- hoyesarte.com - https://www.hoyesarte.com -

Los abuelos también quieren vivir

¿Quieres estar al día del arte y la cultura?

 

Suscríbete GRATIS a nuestro boletín. Más de 25.000 personas ya lo han hecho

 

 

¿Quieres ver los últimos enviados [1]?

 

 

 
Ese es el punto de partida de Los del camping [3], una comedia de Agustí Franch dirigida por Gabriel Olivares que encuentra en una situación habitual dentro de muchas familias el material para construir un espectáculo divertido que también en algunos momentos se torna casi dramático. Dos cumpleaños y una jubilación bastan para desatar reproches, mentiras piadosas y algún desastre doméstico. Poco a poco, la aparente ligereza del conflicto deja paso a una pregunta de mayor calado. ¿Hasta dónde llega la ayuda de los abuelos y en qué momento empieza el sacrificio?

Durante décadas, generaciones enteras han asumido con naturalidad el cuidado de los nietos. Los han llevado al colegio, recogido a la salida, atendido durante las vacaciones y acogido cuando los padres no podían hacerse cargo. Esa colaboración ha terminado por convertirse, en demasiados casos, en una disponibilidad permanente que apenas se discute. Los del camping pone el foco en el instante en que una abuela decide romper ese pacto casi nunca acordado libremente.

Lola quiere a su familia, pero también recuperar su tiempo. Ahí se encuentra la fuerza de un personaje que podría haberse limitado a provocar el conflicto y que, en manos de Chiqui Fernández, adquiere una dimensión mucho mayor. La actriz compone una abuela llena de matices, firme sin perder humanidad y cómica sin convertirla en caricatura. Su interpretación sostiene buena parte del ritmo de la función y permite comprender que detrás de cada negativa se acumulan años de renuncias aceptadas como si fueran inevitables.

Fernández domina especialmente bien el difícil terreno en el que se mueve la obra. Hace reír con una mirada, una pausa o una réplica, pero nunca pierde de vista el cansancio que alimenta la rebelión de Lola. Su personaje lleva mucho tiempo plegándose a las necesidades de los demás y ha llegado el momento de dejar de hacerlo. Esa determinación, expresada en clave de comedia, contiene una verdad que resulta fácil reconocer fuera del escenario.

A su alrededor, Mariano Peña, Ariana Bruguera y Álex Barahona completan un reparto muy bien ajustado. Los cuatro actores entienden el mecanismo del texto y trabajan con precisión sus cambios de ritmo, sus enfrentamientos y esa familiaridad hecha de afecto y desgaste que convierte una discusión cotidiana en un campo de batalla. Nadie necesita elevar en exceso el tono para que el conflicto funcione. Basta con observar cómo se reparten las cargas y quién espera, casi siempre sin preguntarlo, que otro vuelva a ceder.

Mariano Peña aporta experiencia y una notable capacidad para habitar la comedia desde la naturalidad. Bruguera y Barahona se integran con eficacia en una maquinaria escénica que necesita de la complicidad del conjunto para que los equívocos y las tensiones avancen sin perder credibilidad. El resultado es un trabajo coral sólido, aunque sea Lola quien concentre el corazón de la función y Chiqui Fernández quien le otorgue su mayor profundidad.

La dirección de Gabriel Olivares aprovecha las posibilidades de un espacio que parece concebido para el ocio y acaba funcionando como una olla a presión. El camping representa la promesa de unas vacaciones sencillas, pero también significa calor, ruido, horarios compartidos, falta de intimidad y convivencia obligatoria. En ese territorio provisional, donde todo se monta y se desmonta, afloran conflictos que llevan demasiado tiempo esperando.

La imagen resulta especialmente eficaz porque también define a los personajes. Durante años, algunos se han plegado a las necesidades de otros hasta considerar normal esa renuncia. Cuando uno deja de hacerlo, el equilibrio familiar se tambalea. La función encuentra su mejor material en ese momento de ruptura y evita convertir el problema en un discurso solemne. Las verdades entran mejor entre cumpleaños, sillas incómodas, aperitivos y discusiones que empiezan por una nimiedad y terminan desenterrando viejas cuentas.

El texto de Franch acierta al hablar desde la comedia de una realidad que puede adquirir dimensiones mucho menos amables. La ayuda de los abuelos permite conciliar a miles de familias y cubre carencias que de otro modo serían difíciles de resolver. Pero esa entrega también puede ocultar cansancio, culpa, frustración y una responsabilidad que nadie se ha detenido a negociar. Lo cotidiano, llevado al extremo, puede resultar dramático.

Los del camping no busca culpables. Los hijos necesitan ayuda, los abuelos quieren colaborar y todos creen actuar movidos por el afecto. El problema surge cuando la costumbre sustituye a la pregunta y la generosidad deja de ser voluntaria. La función encuentra en esa zona gris su mayor fortaleza y consigue que el espectador se ría antes de reconocer, quizá con cierta incomodidad, algo de sí mismo.