La iniciativa, titulada “Una obra, una historia”, sitúa en el centro un lienzo que durante décadas fue símbolo indiscutible del museo y que hoy apenas ocupa espacio en la memoria colectiva. A comienzos del siglo XIX, este cuadro monumental de 315 x 437 cm no solo captó la atención del público, sino que llegó a eclipsar a nombres hoy fundamentales como Goya dentro de las salas del entonces Museo Real. Su regreso, aunque temporal, invita a reconsiderar las razones de ese ascenso y, sobre todo, de su posterior olvido.
La escena que pinta Aparicio remite a la hambruna que asoló Madrid entre 1811 y 1812. Bajo unos soportales cercanos a la Plaza Mayor, un grupo de ciudadanos exhaustos rechaza el pan ofrecido por soldados franceses. El gesto, aparentemente simple, se carga de significado. No se trata solo de supervivencia, sino de una declaración de fidelidad política que convierte el sufrimiento en una forma de resistencia. Esa lectura se refuerza con una inscripción, donde la lealtad al monarca se presenta como principio absoluto.
Legitimación
Desde su origen, la pintura funcionó como algo más que un testimonio histórico. Se concibió como una herramienta de legitimación del poder en un momento clave para la restauración del absolutismo. Su lenguaje, heredero del neoclasicismo aprendido en el entorno de Jacques-Louis David, ordena las figuras con claridad y solemnidad, transformando la tragedia en una escena de heroísmo contenido. El resultado fue una imagen eficaz, capaz de convertirse en emblema nacional y de circular ampliamente a través de la prensa y las estampas.
La exposición del Prado reconstruye ese primer momento de gloria y lo sitúa en el contexto de la fundación del museo en 1819. Entonces, la obra ocupaba un lugar destacado dentro de un discurso visual alineado con los intereses de Fernando VII. Esa posición privilegiada no era casual. Formaba parte de una narrativa que utilizaba el arte como vehículo ideológico y que condicionó la lectura de muchas piezas de la colección.
Sin embargo, el recorrido del cuadro no se detiene en su éxito inicial. La muestra traza también el proceso de desgaste que acabó relegándolo. A partir de la segunda mitad del siglo XIX, los cambios políticos y culturales alteraron la jerarquía de valores. El auge de una sensibilidad más crítica, junto con la consolidación de Goya como referente, desplazó la retórica académica de Aparicio hacia un segundo plano. Lo que antes se celebraba como ejemplo de constancia nacional comenzó a percibirse como una imagen excesiva, incluso incómoda.
Reubicaciones
El traslado de la obra fuera del Prado en la década de 1870 marcó un punto de inflexión. Su salida respondió tanto a criterios museográficos como a razones ideológicas en un contexto ya dominado por el discurso liberal. Desde entonces, su trayectoria ha estado ligada a depósitos y reubicaciones que reflejan las tensiones internas de las instituciones culturales y la manera en que estas reescriben su propio relato.
Uno de los aspectos más sugerentes de la exposición reside en esa reflexión sobre el gusto y su construcción. La propuesta no se limita a recuperar un cuadro olvidado, sino que plantea preguntas sobre los mecanismos que determinan qué obras permanecen en el centro y cuáles quedan en los márgenes. El museo aparece aquí no solo como espacio de conservación, sino como agente activo en la definición del canon.
El visitante se enfrenta así a una obra que no ha perdido su capacidad de incomodar. El dramatismo de la escena, la carga política que la atraviesa y la distancia que separa su recepción histórica de la mirada actual generan una tensión que atraviesa el recorrido. La reciente restauración del lienzo, que ha mejorado su legibilidad, contribuye a devolverle una presencia que permite observarla sin el filtro de las jerarquías heredadas.
Lejos de ofrecer una conclusión cerrada, el proyecto deja abiertas múltiples lecturas. El regreso de El año del hambre en Madrid no busca restituir su antigua gloria ni corregir su caída, sino reactivar el debate en torno a su significado. En ese gesto se condensa la ambición de la propuesta. Mirar una sola obra para entender no solo su tiempo, sino también la forma en que cada época decide qué merece ser recordado.
















