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El Bellas Artes de València reivindica a Antonio Palomino

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La muestra, que conmemora el tercer centenario de su muerte, reúne 65 obras procedentes de veinte museos e instituciones nacionales. Pinturas, dibujos, estampas y libros permiten recorrer una trayectoria en la que la creación artística convivió con la reflexión teórica y una constante reivindicación intelectual del oficio.

Comisariada por José Riello y organizada en colaboración con la Biblioteca Nacional de España, la exposición contempla a Palomino en toda su complejidad, sin separar al pintor del escritor ni al artista cortesano del estudioso que quiso ordenar y preservar la memoria de varias generaciones de creadores.

La muestra supone, además, una revisión necesaria. Buena parte de la producción pictórica del cordobés no se encuentra en salas de museos, sino en techos y bóvedas. Esa circunstancia ha dificultado su conocimiento y ha condicionado su consideración posterior. Sus composiciones monumentales permanecen ligadas a los edificios para los que fueron concebidas y no pueden incorporarse con facilidad a los relatos construidos mediante exposiciones y colecciones permanentes.

La calidad de esos trabajos, sin embargo, sitúa a Palomino entre los artistas destacados de su época. Así lo defiende Riello, que concede todavía mayor solidez a su legado como escritor y teórico. Sus páginas contribuyeron de manera decisiva a establecer la visión que ha llegado hasta nuestros días sobre el arte español de los siglos XVI y XVII.

La vida de Palomino atravesó un periodo de profundas transformaciones. Casi contemporáneo de Velázquez y muerto veinte años antes del nacimiento de Goya, asistió al traumático relevo de los Austrias y a la lenta erosión del Antiguo Régimen. También contempló cómo la teología comenzaba a perder su condición de saber dominante ante el avance de la ciencia.

Pertenecía al mundo que se apagaba, aunque alcanzó a distinguir los primeros resplandores del que comenzaba a conformarse. Esa posición fronteriza ayuda a comprender tanto su pintura como su escritura. En ambas laten los principios de la tradición barroca, pero también el deseo de reunir, explicar y sistematizar conocimientos con una ambición que anticipaba inquietudes posteriores.

Cambio de época

«Antonio Palomino y la noche barroca cuenta la historia de un hombre que vivió, efectivamente, un cambio de época extraordinariamente convulso: el tránsito desde lo que todavía llamamos Barroco hasta las primeras luces de la Ilustración», destaca José Riello. «El asunto está en que él, como nosotros hoy, no fue plenamente consciente de la transformación que se estaba produciendo. Esa es, de alguna manera, la metáfora que vertebra toda la exposición: una noche de la que Antonio Palomino no logró despertar».

Esta exposición pretende reivindicar su actividad en el dibujo, la estampa y, sobre todo, la pintura de caballete, mostrando que fue un pintor de extraordinaria calidad. También aborda su faceta como teórico, plasmada en un tratado que no solo estaba destinado a la formación integral del pintor: «A través de su obra nos legó una determinada idea del arte español y, especialmente, de una pintura vinculada a la monarquía y a la religión católica. Esta concepción ha vertebrado nuestra manera de entenderlo prácticamente hasta nuestros días».

 
Antes de 1675 había recibido órdenes menores. La formación necesaria para acceder a ellas le proporcionó un bagaje intelectual poco habitual entre los pintores de su generación y dejó una huella duradera en su carrera. Su concepción del arte estuvo estrechamente vinculada a la teología, a la cultura humanística y al convencimiento de que la pintura exigía mucho más que habilidad manual.

Palomino mantuvo una relación cercana con Juan de Alfaro, Juan Carreño de Miranda y Claudio Coello. A través de ellos conoció de primera mano una tradición pictórica vinculada a la corte que se encontraba en sus últimos momentos de esplendor. No se limitó a prolongarla. También contribuyó a definirla y a transmitir su memoria mediante una obra escrita sin precedentes en España.

Su actividad lo llevó a Madrid, Valencia, Salamanca, Granada, Córdoba y El Paular, entre otros lugares. En 1688 fue nombrado pintor del rey, reconocimiento que confirmó su integración en los círculos artísticos de la Monarquía. Su carrera estuvo marcada por grandes encargos murales, celebraciones públicas y proyectos concebidos para espacios religiosos en los que pintura y arquitectura formaban un conjunto inseparable.

En Valencia

Valencia ocupa un lugar central en la trayectoria de Palomino y, por extensión, en la exposición. El pintor trabajó en la ciudad entre 1697 y 1705 y dejó allí algunas de sus intervenciones más relevantes. Decoró la iglesia de los Santos Juanes, la basílica de la Virgen de los Desamparados y la catedral. También concibió el programa iconográfico de la iglesia de San Nicolás, ejecutado por su discípulo Dionís Vidal.

