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Escritores farmacéuticos y farmacéuticos escritores

Desde ese primer hombre que, saliendo de las tinieblas de la animalidad, tomó conciencia de su humanidad y puede suponérsele el primer farmacéutico (no es otro que el personaje al que se refiere Harold Bloom, el famoso protagonista del Ulises, de James Joyce: «El primer sujeto que eligió una hierba para curarse a sí mismo tuvo bastante coraje»), hasta la reciente publicación de la obra Pequeña farmacia literaria, de Elena Molini, que recoge la experiencia de una librera de Florencia —ella misma— que ha ideado un prospecto (con sus respectivas indicaciones, efectos secundarios y posología) para acompañar a las obras de su librería, acaso una fértil variación de los «bibliofármacos», término acuñado por el filólogo y estudioso Rafael Climent-Espino para designar a las obras literarias contenidas en soportes farmacéuticos.

Desde el Poema de Gilgamesh, que incluye el viaje del rey de Uruk a la búsqueda de la «planta de la eterna juventud» (un remedio contra la angustia y para recobrar la vitalidad), a la Oda a la Farmacia, de Pablo Neruda, el canto más emotivo que se haya dedicado a la profesión: «Farmacia, iglesia/ de los desesperados,/ con un pequeño/ dios/ en cada píldora…».

Desde Platón y su Fedro, obra donde el «fármaco de la escritura» aparece con las dos acepciones que tenía el phármakon en la Grecia clásica: la de remedio y la de veneno al mismo tiempo, hasta Santiago Ramón y Cajal, que, en sus Chácharas de Café, compara a la literatura con una buena farmacia: «Nada hay más semejante a una biblioteca que una botica. Si en las estanterías farmacéuticas se guardan los remedios contra las enfermedades del cuerpo, en los anaqueles de las buenísimas librerías se encierran los específicos reclamados por las dolencias del ánimo.//  Por tanto, la biblioteca del escritor debe ofrecernos, en armonía con el estado de nuestro espíritu, libros fúnebres que hagan llorar, como la pilocarpina; libros que hagan reír y delirar, como el alcohol y el haschisch (fase de delirio hilarante); libros sedantes, como el veronal y el bromuro de potasio; libros analgésicos, como la cocaína y la morfina; libros tonificantes, como los preparados de hierro, y hasta libros de pura broza, ganga y relleno, como la vaselina y el cerato simple. No sonría el lector demasiado severo o desdeñoso: tales insulsas obras nos enseñan a apreciar por contraste las producciones maestras del ingenio, con la ventaja de proporcionarnos, leídas después de cenar, y a pequeños sorbos (naturalmente), el sueño más fisiológico, profundo y reparador que se conoce».

Por lo tanto, no es de extrañar que, a lo largo de la historia, la farmacia haya aportado temáticas y metáforas sin fin a la creación literaria, así como que no pocos farmacéuticos hayan abordado la creación literaria, tratando de «convertir el cobre del lenguaje en el oro de la literatura mediante la alquimia del verbo», según aseguraba el escritor mexicano Carlos Fuentes, premio Cervantes.

Por su parte, el médico y escritor Oliver Sacks relata en su obra El Tío Tungsteno que el poeta romántico Samuel Taylor Coleridge y el químico Humphry Davy (había sido en su juventud aprendiz de boticario), descubridor de varios elementos químicos y de las aplicaciones terapéuticas del óxido nitroso, llegaron a plantearse instalar juntos un laboratorio para hacer alquimia de los conocimientos que de la Naturaleza tenía uno y de las palabras el otro. Asimismo, el químico y escritor italiano Primo Levi recordaba que el Sistema Periódico de Mendeleiev «era un poema más elevado y solemne que todos los poemas que nos hacían tragar en clase».

