El proyecto, comisariado por Ángel Calvo Ulloa, propone una lectura amplia de seis décadas de trabajo. Más de medio centenar de obras trazan un recorrido que comienza en 1965 y alcanza su producción más reciente. No se trata de una cronología al uso. El montaje establece un diálogo entre etapas, formatos y preocupaciones, aprovechando la arquitectura vertical de la sala para subrayar continuidades y fricciones en la trayectoria del artista valenciano.
En el centro del espacio, una larga mesa reúne por primera vez los 31 cuadernos de trabajo de Teixidor. Iniciados en los años sesenta, estos cuadernos —23 conservados por el propio artista y ocho pertenecientes al IVAM— funcionan como la columna vertebral de la muestra. En sus páginas conviven proyectos realizados y tentativas que nunca llegaron a materializarse. Ese archivo íntimo revela que cada cuadro responde a un pensamiento sostenido en el tiempo, a una depuración constante que ha ido acotando el lenguaje hasta hacerlo casi ascético.
La pintura entendida como interrogación
Jordi Teixidor ha participado en citas decisivas del arte contemporáneo español, como la Bienal de Venecia de 1976 o la exposición New Images from Spain en el Guggenheim de Nueva York en 1979. En 2014 recibió el Premio Nacional de Artes Plásticas y es académico de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Sin embargo, más allá de reconocimientos, su trayectoria se ha definido por una fidelidad estricta a una idea de la pintura entendida como interrogación.
No-res marca la primera exposición institucional que Madrid le dedica en 45 años. Su título surge del concepto de ausencia total. Como afirma Teixidor: «“Nada” no es nada; pero “no-res” es algo más, es la nada que hay. La constatación de que en la ausencia es donde cabe la posibilidad de una presencia. Un concepto, el de la nada, en el que se fundamenta la historia del siglo XX».
A partir de ese núcleo, el visitante se adentra en un conjunto de pinturas, obras sobre papel, esculturas y ensamblajes que dan cuenta de una práctica coherente y deliberadamente solitaria. Desde sus primeras aproximaciones a la abstracción, vinculadas al clima intelectual que rodeó al Museo de Arte Abstracto Español de Cuenca y a iniciativas como Antes del Arte o el Grupo de Trama, Teixidor consolidó una posición propia. Instalado en Madrid desde comienzos de los años ochenta, tras una etapa en Nueva York, asumió el legado del minimalismo y del abstraccionismo norteamericano sin abandonar una reflexión personal que lo alejaba de modas y consignas.
El negro, empleado con rigor casi obsesivo, se convirtió en uno de los ejes de su pintura. Con el paso de los años, la superficie se fue despojando de elementos hasta rozar el monocromo. Esa reducción no implica pobreza formal, sino una exigencia mayor hacia el espectador. Tal como apunta el comisario, la obra de Teixidor plantea un límite que obliga a cruzar disciplinas y a pensar la pintura desde la filosofía, la poesía o la música.
Uno de los espacios más significativos de la exposición es la capilla levantada al fondo de la sala. Allí, la pintura se presenta como experiencia individual. El espectador queda frente a los lienzos sin intermediarios, invitado a medir su propia interioridad en diálogo con la del artista. La idea de capilla, desarrollada en los últimos años, retoma un deseo antiguo: construir un lugar donde la contemplación sea posible sin distracciones.
Las cinco grandes piezas recientes que rodean ese ámbito subrayan la vigencia de su propuesta. El color reaparece con intensidad contenida y las estructuras geométricas reafirman una gramática depurada. No hay concesiones ni giros efectistas. La continuidad se impone como método.
La exposición se acompaña de un catálogo que recoge una conversación entre Teixidor y Calvo Ulloa, junto a ensayos de Victoria Cirlot, Miquel Mont y Paula Barreiro. El programa público incluye visitas guiadas, talleres escolares, actividades familiares y un encuentro con el artista. ¿Quieres descargar el folleto de la muestra [1]?





