Sus frescos introdujeron una renovación artística que transformó los interiores de estos edificios. El director del Museo de Bellas Artes de València, Pablo González Tornel, considera que el estudio de Palomino resulta imprescindible para comprender el alcance de aquel cambio. Su presencia en la programación del museo, junto a la actual exposición dedicada a Rubens [3], refleja asimismo una apuesta por la investigación sobre el Barroco.

Palomino dedicó a la pintura mural más tiempo y esfuerzo que la mayoría de los artífices españoles de su generación. Probablemente adquirió sus primeros conocimientos de la técnica junto a Carreño de Miranda y Claudio Coello. Más tarde los perfeccionó mediante el contacto con Luca Giordano tras la llegada del napolitano a España.

La superficie arquitectónica exigía una manera particular de pensar la imagen. Techos, cúpulas y bóvedas debían convertirse en escenarios capaces de superar visualmente los límites del edificio. La perspectiva, el movimiento de las figuras y el programa simbólico tenían que responder a una concepción unitaria. En este ámbito confluyeron la destreza práctica de Palomino, sus conocimientos teológicos y su capacidad para articular relatos de gran amplitud.

Una de las cuatro secciones de la exposición examina precisamente esta producción mural, con especial atención a los trabajos valencianos. Otra se ocupa de su participación en las fiestas públicas, manifestaciones efímeras en las que la imagen desempeñaba un papel fundamental al servicio de la representación política, religiosa y ceremonial.

El pintor perfecto

El recorrido aborda también la relación del artista con la Monarquía y su defensa de la pintura como arte teológico. Esa idea encontró un campo privilegiado en sus reflexiones figurativas sobre el misterio de la Inmaculada Concepción. Para Palomino, una obra no era únicamente el resultado de una práctica aprendida. Requería conocimientos, capacidad intelectual y dominio de los principios que permitían trasladar conceptos complejos al lenguaje de las imágenes.

Tal convicción se proyectó de manera decisiva en El museo pictórico, y escala óptica, publicado en tres tomos entre 1715 y 1724. Concebido para ofrecer una formación completa al artista, el tratado reunió el saber teórico y la experiencia práctica acumulados desde mediados del siglo XVI. Su extensión y su rigor lo convirtieron en la gran obra de la teoría artística española de su tiempo.

El proyecto respondía a una doble necesidad. Palomino quería compensar la escasez de tratados de pintura escritos en español y, al mismo tiempo, defender la condición liberal de esta disciplina frente a quienes todavía la reducían a una actividad mecánica. La cuestión había sido superada en otros lugares de Europa, pero continuaba pendiente en nuestro país.

Su libro trató de establecer qué conocimientos y cualidades debía poseer el llamado pintor perfecto. Para demostrarlo recurrió a las biografías de más de doscientos artífices que habían trabajado al servicio de la Monarquía Hispánica desde el siglo XVI. La sucesión de aquellas vidas formó una genealogía artística en la que Velázquez y Luca Giordano ocuparon posiciones fundamentales.

El legado de una época

El tratado alcanzó pronto difusión internacional y fue traducido al inglés, al francés y al alemán. Su importancia no se limita a la formulación de una teoría pictórica. Gran parte de los datos conservados sobre artistas españoles y extranjeros vinculados a los monarcas de España procede de la labor recopiladora de Palomino. Sin sus escritos, numerosos episodios, nombres y obras resultarían hoy mucho más difíciles de reconstruir.

El autor reunió un saber de aspiración enciclopédica varias décadas antes de que la Encyclopédie comenzara a publicarse en 1751. Lo hizo, no obstante, desde un sistema intelectual todavía asentado en la tradición escolástica. En esa tensión reside parte de su singularidad. Su tratado culminaba una forma de entender el arte justo cuando las bases culturales que la sostenían comenzaban a transformarse.

La última sección de la exposición se detiene en la fortuna de esta obra escrita y en su condición de tratado concebido para el final de una época. Palomino organizó el legado de un mundo que aún no había desaparecido, mientras el siguiente tampoco terminaba de nacer. Su mirada quedó dirigida hacia la tradición, pero su voluntad de clasificarla y convertirla en conocimiento transmisible le permitió proyectarse más allá de ella.

Antonio Palomino y la noche barroca propone una lectura conjunta de facetas que durante mucho tiempo han circulado por separado. El pintor de bóvedas y grandes programas decorativos aparece junto al teórico, el biógrafo, el artista cortesano y el creador implicado en las celebraciones públicas. La diversidad de las 65 piezas reunidas permite acercarse a esa pluralidad sin reducirla a un único aspecto.

La exposición recupera a un autor que contribuyó tanto a la construcción visual del Barroco español como a la forma en que este sería narrado después. Sus pinturas ayudaron a transformar algunos de los principales espacios religiosos de Valencia. Sus escritos establecieron una memoria de los artistas que lo precedieron y proporcionaron argumentos para dignificar la profesión que él mismo ejercía. Entre las sombras de una época que concluía, el cordobés supo conservar la experiencia del pasado y convertirla en un punto de partida para quienes vinieron después.