Por eso, la respuesta del entrañable Raúl Guerra Garrido, premio Nacional de las Letras, cuando le preguntaban: «¿Qué hace un farmacéutico escribiendo novelas o un novelista en una farmacia?», era la siguiente: «Pues ejercer la curiosidad y tratar de aliviar el dolor, que es la tarea común que mueve esencialmente al farmacéutico y a la literatura universal…». Lo importante es no perder el entusiasmo por el ejercicio profesional y por el oficio de escribir, del que nos descubría su secreto: «Entre dos caminos el desconocido, entre dos caminos desconocidos el prohibido, entre dos caminos desconocidos y prohibidos el que más temas». En esto, Raúl Guerra coincidía con su amigo el historiador de la farmacia Juan Esteva de Sagrera: «La farmacia es una extraordinaria y memorable novela que no tiene parangón ni desperdicio y que toca todas las teclas: naturalismo, realismo mágico, dadaísmo y novela negra». Una novela en la que el argumento es el dolor.

Con Raúl Guerra entramos de lleno en el tema que nos ocupa. Es frecuente dividir a los farmacéuticos que han escrito obras literarias en dos grandes grupos: el de los escritores farmacéuticos y el de los farmacéuticos escritores. En el primero se incluye a quienes, tras terminar la carrera universitaria o ejercer de forma temporal la profesión, abandonaron pronto la farmacia para ganarse la vida como escritores profesionales, como es el caso, entre los nuestros del propio Raúl Guerra Garrido, narrador caleidoscópico, que supo entender como pocos la literatura como fármaco y «ajustar según arte» el fármaco como literatura y de León Felipe, el rebelde que no quiso filiación ni escuela, «poeta del viento, del barro y de la luz», cuyos Versos y oraciones de caminante se presentaron en el Ateneo de Madrid a principios de 1920; entre los de fuera, hay que destacar especialmente a tres extraordinarios poetas: el británico John Keats, médico-boticario muerto prematuramente a causa de la tuberculosis, sin apenas tiempo de hacernos sentir sus poemas como relámpagos, pero cuyo nombre sigue «escrito sobre el agua»; el brasileño universal Carlos Drummond de Andrade, siempre a la búsqueda del poder alquímico capaz de transformar el plomo de la desesperación en el oro de la esperanza solidaria, y el austriaco Georg Trakl, nostálgico del paraíso del que solo gozan los nonatos y muerto a los 27 años, la edad tan proclive al suicidio de los buenos artistas.

El segundo grupo, en cambio, lo integrarían quienes han dedicado toda su vida a la farmacia y de forma, más o menos puntual o periódica, se entregaron a la creación literaria en sus distintas vertientes: poesía, novela, cuentística o ensayo, como sería el caso, entre otros muchos letraheridos, de Pedro Malo, Federico Muelas, José Antonio Fernández Nieto, Rosa Fabregat, Margarita Arroyo, José Félix Olalla, y Rafael García Maldonado. Más allá de nuestras fronteras, quizás el nombre más representativo es el del químico-farmacéutico chileno Daniel Belmar.

Sin embargo, esta división resulta un tanto artificiosa porque los límites entre ambos grupos no siempre están bien definidos y porque muchos boticarios han sabido mantener un equilibrio admirable entre la profesión farmacéutica en cualquiera de sus ámbitos y su vocación escribidora. Por otra parte, lo que unos y otros, sin distinción, aportan a la creación literaria es la capacidad de observación, ese plus de conocimiento del universo y del ser humano que llevan consigo el estudio y el ejercicio de la ciencia farmacéutica, así como el humanismo consustancial a la actividad farmacéutica, proclive en la mayoría de los casos a compartir las más variadas vivencias con los enfermos.

Además, junto a estos dos grupos y todas sus posibilidades intermedias, existe otro más que interesante, que es el de los escritores no boticarios con vocación de farmacopolas, como sería el caso de tres grandes autores:

– Álvaro Cunqueiro, cuyo territorio literario abarca desde la mitología céltica y la poesía de los trovadores hasta las vanguardias, haciendo lo real maravilloso y lo maravilloso, real. Sin embargo, lo suyo «no era realismo mágico, sino magia de las palabras, fundación mítica de la propia vida» (Pere Gimferrer).

