Lejos de plantearse como una retrospectiva convencional, la muestra funciona como un organismo en permanente transformación. Reúne esculturas, instalaciones, vídeos, acuarelas, documentos, objetos intervenidos, préstamos resignificados y obras en proceso de creación, mientras el propio artista traslada su estudio al centro del Palacio y trabajará allí durante los ocho meses que permanecerá abierta la exposición. Esa presencia convierte el espacio museístico en un lugar de producción además de exhibición y rompe la separación habitual entre la obra terminada y el proceso que la hace posible.
El título remite a una de las joyas más célebres de la historia occidental. La Perla Peregrina apareció en las costas de Panamá a comienzos del siglo XVI y muy pronto pasó a formar parte del tesoro de la Corona española. Durante siglos fue símbolo del poder hispánico, pintada incluso por Velázquez en los retratos de la familia real. Más tarde abandonó España junto a José Bonaparte, cambió repetidamente de propietario, cruzó el Atlántico y acabó convertida en una pieza icónica de la cultura popular cuando Richard Burton la adquirió para regalársela a Elizabeth Taylor. Ese recorrido, que atraviesa imperios, pasiones, guerras, alianzas, negocios y celebridades, es un buen ejemplo de los desplazamientos del poder a lo largo de la historia.

El artista Fernando Sánchez Castillo. El Palacio de Velázquez, sede del Museo Reina Sofía en el Parque de El Retiro de Madrid, reabre con su exposición «La Perla Peregrina». Fotografía: © Luis Domingo.
Para Sánchez Castillo, sin embargo, la importancia de la perla no reside únicamente en su «biografía». También importa su naturaleza. Una perla nace cuando un cuerpo extraño penetra en el interior de un molusco. Lo que comenzó siendo una agresión acaba transformándose lentamente en un objeto de extraordinaria belleza. Esa imagen sirve al artista para construir la metáfora central de la exposición. La historia también se forma mediante heridas que terminan recubiertas por capas de relatos, símbolos y monumentos hasta convertirse en memoria compartida. El arte aparece así como una respuesta a la violencia, una forma de convertir el trauma en lenguaje y de cuestionar las narraciones aparentemente estables que sostienen la autoridad.
Ese planteamiento atraviesa toda la producción del artista. Desde finales de los años noventa ha construido una obra que analiza cómo el poder se representa a sí mismo y de qué manera esas representaciones condicionan la memoria colectiva. Monumentos, esculturas ecuestres, vehículos oficiales, objetos históricos o arquitecturas institucionales dejan de ser simples testimonios del pasado para convertirse en materiales susceptibles de ser reinterpretados.
Su trabajo evita la denuncia explícita y prefiere introducir pequeñas alteraciones capaces de modificar profundamente el significado de aquello que observamos. Cambia la función de un objeto, altera su escala, desplaza su contexto o introduce un componente lúdico que desmonta la solemnidad de los símbolos oficiales. El fin no es destruirlos, sino obligarlos a revelar aquello que ocultaban.
Discursos oficiales
España constituye el principal escenario de esas investigaciones. No como un tema cerrado, sino como un territorio donde todavía conviven memorias enfrentadas, silencios heredados y relatos incompletos. La Guerra Civil, la dictadura y la Transición aparecen constantemente como un trasfondo sobre el que el artista examina la forma en que se construyen los discursos oficiales y cómo determinadas ausencias siguen condicionando el presente.
Buena parte de la exposición gira precisamente en torno a esos vacíos. Sánchez Castillo llama la atención sobre aquello que falta tanto como sobre lo que permanece. Los desaparecidos, los monumentos destruidos, las historias relegadas o los personajes olvidados forman parte de una geografía invisible que atraviesa el conjunto del recorrido. Su propuesta no pretende completar definitivamente esa historia, sino recordar que toda memoria es también el resultado de una selección y que el poder administra tanto lo que conserva como aquello que decide borrar.
La figura del héroe ocupa un lugar central dentro de esa reflexión. Frente a los grandes personajes de los relatos oficiales, él dirige la mirada hacia individuos anónimos cuya resistencia apenas alteró el curso de los acontecimientos, aunque sí modificó profundamente su significado simbólico. Uno de los primeros encuentros del visitante es la escultura dedicada a August Landmesser, el trabajador alemán que permaneció con los brazos cruzados mientras miles de personas realizaban el saludo nazi. Su gesto aislado inaugura un recorrido dedicado a quienes ejercieron una forma de resistencia silenciosa frente a distintos regímenes de autoridad.
Junto a él aparecen otras figuras convertidas ya en iconos universales de la desobediencia civil, como el Tank Man de la plaza de Tiananmén, además de una serie de pequeñas esculturas concebidas originalmente para circular entre el público mediante el intercambio directo. Aunque las condiciones museísticas impiden esa activación, la exposición mantiene viva la idea de participación que caracteriza buena parte de la obra del artista.
Frente al poder
La protesta adquiere múltiples formas a lo largo del itinerario. En una de las salas se despliega una colección de máscaras fabricadas con materiales modestos que remiten a manifestaciones y movimientos ciudadanos. Son objetos improvisados, efímeros y precarios, pero capaces de generar imágenes de enorme potencia visual. Sánchez Castillo establece un sugerente paralelismo entre esas máscaras y los cascos ceremoniales del Renacimiento. En ambos casos se trata de esculturas destinadas a ser llevadas sobre la cabeza, aunque sus funciones sean radicalmente opuestas. Mientras unas reforzaban el prestigio del poder, las otras sirven para desafiarlo.
El artista también convierte los instrumentos de control en materiales creativos. En Pegasus Dance y en otras piezas audiovisuales, vehículos policiales, helicópteros militares y restos de maquinaria bélica dejan de cumplir su función represiva para transformarse en elementos coreográficos y musicales. La violencia permanece presente, aunque desplazada hacia un territorio donde la imaginación consigue alterar el significado original de los objetos.
Una de las obras más conocidas del recorrido vuelve a situar en primer plano la relación entre memoria y poder. Síndrome de Guernica incorpora restos del Azor, el yate utilizado por Francisco Franco. Después de adquirir fragmentos de la nave, Sánchez Castillo los convierte en una escultura casi abstracta donde desaparece cualquier vestigio de majestuosidad. Lo que en otro tiempo simbolizó el poder absoluto del dictador queda reducido a un conjunto de materiales despojados de su función original, convertidos ahora en un espacio de reflexión sobre el paso del tiempo y la persistencia física de la historia.

