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La apasionante complejidad de Marisol

El Centro Botín (Santander) dedica a la artista la exposición Marisol: Cuando todo está por comenzar, la primera retrospectiva centrada en sus dibujos y grabados, un recorrido de más de 120 obras sobre papel realizadas entre 1949 y 2015, así como una selección de esculturas que han sido escogidas para representar cada etapa de la artista y recapitular algunas de las principales temáticas que atraviesan toda su obra.

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Realizada en colaboración con el Buffalo AKG Art Museum [3], que custodia su legado, y coproducida junto al MAC/CCB [4] de Lisboa, que dirige Nuria Enguita y donde podrá verse a partir de diciembre, la muestra reúne también fotografías, películas y materiales de archivo que ayudan a comprender hasta qué punto el dibujo fue el hilo conductor que atravesó toda su trayectoria.

Comisariada por Laura Vallés, la exposición no se plantea como una revisión destinada a recuperar una figura olvidada, puesto que la artista ha mantenido una presencia constante en los relatos internacionales del arte contemporáneo, y sus esculturas siguen presentes en los principales museos del mundo y en importantes retrospectivas. Lo que sí permanecía pendiente era estudiar con profundidad una producción sobre papel que la acompañó desde la adolescencia hasta los últimos años marcados por la demencia.

Portrait of Marisol, 1973. Photographer: Irene Vihar Studio. Marisol Papers Collection, Buffalo AKG Art Museum. © Estate of Marisol / VEGAP, Santander, 2026. Digital Image: Amanda Smith, Buffalo AKG Art Museum.

«Estamos hablando de una creadora icónica, profundamente original y también muy enigmática», explica Bárbara Rodríguez Muñoz, directora de Exposiciones y de la Colección del Centro Botín. «Marisol ya ocupa un lugar fundamental en la historia del arte. No estamos rescatando a una artista olvidada, sino que, de alguna manera, estamos retomando la atención que se le ha prestado a sus esculturas, tanto históricamente como en un contexto contemporáneo, para presentar por primera vez una revisión de su obra dibujada y sobre papel. ¿Por qué? Porque es una constante en su práctica, un territorio para ensayar identidades y también un refugio portátil durante todos sus desplazamientos, tanto geográficos como metafóricos».

El dibujo deja aquí de entenderse como una herramienta preparatoria. El lápiz, el grafito y el papel funcionaron para ella como un espacio donde ensayar identidades, ordenar recuerdos y observar las estructuras sociales que la rodeaban. Un lugar donde observar, repetir y dudar.

El título de la muestra procede de una carta enviada por el legendario galerista Leo Castelli cuando la artista abandonó Estados Unidos a finales de los años cincuenta, justo después de que su carrera comenzara a despegar en Nueva York. «¿Cómo te puedes ir cuando todo está por comenzar?», le preguntó sorprendido. La exposición convierte esa decisión en una clave de su trayectoria. Cada vez que el reconocimiento parecía consolidarse, ella desaparecía. Primero rumbo a Europa, después hacia el sudeste asiático —en plena guerra de Vietnam— y finalmente hacia un retiro cada vez más silencioso en sus últimos años.

Precisamente esa condición escurridiza atraviesa todo el recorrido. La muestra evita deliberadamente una cronología rígida y propone una estructura construida a partir de huidas, interrupciones y transformaciones. El visitante entra en contacto con una artista que rehuyó la estabilidad de una identidad fija y que convirtió el desplazamiento en parte esencial de su lenguaje.

Infancia y tragedia

Las primeras salas revelan una dimensión menos conocida. La infancia entre Caracas y Estados Unidos, el suicidio de su madre en 1941, cuando la artista apenas contaba 11 años y que la sumió en el mutismo durante meses, aparecen como elementos fundamentales para comprender una obra donde el rostro, la máscara y la huella regresan una y otra vez para mostrar una identidad cambiante. Desde sus dibujos escolares hasta los cuadernos conservados durante décadas en su estudio, el cuerpo aparece fragmentado, repetido o convertido en signo.

En aquellos años de formación, el dibujo ya funcionaba como una forma de observación minuciosa del entorno. Las figuras femeninas se alinean, se duplican y parecen atrapadas dentro de sistemas sociales que la artista analiza con una mezcla de ironía y distancia. Más adelante, cuando entra de lleno en la escena artística neoyorquina, ese interés por la representación pública se vuelve todavía más incisivo.

Laura Vallés Vílchez, comisaria de la exposición. Foto: Vicente Paredes.