Aprendiz de farmacéutico en la botica de su padre, situada en los bajos del palacio episcopal de Mondoñedo, Cunqueiro es autor de la impagable Tertulias de boticas prodigiosas y escuela de curanderos y, según nos dice: «El autor de este texto tuvo ocios bastantes en la oficina de Farmacia paterna para, desde párvulo, deletrear en los botes los nombres sorprendentes, desde el opio y la mirra a la menta y la glicerina, y más tarde, ayudar a hacer píldoras y sellos, y escudriñar el misterio del ojo del boticario, y sumergir una mano en los cajones de las plantas medicinales, la genciana, las hojas de sen, la salvia, la manzanilla … , y darle al molino de la mostaza, cerca del cual estaba la redoma de las sanguijuelas. Mi padre preparaba la tintura de yodo, un vino aperitivo, o las limonadas purgantes para el obispo de Solís. Se me aposentó en la imaginación una idea de las farmacias todas del mundo, que era mágica y fui curioso de ellas, recogiendo noticias de aquí y allá, preocupado de elixires y venenos, de la cosmética antigua y de la gloria almibarada de jarabes y de lectuarios, como los de la monja del Arcipreste (…). En estas páginas va reunida mi ciencia boticaria, mi saber de farmacopea fantástica».

– Juan José Millás, uno de los autores más prolíficos de nuestro tiempo e inventor de los articuentos, un género concebido como «crónicas del surrealismo cotidiano dosificadas en píldoras».

Millás afirma haber mantenido una singular relación con la farmacia a lo largo de su vida a partir de la lectura de los prospectos, de los cuales confiesa ser un auténtico devoto, hasta el punto de que, durante mucho tiempo, su sueño fue ser redactor de ellos: «En mi casa, cuando yo me iniciaba en la lectura, había muchísimas medicinas y mientras mi madre se ponía ciega en la cocina de ansiolíticos, yo, sentado en la taza del retrete, me ponía ciego de prospectos. Y si a ella le hacía efecto la composición cuantitativa y cualitativa, a mí me hacía efecto la composición alfabética, el vocabulario, la sintaxis de aquellos prospectos maravillosos. Cualquier cosa que quisiera sentir la conseguía a través de estos papeles. Decía ansiolítico y un calambre de tranquilidad budista me recorría el cuerpo de la cabeza a los pies. En los exámenes, antes de empezar, decía “tranxilium, valium, trankimazín…” y me sentía enormemente relajado. Si decía anfetamina, enseguida me ponía más nervioso. Si quería sentirme francés, en lugar de amenorrea, leía amenoguea. Gracias a los prospectos llegué a sentirme simultáneamente relajado y francés, dos condiciones prácticamente imposibles de alcanzar en aquellos años».

No obstante, Millás denuncia el deterioro sufrido en los últimos años por este tipo de literatura y pone el siguiente ejemplo: «Una de las palabras más bellas de nuestro idioma, antiflogístico, ha desaparecido de los prospectos médicos. Antes se utilizaba mucho, pero ha sido sustituida por antiinflamatorio, que solo significa una cosa y, sin embargo, fíjense en la de cosas que puede decir antiflogístico. Antiflogístico».

– José Luis Rey, transmutado en el poeta pontevedrés Fernando Plata, que comenzó el oficio de vivir hace 26 años, se licenció en Farmacia por la Universidad de Santiago de Compostela y acaba de publicar su primer libro de poemas, que parece pasado por un alambique de destilación: Himnos a los altos.

