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La National Gallery reunirá por primera vez todos los retratos de Jan van Eyck

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La National Gallery de Londres reconstruirá ese momento decisivo en Van Eyck. The Portraits [3], la primera exposición dedicada íntegramente a los retratos del maestro flamenco. La muestra, abierta del 21 de noviembre de 2026 al 11 de abril de 2027, reunirá por primera vez las 10 efigies conocidas del artista procedentes de distintas colecciones europeas. El conjunto representa cerca de la mitad de las aproximadamente veinte pinturas autógrafas que han llegado hasta nuestros días.

La concentración de obras convierte la cita en una ocasión excepcional. La fragilidad de las tablas, la relevancia de las piezas y la dificultad de reunir préstamos de esta categoría hacen improbable que vuelva a repetirse una convocatoria semejante. La exposición permitirá observar en un mismo espacio la evolución de un pintor considerado uno de los fundadores de la pintura moderna y apreciar hasta qué punto su manera de representar al individuo transformó la historia del arte europeo.

Nueve pinturas compartirán las salas con el único dibujo conservado de Van Eyck, el Retrato de un anciano, realizado hacia 1438 mediante punta de plata y punta de oro sobre papel preparado. Su préstamo por parte del Gabinete de Estampas y Dibujos de las Colecciones Estatales de Arte de Dresde constituye uno de los grandes acontecimientos del proyecto.

Una trama densa de trazos construye el rostro del modelo con precisión, mientras varias anotaciones de color revelan el cuidado con el que el artista preparaba sus composiciones. No se conoce otro estudio previo indudable para una pintura flamenca de aquel periodo. La hoja ofrece, por ello, un acceso privilegiado al proceso creativo de Van Eyck y conserva además el testimonio material más antiguo de una sesión formal de posado.

El dibujo volverá a encontrarse con la tabla que inspiró, el Retrato de un anciano (¿Un erudito?), fechado posiblemente en 1438 y conservado en el Kunsthistorisches Museum de Viena. Será apenas la segunda vez que ambas piezas puedan contemplarse juntas. La comparación permitirá seguir el camino recorrido desde la observación inicial del modelo hasta su conversión en una imagen pintada de asombrosa intensidad.

La exposición incorporará otros tres dibujos que ayudarán a medir la huella del artista. Entre ellos figura el Retrato de una joven, ejecutado hacia 1435-1440 por Rogier van der Weyden, contemporáneo cercano de Van Eyck. Probablemente surgió como respuesta a sus innovaciones. Otros dos dibujos, realizados por autores de su entorno o vinculados a la tradición que estableció, prolongarán ese diálogo y facilitarán la comparación entre las destrezas técnicas de varios creadores de la época.

La National Gallery aprovechará la reunión para propiciar correspondencias inéditas. Su célebre Retrato de los Arnolfini, de 1434 [4], se mostrará por primera vez junto al Retrato de un hombre (¿Giovanni Arnolfini?), pintado hacia 1435-1438 y prestado por la Gemäldegalerie de Berlín.

Ambas obras parecen representar al mismo individuo. El hecho de que Van Eyck retratara dos veces a un hombre que no pertenecía a la realeza carecía prácticamente de precedentes y sugiere una relación particular entre el pintor y su modelo. La confrontación de las tablas permitirá examinar esa posible identidad compartida y acercarse a una de las cuestiones que siguen abiertas en torno a la producción del maestro.


El recién restaurado Retrato de un hombre (¿Autorretrato?), fechado en 1433 y perteneciente a la National Gallery, comparecerá junto a la efigie de Margarita, esposa del artista. Pintada en 1439 y conservada en los Museos de Brujas, esta última obra ocupa un lugar fundamental en la historia del género. Es el primer retrato fechado e identificable de una mujer ajena a la aristocracia.

Su presencia señala el momento en el que el retrato comenzó a abandonar sus funciones exclusivamente dinásticas para incorporar a otros sectores de la sociedad. Artesanos prósperos, familiares y amigos del pintor alcanzaron así una visibilidad hasta entonces reservada a gobernantes y miembros de las grandes casas europeas.

Uno de aquellos amigos pudo ser el orfebre Jan de Leeuw, representado en 1436. El personaje dirige los ojos hacia quien contempla la tabla y establece una relación inmediata que Van Eyck parece haber introducido en el retrato. No se limita a posar. Mira, interpela y convierte al espectador en parte de una conversación silenciosa.

El préstamo de esta pintura y del Retrato de un anciano (¿Un erudito?) añade otra circunstancia extraordinaria. Por primera vez, el Kunsthistorisches Museum permitirá que sus dos obras de Van Eyck abandonen simultáneamente Viena.

Presencia reconocible

Los retratos existían antes de Van Eyck, pero solían privilegiar la elegancia, la posición social o la exhibición de autoridad frente al carácter individual. Los rasgos aparecían tan generalizados que difícilmente habrían permitido reconocer al modelo fuera de la pintura. Con el maestro flamenco se impuso otra expectativa. Una efigie debía parecerse a la persona representada.

Van Eyck llevó las posibilidades del óleo hasta extremos insólitos para construir una ilusión convincente de realidad. Su mirada registraba los rasgos permanentes de cada rostro, aunque también atendía a señales pasajeras. La irritación de unos ojos, la sombra de una barba que empieza a crecer o un mechón fuera de su sitio adquirían tanta importancia como la forma de la nariz o la línea de los labios.

