prefabricados, como planchas onduladas o lamas de techo. Lo orgánico y lo industrial coinciden así en una misma superficie. La aparición puntual de colores puros remite, además, al arcoíris como símbolo del colectivo LGTBI+, una asociación que el artista examina atendiendo tanto a ese vínculo como a su posible arbitrariedad.
Una gran pared de planchas onduladas, semejantes a las de uralita pero realizadas con fibra de vidrio y hojas de buganvilla, divide la sala principal. Su superficie deja pasar parcialmente la luz sin revelar del todo lo que queda detrás. Para Bestué, la obra anuncia algo que todavía no sucede, una imagen a punto de aparecer.
Junto a ella se levanta una estructura de madera con un cuenco en lo alto. El fieltro que funciona como techo y mantel y las frutas escondidas en ese recipiente aluden indirectamente a los bodegones de Cézanne. La posición del conjunto obliga a buscar otro ángulo para ver lo que permanece oculto.
Al otro lado de la pared, una escultura de yeso y hojas de buganvilla representa el costado de un cuerpo. Las hojas proceden de un jardín romano y vinculan la pieza con el tacto, las texturas y la memoria. En este trabajo, Bestué se aparta del molde, una técnica que ha empleado en otras ocasiones, para plantear el lugar del cuerpo humano en la escultura contemporánea. Cerca, un papel de amapola remite al campo castellano y unas peras de azúcar suspendidas del techo introducen referencias al sabor y a lo comestible.
Un tambor móvil de vitrales de colores completa este espacio. Concebido como un gran ojo mecánico, combina un vitral modernista con materiales más precarios, vidrio esmerilado y pétalos. La mezcla de técnicas, tecnologías y elementos vegetales traslada a la materia una investigación que en otras obras recientes del artista se había articulado en torno al tiempo. Bestué la condensa en la expresión «Op Art y la catástrofe».
En la segunda sala, un techo de lamas de pétalos de rosa cubre toda la parte superior y altera la percepción del espacio mediante la altura, la luz y el color. Bajo él se apilan dos sillas monobloc vacías, separadas por una barra de sal. A cada una se le ha sustituido una pata por otra realizada con un material cargado de referencias. La de la silla superior contiene arena de la playa de Riazor, en A Coruña, en un guiño a Samuel Luiz. La otra está hecha con tierra del barranco de Víznar y alude al asesinato de Federico García Lorca.
La escultura que da título a la exposición, gran ojo, comparte esta sala. Es una esfera de resina con huevos de colores puros y primarios que muestra el interior de un ojo manchado por las cosas nuevas que entran en él.
Nacido en Barcelona en 1980, donde vive y trabaja, Bestué utiliza el molde, el modelado, la pulverización y la reutilización de elementos encontrados. Su interés por la materialidad se relaciona con el lenguaje, especialmente el poético, y con la posibilidad de trasladar el pasado al presente a través de la escultura. En su obra, el tiempo puede operar como un material más, con memorias colectivas y particulares que se mezclan y se vinculan al territorio.
Entre sus individuales recientes figuran Flor Hispania, en el CA2M en 2025, Pajarazos, en el Museo Patio Herreriano, y Ciutat de sorra, en Fabra i Coats, ambas en 2023. Su obra forma parte de las colecciones del Museo Reina Sofía, el MACBA y el CA2M. A la práctica artística suma la escritura y el comisariado, con trabajos sobre las relaciones entre arte y arquitectura y estudios dedicados a Enric Miralles, Viaplana i Piñón, El Escorial y la historia reciente de la arquitectura y la ingeniería en España.
Ese interés arquitectónico aparece también en el despacho de la galería, donde se reúne el último grupo de obras. Palabra rota agrupa cuatro fragmentos de una silla de madera triturada. La acompañan una piedad realizada durante su última estancia en Roma, que pone en relación la tipología escultórica clásica con la reinterpretación de Oteiza, y una pieza basada en los elementos modulares diseñados por Rafael Moneo para la estación de Atocha. Bestué ya había utilizado ese motivo en Flor Hispania. Aquí incorpora colores primarios y complementarios a sus tonos grises originales, retomando en una escala menor la tensión que recorre la exposición.









