La muestra, comisariada por María Eugenia Alonso, conservadora del Departamento de Pintura Antigua, toma como punto de partida Jesús y la samaritana en el pozo (hacia 1640–1641), una de las piezas más destacadas de la colección del museo. A su alrededor se articula un conjunto procedente de instituciones como el Museo del Prado o la Dulwich Picture Gallery, que traza una lectura coherente del tratamiento de la mujer en la pintura de Guercino.
Lejos de un enfoque meramente temático, el proyecto subraya la relevancia histórica del pintor de Cento dentro del barroco del norte de Italia. Su obra encarna una de las expresiones más refinadas de la llamada poética de los afectos, una corriente que buscaba conmover al espectador a través del gesto y la intensidad emocional. En ese terreno, Guercino se sitúa a la altura de figuras como Guido Reni o Domenichino, con un lenguaje propio que combina teatralidad y sutileza.
El recorrido propone una lectura en tres actos. En primer lugar, aparecen las mujeres del Nuevo Testamento asociadas al arrepentimiento. En ellas, el pintor construye escenas donde las miradas y los silencios adquieren un peso decisivo, como ocurre en Jesús y la samaritana en el pozo o en la tensión moral de Jesús y la mujer adúltera (hacia 1621).
La segunda sección se adentra en episodios del Antiguo Testamento marcados por la injusticia. Susana y los viejos (1617) convierte al espectador en testigo incómodo de la escena, mientras que Abraham repudia a Agar e Ismael (1657) despliega una composición cargada de dramatismo. En ambos casos, Guercino enfatiza la vulnerabilidad de las figuras femeninas sin renunciar a su dignidad.
El tramo final introduce un giro en la interpretación de las denominadas femme fatale. Sansón y Dalila (1654) deja de responder al arquetipo habitual de traición para adquirir un papel activo en la salvación colectiva, y Salomé recibe la cabeza de san Juan Bautista (1637) aparece dominada por el arrepentimiento más que por la seducción. Esta relectura matiza los códigos iconográficos tradicionales y confirma la complejidad del artista.
La exposición no solo recupera la figura de Il Guercino como uno de los grandes narradores visuales del siglo XVII, sino que también invita a reconsiderar su lugar en la historia del arte. Su pintura, atravesada por la emoción y el gesto, sigue dialogando con el espectador contemporáneo desde una intensidad sorprendentemente vigente.
Narrador de historias
La selección de obras tiene como foco principal, según explica su comisaria, «resaltar la capacidad de Guercino como narrador de historias. La exposición no pone el foco en la figura femenina; tampoco estamos ante imágenes devocionales aisladas, sino que sitúa en el centro escenas bíblicas del Antiguo y del Nuevo Testamento donde la mujer es la protagonista. Y en este caso son mujeres con nombre propio, como Susana o Salomé, o mujeres anónimas, como, por ejemplo, la samaritana. La ocasión también nos sirve para estudiar cuál fue la evolución estilística del pintor, que va desde un naturalismo inicial, con una gran carga emocional en las escenas y con un claroscuro muy intenso, hasta, posteriormente, un estilo más clasicista, con composiciones más armoniosas y más simétricas en su periodo de madurez. Además, estas escenas que hemos elegido nos sirven para ver la capacidad que tiene de retratar la actitud psicológica de las protagonistas femeninas. No son mujeres o personajes simples, sino complejos, a veces ambiguos, y que en estas escenas están viviendo un dilema moral».





