Bajo el título implícito de unas “fotografías que no callan”, la muestra articula cuatro relatos que atraviesan geografías y conflictos, pero comparten una misma raíz: la violencia ejercida para borrar al otro. Desde las cárceles sirias hasta las calles devastadas de Gaza, desde la resistencia cotidiana de las mujeres afganas hasta las consecuencias de la mayor riada del siglo en España, el recorrido propone una cartografía del sufrimiento contemporáneo y, al mismo tiempo, de la dignidad que lo enfrenta.

En la foto, Mohamed adopta la misma postura en la que solía dormir mientras estaba en prisión. Después de siete años tumbado en la misma postura, su memoria muscular, aún fresca desde su liberación hace solo unos días, reproduce instintivamente las posiciones que se veía obligado a adoptar en su celda. La falta de espacio y la naturaleza repetitiva de esos movimientos hacen que recuerde exactamente cómo se tumbaba y dormía en la cárcel de Sednaya. © Samuel Nacar.
El proyecto ganador, Las sombras ya tienen nombre, del fotoperiodista Samuel Nacar, se adentra en la prisión de Sednaya, emblema de la represión del régimen sirio. Durante años, lo que ocurría tras sus muros fue un territorio opaco. Nacar, junto al equipo de la revista 5W, reconstruye ese engranaje del terror a partir de las voces de quienes sobrevivieron. Mohammad Khaled Krayem recuerda cómo dormían en la oscuridad, sin saber quién desaparecería durante la noche, quién sería golpeado hasta la muerte. La celda, al amanecer, revelaba la ausencia. Frente a la cifra abrumadora de los casi 150.000 desaparecidos que se estiman en Siria, el fotógrafo opta por descender a las historias mínimas. Nombrar a cada víctima es una forma de oponerse al borrado.
Las series finalistas amplían el foco hacia otras heridas abiertas. En Muerte eterna, el palestino Jehad Alshrafi documenta la hambruna en Gaza desde dentro: él mismo vivía bajo la misma escasez que retrata. Sus imágenes rehúyen el efectismo y se sostienen en una crudeza directa. El hambre aparece como un arma más en la guerra, una presencia constante que agota cuerpos y voluntades. Alshrafi aspira a que sus fotografías transmitan esa verdad sin ornamentos, como una apelación a la responsabilidad colectiva.
La italiana Valentina Sinis dirige su mirada hacia Afganistán en Si las mujeres afganas desvelaran sus historias. Allí, bajo el régimen talibán, la resistencia adopta formas silenciosas. Sinis capta gestos, miradas, fragmentos de vida cotidiana que contradicen la narrativa de invisibilidad. Cada imagen es un recordatorio: siguen ahí, no se rinden. En un contexto donde la opresión se normaliza, la cámara se convierte en un espacio de afirmación.

Un grupo de mujeres espera en una sastrería a que terminen sus prendas. La policía local de moralidad talibán ha ordenado a los sastres varones dejar de confeccionar vestidos para mujeres y niñas. Si bien no se ha emitido una prohibición total, sí se les ha prohibido tomar medidas directamente a mujeres. Incumplir esta orden puede llevar al cierre del negocio. © Valentina Sinis.
El recorrido concluye con Nadie llegó a tiempo, del español Santi Palacios, que vuelve a ser reconocido por este premio. Su trabajo se centra en la riada que asoló la Comunidad Valenciana, la más grave del siglo en nuestro país. Más allá de la devastación material, Palacios plantea preguntas incómodas sobre la gestión de la emergencia y las responsabilidades institucionales. Sus fotografías no buscan el dramatismo fácil; invitan a pensar qué falló y a quién corresponde responder.
La exposición reserva, además, un espacio de homenaje a María Clauss, la primera mujer que recibió el Premio Luis Valtueña y única fotoperiodista galardonada hasta la fecha. Fallecida recientemente en el accidente ferroviario de Adamuz junto a su marido, el periodista Óscar Toro, Clauss dejó una obra marcada por la memoria. Su serie Donde no habite el olvido recuperaba las historias de las víctimas represaliadas tras la Guerra Civil española y de sus familias, aún en busca de verdad y reparación. Su presencia en la muestra no es solo un tributo, sino una continuidad: la memoria como forma de justicia.

Un hombre camina sobre el barro que inunda el centro de Paiporta, la localidad más afectada por la riada que devastó el sur de Valencia, España, el 29 de octubre de 2024. © Santi Palacios.
El enclave que acoge esta edición no es un escenario neutro. La antigua Residencia de Señoritas —hoy Fundación Ortega-Marañón—, espacio histórico vinculado al pensamiento y la cultura, refuerza el diálogo entre imagen y reflexión. Hasta el 28 de febrero, con entrada gratuita, las salas se convierten en un lugar de encuentro entre la sensibilidad artística y el compromiso social.
El Premio Luis Valtueña nació para recordar a cuatro cooperantes de Médicos del Mundo asesinados en los años noventa mientras asistían a población civil en conflictos armados: Flors Sirera, Manuel Madrazo, Mercedes Navarro y el propio Luis Valtueña, fotógrafo además de cooperante.
Casi tres décadas después, el galardón mantiene intacta su vocación: tender puentes entre el sufrimiento y la acción. Porque, como insisten desde la organización, no hay salud sin justicia. Y hay injusticias que no pueden permitirse el silencio.