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El Museo Nacional de Escultura lleva al Louvre el color del barroco español

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El alcance del préstamo se aprecia en la presencia del paso completo Camino del Calvario, del Cristo de la Luz de Gregorio Fernández o del San Juan Bautista de Alonso Cano, obras que se presentan por primera vez en Francia. A ellas se suman dos adquisiciones recientes del museo, la Virgen con el Niño y san Juan Bautista de Luisa Roldán y la Inmaculada Concepción de Pedro de Mena, ambas restauradas. La selección reúne conjuntos monumentales y pequeñas imágenes, distintas técnicas y autores de los principales centros artísticos de la época, desde Valladolid y Madrid hasta Andalucía.

Organizada por el Louvre con la colaboración excepcional del museo vallisoletano, la muestra está comisariada por Valérie Carpentier-Vanhaverbeke, conservadora jefa del Departamento de Escultura del museo francés, y Alejandro Nuevo Gómez, director de la institución castellana. Su presentación coincide en fechas y espacio con la exposición dedicada a Francisco de Zurbarán [3]. Nathalie Crinière ha concebido una escenografía conjunta que establece correspondencias visuales entre ambas.

"Sculpter la couleur. Chefs-d’œuvre du Musée national de sculpture, Valladolid". Fotografía: musée du Louvre.

«Sculpter la couleur. Chefs-d’œuvre du Musée national de sculpture, Valladolid». Fotografía: musée du Louvre.

La relación responde a los estrechos vínculos que mantenían pintura y escultura en la España del XVII. Las imágenes talladas y policromadas formaban parte del ambiente visual, cultural y religioso en el que trabajaron Zurbarán, Velázquez y Murillo. Exponerlas junto a la obra del pintor extremeño permite examinar ese contexto a través de esculturas devocionales que ocupaban iglesias, recorrían las calles o acompañaban la oración en conventos y casas particulares.

Una pintura prestada por Valladolid, la Santa Faz de Zurbarán, sirve de entrada común a las dos exposiciones. La huella del rostro de Cristo sobre el paño de la Verónica plantea uno de los problemas que compartían los artistas de aquel tiempo: representar la aparición de lo sagrado en la realidad cotidiana con la mayor precisión y naturalismo posibles. A partir de esa imagen, el recorrido pasa a los cuerpos esculpidos, su volumen, su color y las distintas formas de relación que proponían al devoto.

La primera sala está dedicada al Camino del Calvario, un conjunto de cinco figuras de tamaño natural que se presenta íntegro y a la altura de los visitantes. La disposición facilita una observación directa de la escena y evita la distancia que impondría una instalación elevada. El grupo ocupa aproximadamente 6,20 metros de anchura y reúne a Cristo, la Verónica, Simón de Cirene y dos sayones.

El conjunto permite explicar una de las singularidades de los fondos de Valladolid. El Museo Nacional de Escultura conserva una colección de pasos única en el mundo. Su presencia en el Louvre muestra la importancia de estas obras dentro de la producción escultórica española y las condiciones para las que fueron creadas.

"Sculpter la couleur. Chefs-d’œuvre du Musée national de sculpture, Valladolid". Fotografía: musée du Louvre.

«Sculpter la couleur. Chefs-d’œuvre du Musée national de sculpture, Valladolid». Fotografía: musée du Louvre.

Porque el siglo XVII fue la edad de oro de la escultura procesional religiosa en España. Cofradías y órdenes encargaban amplios grupos narrativos que salían de las iglesias y atravesaban las ciudades al ritmo del calendario litúrgico, especialmente en Semana Santa. Las figuras, en ocasiones enriquecidas con tejidos y accesorios, escenificaban los episodios de la Pasión y buscaban implicar emocionalmente a los fieles. En los conjuntos de Gregorio Fernández, el relato se desplegaba entre personajes secundarios que contribuían a dar concreción a la escena.

El título Esculpir el color sitúa la policromía en el centro de la exposición. El aspecto de estas imágenes depende de la relación entre el trabajo de la talla y la superficie pintada, pero también de otros materiales incorporados a las piezas. El recorrido atiende a esa diversidad y a su participación en el naturalismo de los cuerpos. El Cristo de la Luz, realizado por Gregorio Fernández en 1633, es uno de los ejemplos principales. Este crucificado de tamaño natural combina madera policromada con vidrio, corcho, marfil y asta. Su presentación se inscribe en el apartado dedicado al sufrimiento de Cristo y de la Virgen, que examina las formas de representar el dolor y de suscitar compasión.

Las soluciones varían de una obra a otra. Algunas muestran heridas abiertas y carnes laceradas con una crudeza casi chocante para la mirada contemporánea. Otras concentran la expresión en el duelo interior, especialmente en las imágenes de la Virgen. Los formatos también cambian según su destino, desde grandes esculturas para iglesias y procesiones hasta bustos concebidos para la meditación privada. Entre estos últimos figura el Ecce Homo de Pedro de Mena, fechado hacia 1679 y realizado en madera policromada y vidrio.

"Sculpter la couleur. Chefs-d’œuvre du Musée national de sculpture, Valladolid". Fotografía: musée du Louvre.

