La muestra, comisariada por Leyre Bozal, reúne 160 obras sobre papel procedentes de ambas instituciones. El proyecto adapta la exposición La mano con lápiz, presentada anteriormente en otras sedes, incorporando una amplia selección de dibujos pertenecientes a la colección del museo donostiarra. El resultado es una propuesta que amplía perspectivas y establece un diálogo fértil entre figuras fundamentales de la modernidad internacional y nombres decisivos para comprender la evolución del arte.
A finales del siglo XIX comenzó a cambiar la manera de entender el dibujo. Muchos artistas empezaron a otorgarle autonomía estética. El papel dejó de ser un espacio reservado para los estudios previos y se convirtió en un lugar donde experimentar, investigar y formular nuevas maneras de mirar el mundo. Ese tránsito puede seguirse a lo largo del recorrido expositivo, que abarca desde mediados del siglo XIX hasta finales de la década de 1960. Las obras permiten observar cómo la modernidad fue tomando forma a través de líneas, manchas, trazos y composiciones que reflejan tanto las transformaciones del lenguaje artístico como las inquietudes de cada época.
Las colecciones de dibujo de Fundación Mapfre, iniciadas en 1997, han desarrollado una línea de investigación centrada en el estudio de la modernidad a través de la obra sobre papel. La selección presentada en San Sebastián reúne cerca de un centenar de obras que permiten seguir la evolución de movimientos, tendencias y artistas fundamentales para entender el arte contemporáneo.
El recorrido comienza con autores todavía vinculados a la tradición académica, aunque ya abiertos a nuevas sensibilidades. Figuras como Mariano Fortuny, Joaquín Sorolla o Francisco Pradilla y Ortiz aparecen como creadores cosmopolitas capaces de conectar la herencia decimonónica con las transformaciones que estaban a punto de redefinir el panorama artístico europeo. Junto a ellos comparecen nombres esenciales como Edgar Degas, Auguste Rodin o Egon Schiele, cuya influencia contribuyó a ampliar las posibilidades expresivas del dibujo.
En ese proceso de apertura internacional emerge con especial fuerza Pablo Picasso. Su presencia funciona como un puente entre la escena parisina y el arte español, un vínculo que permite comprender cómo las corrientes más innovadoras circularon entre ambos contextos y acabaron transformando profundamente las prácticas artísticas del siglo XX.
La exposición avanza después hacia el territorio de las vanguardias. Los dibujos de Darío de Regoyos, Joaquim Sunyer, Enric Casanovas, Manuel Ángeles Ortiz o Francis Picabia reflejan un tiempo marcado por la experimentación y la búsqueda de nuevos lenguajes. El visitante asiste a la ruptura de las convenciones tradicionales y a la aparición de una sensibilidad más compleja, abierta a la fragmentación, la síntesis formal y la exploración de nuevas estructuras visuales.
El cubismo ocupa un lugar destacado en este relato. Obras de Pablo Picasso, Juan Gris o André Lhote muestran cómo el dibujo participó activamente en la revolución que transformó la representación del espacio y la forma. A su alrededor aparecen figuras como Rafael Barradas o Joaquín Torres García, protagonistas de un diálogo transatlántico que enriqueció el desarrollo de las vanguardias europeas.
La aventura moderna continúa con artistas vinculados a las corrientes constructivas y abstractas. Alexander Archipenko, László Moholy-Nagy o Lyonel Feininger evidencian hasta qué punto el dibujo se convirtió en un laboratorio de ideas donde se ensayaban nuevas relaciones entre geometría, estructura y percepción.
Arte puro y primitivo
Como explica la comisaria de la exposición, Leyre Bozal, conservadora de colecciones de Fundación Mapfre, «el dibujo es una de las artes más desnudas y silenciosas, una de las más cercanas a los impulsos y estados del inconsciente y, también por ello, una de las más puras y primitivas. Al mismo tiempo, es extremadamente frágil, sensible a la luz y delicado en su manipulación; de ahí la dificultad para conservarlo, coleccionarlo y exponerlo. Contemplar la colección de dibujos de esta exposición se convierte en una experiencia excepcional e íntima».
Otro de los núcleos fundamentales de la exposición está dedicado al surrealismo. La intensa presencia de artistas españoles en París permitió que muchos de ellos participaran directamente en el nacimiento del movimiento. Joan Miró, Luis Fernández y Óscar Domínguez aparecen junto a dos creadoras cuya relevancia ha sido reivindicada con creciente intensidad en las últimas décadas, Maruja Mallo y Remedios Varo. Sus obras recuerdan la contribución decisiva de las mujeres a una de las corrientes más influyentes del siglo XX y ayudan a corregir una visión histórica que durante demasiado tiempo relegó su protagonismo.
La última parte del recorrido muestra cómo, tras la Segunda Guerra Mundial, las fronteras entre disciplinas comenzaron a diluirse. El dibujo dejó de responder a categorías estables y empezó a mezclarse con la pintura, la escultura, la arquitectura o la acción artística. El visitante encuentra ejemplos de esa transformación en las obras de Arturo Souto, Joaquín Peinado, Julio González, Alberto Sánchez, Antoni Tàpies o Eduardo Chillida.
Especialmente significativa resulta la presencia de Chillida. Uno de los dibujos expuestos cuestiona cualquier clasificación rígida y demuestra hasta qué punto el dibujo podía convertirse simultáneamente en relieve, collage, escultura o espacio arquitectónico. La modernidad ya no se presenta como una sucesión de estilos, sino como un territorio abierto donde las disciplinas dialogan constantemente.
La aportación de San Telmo Museoa enriquece el proyecto con más de sesenta dibujos procedentes de una colección formada a lo largo de más de un siglo mediante adquisiciones, donaciones y depósitos. Actualmente integrada por 966 obras realizadas por 102 artistas, la selección aquí reunida abarca desde 1868 hasta la década de 1960 y presenta obras de veinticinco creadores.
Junto a nombres de proyección internacional como Ignacio Zuloaga, José María Sert o Joaquín Sorolla aparecen también figuras imprescindibles para la historia del arte vasco, entre ellas Aurelio Arteta, Nicolás Lekuona, María Paz Jiménez y Mari Puri Herrero. La muestra incorpora asimismo trabajos menos conocidos que destacan por su calidad técnica, su valor documental y su capacidad para reflejar los contextos sociales y culturales en los que fueron concebidos.
Uno de los aspectos más interesantes del proyecto es el esfuerzo por reforzar la presencia de artistas mujeres, muchas de las cuales no recibieron durante su tiempo el reconocimiento que merecían. La exposición contribuye a integrar esas trayectorias en una narración más amplia y compleja de la modernidad, una narración donde las ausencias históricas empiezan finalmente a ocupar el lugar que les corresponde.
Más allá de la relevancia de los nombres reunidos, Dibujar la modernidad invita a reconsiderar el papel del dibujo en la historia del arte. Frente a la espectacularidad de otros formatos, estas obras revelan el pensamiento en proceso, la intuición convertida en línea y la búsqueda convertida en forma. El visitante accede a un espacio de extraordinaria cercanía donde la modernidad se muestra en estado casi puro, como una sucesión de gestos, dudas, hallazgos y descubrimientos que transformaron para siempre la manera de representar el mundo.










