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El último Tàpies, el pintor de las grandes preguntas

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Lejos de una lectura crepuscular, el conjunto revela a un artista que mantiene intacta su enorme intensidad y capacidad de experimentación. La materia sigue siendo el núcleo de su investigación, pero aparece tratada con una economía de medios que intensifica su carga simbólica. Las superficies, menos saturadas que en etapas anteriores, respiran con mayor amplitud, como si cada gesto hubiera sido sometido a un proceso de decantación lenta.

Comisariada por Fernando Castro Flórez, la exposición reúne obras procedentes en su mayoría de la colección familiar, a las que se suma una incorporación reciente de la propia Fundación Bancaja. Entre ellas destacan varias que se presentan por primera vez al público, como Morat (2005), A veritable (2006), Sis Signes (2009), Boques (2011) o Autoretrat (2011). Su presencia no solo amplía el conocimiento de esta etapa, sino que permite afinar la mirada sobre un Tàpies más íntimo, menos sujeto a los relatos historiográficos habituales.

Para el comisario, «al margen de ser uno de los más importantes pintores de la segunda mitad del siglo XX —y una referencia para el arte internacional—, Tàpies es también, en buena medida, un pintor metafísico o filosófico. Porque en él hay una búsqueda a la manera oriental del vacío; pero no es un vacío en el que no hay nada, sino el vacío que es la conciencia mística de la plenitud. Un artista que, al final de sus días, mantenía esa búsqueda existencial con la que quería escapar del dogmatismo occidental, es decir, de las perspectivas eurocéntricas, para buscar signos que fueran fundamentales. Porque en su obra la cruz no es la cruz del cristianismo: es la encrucijada de nuestra vida, es la incógnita, es la interrogación. Estamos hablando y presentando la exposición de uno de mis mitos, de uno de los artistas a los que yo más admiro, sobre todo porque es un artista —insisto— de la gran pintura, pero también de las grandes preguntas».


El recorrido se articula en torno a tres constantes que atraviesan toda su producción y que aquí adquieren una resonancia particular. El cuerpo humano aparece fragmentado en huellas, torsos o bocas, convertido en rastro y memoria más que en representación. Los signos, esas cruces, letras y marcas que funcionan como un alfabeto personal, insisten en su dimensión de pensamiento visual. Y los objetos, incorporados mediante assemblage, establecen un diálogo directo entre lo cotidiano y lo trascendente, entre lo tangible y lo conceptual.

En esta última década, esos elementos se transforman. Todo parece avanzar hacia una síntesis donde cada componente adquiere mayor peso específico. La pintura deja de acumular para concentrar. El gesto se vuelve más directo, más desnudo, como si el artista prescindiera de cualquier mediación innecesaria.

A lo largo de su vida, Tàpies produjo cerca de nueve mil piezas. Un volumen que responde a una insistencia obstinada en un mismo núcleo de ideas. Cada obra funciona como una variación, como un intento de aproximación a algo que siempre se escapa. Esta exposición invita a reconsiderar la imagen de Tàpies desde ese tramo final, donde la obra se vuelve más silenciosa, pero también más incisiva. Incluso en sus últimos años, el artista sigue interrogando la materia, los signos y los objetos con la misma intensidad que en sus comienzos. Quizá con menos ruido, pero con una claridad que solo otorga el tiempo.


La exposición incorpora además una serie de fotografías de la casa de Tàpies en Campins, en el Montseny. Ese entorno, alejado del ritmo urbano, se convierte en clave interpretativa de su producción tardía. Este diálogo entre obra y contexto se refuerza con la proyección del documental Materia en forma de Tàpies, producido por RTVE en 2024 con motivo del centenario de su nacimiento.