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La constante práctica creativa de Blanca Sánchez

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Comisaria, gestora cultural, coleccionista y artista, Sánchez fue una figura decisiva en la configuración de la cultura madrileña de las últimas décadas del siglo XX. La muestra evita encerrar su legado en una sola categoría y dirige la atención hacia un impulso creativo que atravesó todos los ámbitos de su vida. Su manera de organizar una exposición, conservar recuerdos, relacionar imágenes o intervenir en las iniciativas de quienes la rodeaban respondía a una misma sensibilidad.

Blanca Sánchez, Elvis the King Forever [Elvis el Rey por Siempre], ca. 2000. Archivo Blanca Sánchez, Biblioteca y Centro de Documentación del Museo Reina Sofía @Herederos de Blanca Sánchez.

Sánchez Berciano se formó en los ambientes culturales de Londres, Fráncfort, París y Colonia antes de regresar, en 1971, a una España todavía bajo la dictadura. A partir de entonces desarrolló una carrera vinculada a algunos de los espacios que contribuyeron a renovar la escena artística del país. Trabajó en la Galería Vandrés entre 1971 y 1980, pasó después por la Galería Vijande, donde permaneció hasta 1986, y se incorporó en 1992 al Círculo de Bellas Artes, institución en la que continuó hasta 2006.

Su actividad desbordó, sin embargo, los límites habituales de la gestión cultural. Participó en cortometrajes de Iván Zulueta y desempeñó un papel fundamental en Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón, la primera película comercial de su gran amigo Pedro Almodóvar. En 1987 comisarió la exposición de Andy Warhol en el Círculo de Bellas Artes y fue representante de Carlos Berlanga y de Alaska y Dinarama, entre otros artistas. Al mismo tiempo, reunió una colección construida a partir de sus propias experiencias, amistades e intereses.

La exposición reúne casi un centenar de piezas procedentes del Archivo Blanca Sánchez Berciano, conservado en la Biblioteca y Centro de Documentación del Reina Sofía. Cartas, tarjetas postales, revistas, fotografías, carteles, discos de vinilo, documentos administrativos y objetos diversos permiten seguir una trayectoria marcada por el intercambio constante entre creación, trabajo y vida cotidiana. El conjunto incluye también sus seis cuadernos de dibujos y collages, digitalizados para que puedan contemplarse de forma más completa mediante dos audiovisuales.

Autor desconocido, retrato de Blanca Sánchez sonriente, en bata, multiplicada tres veces, ca. 1980. Archivo Blanca Sánchez, Biblioteca y Centro de Documentación, Museo Reina Sofía @Herederos de Blanca Sánchez.

Buena parte de esos materiales remite a la efervescencia de la movida madrileña, de la que Sánchez fue una presencia central. El recorrido, no obstante, amplía el foco y abarca toda su carrera. La datación imprecisa de algunos documentos no se oculta ni se considera una carencia. Por el contrario, sirve para subrayar la continuidad de una práctica creativa que no respondía a etapas cerradas ni a una evolución lineal.

El collage ocupa un lugar esencial en esta lectura. Más que un lenguaje artístico, fue para Sánchez una manera de pensar y relacionarse con el mundo. Imágenes, materiales y episodios dispares podían convivir dentro de una estructura guiada por la intuición. Esa lógica asociativa se extendía desde sus álbumes hasta sus notas profesionales, en las que la aparente dispersión acababa revelando una notable capacidad para moverse entre tareas, obligaciones y tiempos diferentes.

La mesa central de la sala condensa ese método. Concebida como una evocación de su espacio de trabajo, reúne documentos, flores, envoltorios de chocolates, azucarillos, cartones, fotografías, anotaciones y recortes. Todos los elementos aparecen situados al mismo nivel, sin jerarquías rígidas, como ocurría en el entorno desde el que Sánchez creaba, organizaba proyectos y compartía un café. El visitante accede así a una intimidad convertida en laboratorio de ocio, imaginación y pensamiento.

Esa mezcla se reconoce también en Divina providencia, el álbum que Costus le dedicó en 1982. En sus páginas, fragmentos de las vidas de Fabio McNamara, Fernando Vijande y la propia Blanca Sánchez se entrelazan con noticias sensacionalistas. La realidad queda parcialmente ficcionada y reescrita, en un ejercicio que les permitió intervenir en sus propios relatos y ganar autonomía sobre la forma de representarse.

Costus, Divina providencia, 1982. Archivo Blanca Sánchez, Biblioteca y Centro de Documentación del Museo Reina Sofía.

Para Sánchez, la alta y la baja cultura no constituían territorios enfrentados. Eran espacios permeables, capaces de encontrarse para construir un vocabulario visual distinto. Junto a Pedro Almodóvar, Carlos Berlanga, Guillermo Pérez Villalta o Zush, entre otros compañeros de viaje, contribuyó a levantar un imaginario surgido de la complicidad, la excentricidad y el deseo de dotar a la vida de una dimensión creativa.

El título de la exposición procede de un caligrama mecanografiado y conservado en su archivo. Sus palabras dibujan una presencia cercana, cotidiana, frágil y emotiva. Desde ellas, la muestra recupera a Sánchez no solo por los proyectos en los que participó, sino por la singularidad de su mirada y por una capacidad poco común para convertir el trabajo cultural en un ejercicio de creación permanente.

La muestra es fruto de un proyecto colectivo de los estudiantes del itinerario de Prácticas en Comisariado del Máster Universitario en Historia del Arte Contemporáneo y Cultura Visual, organizado por la Universidad Autónoma de Madrid, la Universidad Complutense de Madrid y el Reina Sofía. Su propuesta devuelve visibilidad a una mujer que actuó muchas veces desde espacios compartidos y demuestra que su legado permanece en las conexiones que supo establecer entre arte, amistad y experiencia.


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