Buen conocedor de la alquimia verbal de Coleridge, Plata se siente concernido por las Cartas a un joven poeta de Rainer Marie Rilke y confiesa que sus referentes son Jorge Guillén y Wallace Stevens («la poesía es una respuesta a la necesidad diaria de arreglar el mundo»), aunque yo lo veo también cercano a Juan Ramón Jiménez. Parece ser que la vocación farmacéutica de este singular poeta le viene de familia, pero seguramente su voluntad alquímica y su pasión literaria se le fueron acrecentando cada vez que, desde que era un niño de siete años, pasaba por delante de la escultura del loro Ravachol, uno de los personajes más queridos en Pontevedra, y supo por sus padres que allí, en la plaza de la Peregrina, se encontraba la botica del también galleguista y músico Perfecto Feijóo, famosa por sus tertulias de rebotica, en la que, además de destacados contertulios, como Emilia Pardo Bazán, Ramón María del Valle Inclán, Emilio Castelar, María Guerrero…, tuvo un gran protagonismo el loro al que se le atribuyen hechos y comentarios de gran ingenio. No me extrañaría que Fernando Plata haya soñado en más de una ocasión en haber participado en alguna de estas tertulias (o, al menos, haberlas contemplado a través del ojo del boticario) para descubrir la enzima capaz de transfigurar la realidad más sencilla en la más sublime. A ambos personajes pudo encontrarlos Plata resucitados como personajes literarios en una de sus lecturas juveniles de La saga-fuga de J.B., de Gonzalo Torrente Ballester.

En definitiva, no son pocos los farmacéuticos que han escrito buena literatura y que han tratado de encontrar en ella el cuarto estado de la materia de los científicos (el estado de ánimo), ese en el que palpita el hombre (en lo personal y en lo social), y el sexto sentido de los artistas, aquel que permite ver la vida con otros ojos, acariciarla y sentirla de otra manera, escucharla de otro modo, saborearla de otra forma, olerla hasta respirarla…, amarla. En muchas de las obras narrativas de los escritores menos profesionales entre nuestros compañeros farmacéuticos, el sustrato real sobre el que se desarrolla una trama quizás nos haya impedido ver en ocasiones el trasfondo imaginativo, la mágica utilización del lenguaje y la creatividad narrativa del desconocido autor. En el caso de los poetas, los versos escritos por saydalinis nos han proporcionado en ocasiones las palabras precisas para deshacer los nudos del humano vivir.

Debajo de estas líneas yace la gratitud de quien seguramente se ha mentido a sí mismo creyéndose escribidor y boticario, pero esa verdad de la mentira es la que me ha ayudado a sentirme vivo y a tener fe en crear lo que no vemos más que creer en lo que vimos.


[1]El viernes 6 de febrero el Ateneo de Madrid acogerá la jornada “Escritores farmacéuticos y farmacéuticos escritores [1]”, un encuentro dedicado a explorar el fértil territorio donde la farmacia y la literatura se dan la mano. Una excelente ocasión para descubrir cómo la alquimia del laboratorio encuentra su eco en la alquimia del verbo, y cómo la curiosidad, el conocimiento y el humanismo propios de la profesión farmacéutica han nutrido páginas memorables de nuestra literatura.

Bienvenida y presentación (Fina Alonso y Daniel Pacheco)

1ª PARTE: DE GEORG TRAKL Y FERNANDO PLATA A RAFAEL GARCÍA MALDONADO

Escritores farmacéuticos y farmacéuticos escritores (José González Núñez)

– Georg Trakl en su laberinto (Javier Puerto)
– La alquimia de Fernando Plata (José Luis Rey)
– Diarios de un farmacéutico (Rafael Garcia Maldonado)

2ª PARTE: LECTURA DE TEXTOS

Introducción y moderación: Enrique Granda

Participantes:

– Carmen Abad
– Margarita Arroyo
– José Félix Olalla
– Marisol Donis
– José Vélez
– Mónica Parramón

Entrada libre hasta completar aforo.