El Palacio de Velázquez, sede del Museo Reina Sofía en el Parque de El Retiro de Madrid, reabre con la exposición «Fernando Sánchez Castillo. La Perla Peregrina». Fotografía: © Luis Domingo.
Otra de las constantes del artista consiste en intervenir sobre la tradición monumental. La estatua ecuestre, uno de los grandes emblemas de la autoridad política desde la Antigüedad, aparece aquí sometida a múltiples transformaciones. Especial relevancia adquiere el caballo perteneciente al monumento dedicado a Franco en Barcelona, realizado por Josep Viladomat. La desaparición de la figura del dictador convierte al animal en protagonista absoluto. Despojado del jinete, el caballo deja de representar el poder para convertirse en una imagen abierta sobre las complejas relaciones entre memoria, ciudadanía e historia reciente.
Erosionar la legitimidad
Sánchez Castillo también imagina monumentos convertidos en columpios o en objetos manipulables. Reducidos de escala, alejados del pedestal y puestos al alcance de la mano, los símbolos de autoridad pierden buena parte de su solemnidad. El humor desempeña entonces un papel esencial. No como una simple ironía, sino como un mecanismo capaz de erosionar la legitimidad del poder mediante pequeñas alteraciones de la percepción cotidiana.
El propio Palacio de Velázquez participa activamente en ese discurso. Su historia resulta inseparable de la propuesta de Sánchez Castillo. Construido para la Exposición Nacional de Minería de 1883, el edificio acogió décadas después una muestra dedicada a la arquitectura del Tercer Reich y llegó incluso a servir de espacio de trabajo para la realización de una estatua ecuestre de Franco. Muy cerca permaneció enterrado durante toda la dictadura el busto de Pablo Iglesias esculpido por Emiliano Barral, ocultado para evitar su destrucción. Todos esos episodios convierten el edificio en un escenario especialmente significativo para una exposición que analiza precisamente la producción institucional de los relatos históricos.
La decisión de instalar allí el taller del artista multiplica esa carga simbólica. Durante meses los visitantes podrán observar cómo nacen nuevas obras, conversar con el creador y asistir a un proceso habitualmente oculto. El museo deja así de presentar únicamente resultados acabados para reivindicar la investigación, la duda y el trabajo cotidiano. Sánchez Castillo transforma el estudio en un espacio compartido donde la creación se convierte en una conversación abierta con el público.

El Palacio de Velázquez, sede del Museo Reina Sofía en el Parque de El Retiro de Madrid, reabre con la exposición «Fernando Sánchez Castillo. La Perla Peregrina». Fotografía: © Luis Domingo.
Entre los proyectos que desarrollará durante ese periodo sobresalen nuevas investigaciones sobre la memoria histórica. Son trabajos que mantienen viva la dimensión procesual de la exposición y subrayan que la historia nunca permanece definitivamente cerrada.
Más que organizar un relato cronológico, La Perla Peregrina propone un sistema de asociaciones. Las obras dialogan entre sí mediante analogías, resonancias y desplazamientos constantes. El visitante establece conexiones entre episodios históricos muy distintos, desde la iconografía barroca hasta las protestas contemporáneas, desde los monumentos ecuestres a los grafitis urbanos, desde las reliquias del franquismo hasta las luchas ciudadanas por la libertad. El recorrido diseñado por Ferran Barenblit en colaboración con el propio artista invita a revisar la manera en que cada sociedad construye sus propios relatos y decide qué merece ser recordado.
Con esta exposición, el Museo Reina Sofía no solo recupera para el público uno de sus espacios más icónicos. También ofrece la revisión más amplia realizada hasta la fecha sobre un artista que ha convertido la historia en materia plástica y la escultura en un instrumento de pensamiento crítico. Fernando Sánchez Castillo introduce pequeñas grietas en aquello que parece inamovible para demostrar que los símbolos nunca son definitivos y que toda memoria permanece abierta a nuevas interpretaciones.
Como la propia Perla Peregrina, su obra nace de una herida. Y, del mismo modo que aquella joya extraordinaria fue cambiando de significado con cada uno de sus propietarios, las piezas reunidas en el Palacio de Velázquez recuerdan que el arte no fija la historia, sino que la mantiene en movimiento.





