La exposición muestra cómo Marisol alcanzó una notoriedad excepcional en un momento dominado por figuras masculinas. Su trabajo apareció en publicaciones como Life, Glamour o The New York Times —en ocasiones racializada o banalizada como «belleza latina»— incluso antes del ascenso de Warhol. Participó en citas internacionales fundamentales como la Bienal de Venecia de 1968 o documenta IV, donde fue una de las pocas mujeres incluidas entre casi ciento cincuenta artistas.

Aunque habitualmente se la ha vinculado al Pop Art por su proximidad a la escena neoyorquina de los años sesenta, su obra mantuvo una posición singular respecto al movimiento, incorporando elementos de crítica social y reflexión identitaria poco frecuentes.

Así, si bien compartió espacios y códigos visuales, utilizó sus estrategias para cuestionar precisamente los mecanismos de representación, celebridad y consumo que el pop tendía a exhibir con fascinación. Sus autorretratos, moldes faciales y escenas familiares funcionan como pequeñas sátiras sobre el género, la vida doméstica o el espectáculo mediático. Frente a la exaltación de la cultura de masas, introduce la ironía, la incomodidad y la vulnerabilidad, especialmente en torno al género, la identidad y la fama.

La presencia en Santander de varias películas de Warhol resulta especialmente reveladora y permite mostrarla trabajando, socializando y moviéndose en un contexto dinámico, porque su propia obra demuestra que estuvo siempre en transformación. Estas proyecciones permiten comprender la compleja construcción pública de la artista y su ambigua relación con el éxito.

A medida que avanza el recorrido, el dibujo absorbe también las convulsiones políticas de su tiempo. Las protestas contra la guerra de Vietnam, los movimientos por los derechos civiles y las discusiones feministas atraviesan unas imágenes donde las manos, las palabras y los gestos adquieren una tensión creciente. Marisol introduce humor, violencia y extrañeza en composiciones que nunca terminan de estabilizarse.

Especialmente significativa resulta la atención dedicada a sus representaciones de comunidades indígenas y a la reflexión crítica sobre los estereotipos visuales construidos por la cultura occidental. Obras como Indian, Chief Joseph o Cultural Head muestran a una artista consciente de los problemas de representación y de la dimensión política de las imágenes históricas.

Marisol. Get Away From My Fish, 1975. Lápiz de color sobre papel. 183,52 × 214 cm. Colección Buffalo AKG Art Museum. Legado de Marisol, 2016 (2023:226). © Estate of Marisol / VEGAP, Santander, 2026. Foto: Brenda Bieger, Buffalo AKG Art Museum.

Otro de los hallazgos de la exposición reside en la manera en que conecta el dibujo y el grabado con disciplinas aparentemente alejadas. La danza, el vestuario escénico o el cine experimental aparecen integrados dentro de una misma investigación sobre el cuerpo y el movimiento. Su colaboración con la coreógrafa Martha Graham evidencia hasta qué punto concebía el dibujo como una forma expandida capaz de abandonar el papel y trasladarse al espacio.

En las últimas salas, el tono cambia. El océano y sus profundidades, los viajes y las formas anfibias dan paso a una etapa más introspectiva donde la memoria comienza a erosionarse. Incluso entonces el dibujo persiste. Las obras realizadas tras el diagnóstico de la enfermedad de Alzheimer poseen una fragilidad conmovedora, aunque también una extraordinaria determinación. La línea continúa buscando rostros, presencias y vínculos cotidianos cuando el lenguaje empieza a desvanecerse.

Esa etapa final introduce una dimensión especialmente íntima en el recorrido. Después de décadas de máscaras, personajes públicos y construcciones satíricas, la exposición termina situando a Marisol frente a la vulnerabilidad del cuerpo y la fragilidad de la memoria. El dibujo permanece entonces como el último espacio posible de continuidad.

Esta retrospectiva confirma el creciente interés internacional por revisar la complejidad de la artista. Ni figura secundaria del Pop Art ni autora de esculturas extravagantes, aquí emerge como una creadora radicalmente independiente que utilizó el humor, la repetición y el desplazamiento para cuestionar las formas de representación de su tiempo.

La exposición prolonga la línea de investigación que el Centro Botín ha desarrollado en torno al dibujo, con anteriores exposiciones dedicadas a Goya, Juan Muñoz o Silvia Bächli. En el caso de Marisol esa mirada adquiere además un carácter reparador. No porque hubiera sido olvidada, sino porque todavía faltaba observar el lugar donde realmente comenzó todo.