Manuel Segade, director del MNCARS, lo formuló con claridad durante la presentación. Greco, afirmó, es una figura clave para comprender el tránsito del arte moderno hacia el régimen de representación que hoy llamamos contemporáneo, no solo en América Latina sino en un horizonte global. Fue pionero del happening cuando esa palabra todavía no había sedimentado, y sus últimos años en España resultaron profundamente perturbadores para la escena local.
Segade subrayó también algo decisivo. Greco proyecta su propia imagen sobre el arte de su tiempo del mismo modo que la arroja sobre el mundo y sobre sí mismo. Ese juego de reflejos desviados, en palabras del director, permite leer su influencia en artistas tan dispares como Eduardo Arroyo o Darío Villalba. La exposición, comisariada por Fernando Davis, afina el foco precisamente en esa zona donde la identidad se convierte en estrategia estética y la vida en escenario.
No es una muestra fácil de repetir. Los préstamos proceden de instituciones como el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires, el MoMA de Nueva York, el IVAM o el Patio Herreriano, además de colecciones privadas, y algunos materiales son especialmente delicados desde el punto de vista de la conservación
Fernando Davis propone pensar la obra de Greco como un recorrido quebrado. No hay aquí progreso lineal ni culminación heroica. Lo que aparece es una línea torcida, más cercana al desvío queer que a la épica de la vanguardia clásica.
La primera sala ya anticipa esa incomodidad. Los poemas y cuentos tempranos, escritos a finales de los años cuarenta, activan sensibilidades que la cultura oficial relegaba a lo menor o lo cursi. Fiesta, cuya presentación fue interrumpida por la policía bajo acusación de comunismo, adquiere retrospectivamente la dimensión de un happening involuntario
El joven Greco llega después a París sin programa académico ni red de seguridad. Sobrevive vendiendo dibujos, diseñando textiles, pintando murales en cabarés, ejerciendo la prostitución o la videncia. Esa inadecuación, como la denomina Davis, no es un accidente biográfico sino el laboratorio de una identidad artística que entiende el margen como potencia.
En Buenos Aires, a finales de los cincuenta, Greco se entrega al informalismo con una violencia deliberada. Brea, esmalte, arena o serrín se adhieren al lienzo hasta convertirlo en un cuerpo herido. Invita incluso a sus amigos a orinar sobre la superficie para provocar reacciones imprevistas. El cuadro deja de ser ventana y se convierte en organismo agitado por crispaciones y derrames
Pero tampoco ahí se detiene. En 1961 empapela la ciudad con carteles que proclaman “¡¡Qué grande sos!!” y “El pintor informalista más importante de América”. Se apropia de la retórica publicitaria y la mezcla con una consigna que remite a la marcha peronista en un momento en que el partido estaba proscrito. La autopromoción se vuelve acción política y teatralización del yo.
Ese gesto abre la puerta a lo que en marzo de 1962 proclamará en París como arte vivo. El artista ya no debe mostrar con el cuadro sino enseñar a ver con el dedo. Señalar la vida en movimiento, sin arrancarla de su contexto, sin trasladarla al museo. Con una tiza, con un cartel improvisado o con el simple gesto de la mano, Greco firma personas, mercados, vehículos, conversaciones. Frente al ready-made duchampiano que desplaza el objeto al espacio institucional, él señala el acontecimiento allí donde ocurre
Escándalo y exilio
En Roma, sus acciones alcanzan un tono carnavalesco y sacrílego. Cristo 63, presentado en el Teatro Laboratorio, mezcla la Pasión con Genet y Joyce en una escena donde los apóstoles se lanzan pasteles de crema. La prensa habla de blasfemia y pornografía. La policía interviene la noche del estreno. Greco abandona Italia poco después
Su llegada a España coincide con uno de los momentos más fértiles de su carrera. En el Madrid de 1963 convierte el espacio público en territorio de intervención estética bajo la vigilancia franquista. Convoca un viaje colectivo en metro de Sol a Lavapiés que culmina en una corrala donde se quema una gran tela pintada entre todos. Una aventura sin programa que descoloca protocolos y pone en tensión la calle reglamentada.
Meses antes había recalado en Piedralaves, Ávila. Rebautiza el pueblo como capital internacional del grequismo y despliega el Gran manifiesto rollo arte vivo-dito, una tira de casi trescientos metros que integra dibujos, fotografías, recetas, noticias y aportaciones de los vecinos. La vida rural se convierte en obra colectiva y el artista en animador cultural que organiza tómbolas y teatrillos. Dos fragmentos de ese rollo ocupan hoy un lugar central en la muestra.
Los años madrileños cristalizan en una producción febril de dibujos y collages. La llamada mala letra, rabiosa e ilegible, desafía la caligrafía normativa. En esas páginas conviven tangos, recortes de prensa, pornografía, religiosidad popular y referencias al Rastro. Todo aparece mezclado en un tránsito discontinuo donde el vagabundeo callejero se convierte en método.
En 1964, en la Galería Juana Mordó, presenta sus objets vivants. Traza sobre grandes lienzos las siluetas de un vendedor de lotería o de una mujer de la calle y convierte la inauguración en verbena. Un organillero toca mientras niñas y niños disfrazados recorren la sala. La pintura ya no aspira a durar sino a vivirse como experiencia compartida.
En su propia Galería Privada, un sexto piso en la avenida Manzanares, desafía el mercado autogestionando exposiciones y colaboraciones. Con Antonio Saura realiza Crucifixiones y asesinatos sobre la muerte con motivo del asesinato de J.F. Kennedy, una pieza que funde el magnicidio de Dallas con una imaginería grotesca de la crucifixión. El ritual sacrílego queda registrado en fotografías que hoy se exhiben como testimonio de aquella intensidad.
Autopropaganda y despedida
En 1964 desarrolla sus collages de autopropaganda. Interviene anuncios de jabón o sidra para sustituir la marca por su nombre. “Yo también me he cambiado a Greco” se lee en esas páginas donde el artista se sitúa entre el fetiche publicitario y la parodia.
Ese mismo año regresa a Buenos Aires y realiza Mi Madrid querido en la Galería Bonino. Disfrazado con sombrero de plumas, traza en la Plaza San Martín la silueta del bailarín Antonio Gades mientras ejecuta un fandanguillo. La multitud obliga a desbordar el espacio expositivo y la calle vuelve a ser escenario. En Ibiza comienza a escribir Besos brujos, novela que toma el título de una película de 1937 y lo desvía hacia un relato queer sobre su relación con Claudio Badal. El libro incorpora dibujos, manchas de comida, letras de canciones y fragmentos de cómic. Es arte vivo en forma de texto.
El epílogo de la exposición dialoga entre el primer círculo de tiza y Todo de todo, collage final que condensa la naturaleza excesiva de su producción. Greco murió en Barcelona en octubre de 1965, a los treinta y cuatro años. Su trayectoria fue breve y precipitada, pero dejó abierta una pregunta que hoy resuena con fuerza. ¿Dónde empieza y termina la obra cuando la vida entera se convierte en material artístico? El Reina Sofía no ofrece una respuesta cerrada. Propone, más bien, una experiencia. Caminar por estas salas es asistir a una aventura total abierta a lo imprevisto, como escribió el propio Greco. Una travesía donde arte y vida se confunden hasta resultar indistinguibles.
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