Esa fidelidad no conduce a una reproducción mecánica. Cada detalle participa en la creación de una presencia humana reconocible. La exactitud del pintor no enfría a sus modelos, sino que parece devolverles el pulso. Esa capacidad para conciliar observación, técnica y vida explica que sus retratos mantengan intacta su fuerza ante el público contemporáneo.

El realismo de las figuras convive, además, con un juego deliberado de simulaciones. Van Eyck pintó los marcos y reversos de algunas tablas para que pareciesen hechos de metales preciosos, mármoles y otras piedras. Sus imitaciones podían resultar tan persuasivas como los propios rostros y añadían un contrapunto lúdico a la aparente verdad de las imágenes.

Estas pinturas no fueron concebidas únicamente para permanecer colgadas en una pared. Trabajadas por todas sus caras, funcionaban como objetos tridimensionales destinados a sostenerse entre las manos, examinarse de cerca y suscitar comentarios. El montaje de la National Gallery recuperará esa condición material. Varias piezas se exhibirán exentas por primera vez, de modo que el público podrá rodearlas y descubrir los marmoleados que todavía conservan sus reversos.

La experiencia permitirá comprender que el virtuosismo de Van Eyck no se agotaba en la representación del rostro. Se extendía al soporte, al marco, a las inscripciones y a la relación física que la obra establecía con su propietario.

Consciente de ser artista

Frente al anonimato que rodea a la mayoría de los artistas del final de la Edad Media, Van Eyck firmó sus pinturas de manera casi sistemática. Incorporaba su nombre, anotaba la fecha y, en ocasiones, precisaba incluso el día de ejecución. También añadía con orgullo su lema, Als ich kan, traducido habitualmente como «Lo mejor que pueda».

Las palabras aparecen integradas en el artificio visual. Parecen talladas sobre piedra ficticia o grabadas en el metal simulado de marcos y antepechos. Su sentido exacto no siempre resulta evidente, pero la insistencia con la que el pintor reivindicó la autoría revela una seguridad poco común. También refleja el ascenso social de quienes practicaban la pintura, convertidos progresivamente de artesanos anónimos en figuras reconocidas.

Los orígenes y la formación de Van Eyck siguen envueltos en interrogantes. En 1425 fue nombrado pintor de corte de Felipe el Bueno, duque de Borgoña y uno de los gobernantes más poderosos de la Europa de su tiempo. Permaneció a su servicio hasta su muerte en Brujas en 1441.

La estima del duque excedía el terreno artístico. Van Eyck participó en misiones diplomáticas y en viajes secretos cuya naturaleza continúa siendo desconocida. Entre 1428 y 1429 formó parte de la embajada enviada a Lisboa para negociar el matrimonio de Felipe el Bueno con la princesa portuguesa Isabel. Allí pintó un retrato de la futura duquesa, hoy perdido, que fue remitido a Flandes para que el gobernante pudiera aprobar el enlace. La cercanía entre ambos quedó confirmada en 1434, cuando Felipe ejerció como padrino de uno de los hijos del artista.

Van Eyck alcanzó fama internacional en vida. Sus pinturas aparecen documentadas desde el siglo XV en las colecciones de destacados mecenas europeos, una difusión que confirma tanto su prestigio como el temprano reconocimiento de su lenguaje.

Van Eyck. The Portraits concederá un lugar destacado a las nuevas investigaciones sobre la técnica del pintor, sus marcos originales y sus inscripciones. También abordará los debates que persisten en torno a la identidad de varios modelos. El catálogo será la primera monografía publicada en inglés dedicada específicamente a sus retratos, una ausencia llamativa dentro de la extensa bibliografía existente sobre el artista.

Individualidad

Emma Capron, conservadora de Pintura Flamenca y Alemana Temprana de la National Gallery, considera que el retrato apareció plenamente formado en la década de 1430 bajo el pincel de Van Eyck. Las semejanzas estilizadas anteriores dieron paso a individuos que parecen respirar, devuelven la mirada y se expresan mediante complejas inscripciones en distintas lenguas.

Esa inmediatez no elimina el misterio. El artista que definió las posibilidades iniciales del retrato también las puso en cuestión mediante textos enigmáticos y materiales fingidos. Sus imágenes ofrecen una apariencia nítida, pero se resisten a desvelar por completo su significado. Cuanto más precisas parecen, mayores son las preguntas que plantean.

Para el director de la National Gallery, Gabriele Finaldi, Van Eyck constituye uno de los pilares de la colección del museo y una figura fundacional de la historia del arte europeo. La sensibilidad con la que observó a sus modelos y el virtuosismo desplegado para representarlos justifican la dimensión de una muestra que aspira a convertirse en uno de los acontecimientos artísticos de la temporada.

Su excepcionalidad no reside solamente en el número o la importancia de los préstamos. Por primera vez será posible recorrer, casi rostro a rostro, la aportación con la que Van Eyck abrió el retrato a la individualidad. Bajo su mirada, los modelos dejaron de encarnar tipos sociales para convertirse en personas. La National Gallery reunirá ahora esas presencias dispersas y permitirá comprobar que, a pesar de los siglos transcurridos, todavía parecen mirarnos desde el otro lado de la pintura.