«Sculpter la couleur. Chefs-d’œuvre du Musée national de sculpture, Valladolid». Fotografía: musée du Louvre.

La muestra permite reconocer, además, la personalidad de escultores activos en Castilla y Andalucía. Junto a Fernández y Mena están representados Juan de Mesa, José de Mora, los hermanos Jerónimo Francisco y Miguel Jerónimo García, José de Arce, Pedro Roldán y Alonso Cano. De este último se expone el San Juan Bautista de 1634. Su presencia resulta especialmente pertinente en una exposición concebida junto a la de Zurbarán. Más conocido como pintor que como escultor, Alonso Cano policromaba sus propias tallas, reuniendo en una misma práctica dos oficios cuya relación atraviesa el recorrido.

Los usos de las esculturas organizan buena parte de la muestra. Uno de sus apartados se ocupa del culto a las reliquias y de los santos intercesores, mediadores entre los fieles y lo divino. Las imágenes proponían modelos humanos de conducta y presentaban la santidad como una meta alcanzable. Las nuevas canonizaciones, entre ellas las de Teresa de Ávila e Ignacio de Loyola en 1622, incrementaron las necesidades de imágenes devocionales de órdenes y cofradías. La escultura en madera policromada respondía a esa demanda mediante figuras autónomas, elementos de retablo o esculturas relicario. El San Nicolás de Tolentino penitente de Juan de Mesa, fechado hacia 1606-1627, forma parte de las obras reunidas.

Otro ámbito está dedicado a las imágenes de vestir. En algunas, únicamente se tallaban la cabeza y las manos, unidas mediante estructuras ligeras que sostenían las telas. Otras tenían el cuerpo completamente esculpido y articulado, apto para las prácticas rituales de vestido. Se utilizaban tanto en la intimidad de oratorios y conventos como en las procesiones. El tejido podía llegar a costar más que la propia escultura. Su elección, junto con los accesorios y la puesta en escena, intervenía en la apariencia y en la capacidad expresiva de la imagen.

"Sculpter la couleur. Chefs-d’œuvre du Musée national de sculpture, Valladolid". Fotografía: musée du Louvre.

«Sculpter la couleur. Chefs-d’œuvre du Musée national de sculpture, Valladolid». Fotografía: musée du Louvre.

Frente a la amplitud del paso procesional, las pequeñas esculturas muestran otra vertiente de los fondos vallisoletanos. En el siglo XVII creció la demanda de imágenes destinadas a oratorios, conventos y palacios. Su tamaño permitía contemplarlas de cerca y favorecía una oración íntima. El Niño Jesús fue uno de los temas más frecuentes, representado bendiciendo, triunfante o dormido. Las versiones sevillanas concedían especial atención al naturalismo del cuerpo, a la delicadeza de las carnaciones y a la vivacidad de la mirada. La ternura que suscitaban servía a la meditación sobre la Encarnación. La exposición incluye el Niño Jesús dormido sobre una calavera de Esteban de Rueda, realizado hacia 1620-1626.

En este ámbito destaca también Luisa Roldán, una de las pocas mujeres artistas de la época cuya carrera alcanzó la corte real. Sus pequeños grupos de terracota policromada, conocidos como «alhajas de escultura», tuvieron especial acogida en el Madrid de finales del siglo XVII. La Virgen con el Niño y san Juan Bautista, fechada hacia 1689-1706, mide 41,5 centímetros de altura y lleva policromía de Tomás de los Arcos. Su incorporación reciente al Museo Nacional de Escultura y su restauración aportan a la exposición una muestra de la ampliación de sus fondos, junto a los préstamos de obras ya centrales en la colección.

"Sculpter la couleur. Chefs-d’œuvre du Musée national de sculpture, Valladolid". Fotografía: musée du Louvre.

«Sculpter la couleur. Chefs-d’œuvre du Musée national de sculpture, Valladolid». Fotografía: musée du Louvre.

El recorrido culmina con la Inmaculada Concepción, un asunto que adquirió gran importancia devocional y política en la España del XVII, especialmente en Sevilla, mucho antes de la proclamación del dogma en 1854. Las pinturas de Velázquez, Zurbarán y Murillo contribuyeron a fijar su modelo visual, mientras que Pedro de Mena desarrolló numerosas versiones escultóricas en Andalucía durante la segunda mitad del siglo.

La Inmaculada Concepción de Mena que viaja al Louvre, fechada en 1680, es la otra gran adquisición reciente presentada tras su restauración. La madera policromada se combina con vidrio, plata, cristal de roca y encajes de hilos metálicos. El pedestal incorpora madera teñida de ébano, carey, plata y plata dorada. Después de las cinco figuras de tamaño natural del Camino del Calvario, esta imagen de 107 centímetros devuelve la atención a una escala más próxima y a los materiales con los que los escultores daban forma, color y presencia a la devoción.


– Esta exposición se puede visitar al mismo tiempo y en el mismo espacio que la dedicada a Zurbarán [3], lo que permite establecer correspondencias visuales gracias a una escenografía concebida de forma conjunta. La reserva da acceso a ambas muestras.