Paltré (Cabra, Córdoba, 1958) ha construido su trayectoria desde una convicción firme: la realidad visible sigue siendo un territorio fértil. No como simple reproducción, sino como experiencia interpretada con rigor y sensibilidad. Formado en la Facultad de Bellas Artes de Sevilla, su aprendizaje clásico —dibujo preciso, dominio del color, equilibrio compositivo— no es en su caso un punto de partida superado, sino una base que continúa sosteniendo cada cuadro.
Durante décadas, el arte contemporáneo ha transitado por la abstracción, la instalación, la hibridación de lenguajes y el predominio del concepto sobre la materia. Frente a ese paisaje, la pintura de Paltré se afirma sin estridencias. No polemiza. No reivindica desde la retórica. Simplemente ejerce el oficio.
La muestra del MUREC, comisariada por Juan Manuel Martín Robles, reúne trabajos realizados en los últimos seis años. Son obras que revelan una actitud sobria ante el mundo: el artista no impone una emoción previa ni dramatiza el motivo. Sitúa los objetos, ordena el espacio y deja que la mirada haga su trabajo. Esa contención genera una forma particular de intensidad: la que nace de la observación honesta.
Lugares de verdad
Botellas, frascos, encendedores, mesas desnudas, superficies donde la luz se posa con exactitud matemática. Los bodegones de Paltré no buscan el virtuosismo exhibicionista ni el exceso decorativo. Hay en ellos una voluntad de reducción, casi de silencio. El objeto aparece aislado, afirmado en su volumen y su peso, sostenido por planos cromáticos limpios que delimitan el espacio con claridad.
La tradición italiana del siglo XX —Morandi, Filippo de Pisis, Edita Broglio— resuena en esa economía de medios. También la herencia española del realismo contemporáneo. Pero la pintura de Paltré no es cita ni homenaje; es continuidad consciente. Cada frasco o cada tarro parece decir que la pintura todavía puede interrogar lo mínimo.
En sus escenas domésticas no hay presencia humana. Y, sin embargo, todo habla de vida. El taller, la cocina, los rincones íntimos aparecen ordenados con una precisión casi arquitectónica. Los objetos sustituyen al cuerpo ausente y sugieren una respiración cotidiana.
Estos interiores pueden leerse como construcciones de planos de color rigurosamente delimitados, donde cada tono ocupa su lugar exacto. También como poemas visuales que transforman la experiencia diaria en contemplación. La composición es firme, pero nunca rígida; la atmósfera es clara, despojada de cualquier exceso narrativo.
Hay una voluntad decididamente antibarroca en esta pintura. El detalle no se acumula, se selecciona. El gesto no se dispersa, se contiene. En esa contención reside su fuerza.
La periferia
Cuando traslada el caballete al exterior, Paltré mantiene la misma ética. Pinta del natural. Observa edificios industriales en Fabero o cortijos de la Almería rural. Elige espacios alejados de la monumentalidad urbana, lugares donde la arquitectura y la naturaleza conviven sin dramatismo.
La luz se adapta al momento concreto; no hay efectos espectaculares ni búsquedas atmosféricas grandilocuentes. Cada plano se construye con el tono justo. La naturaleza no invade el espacio, lo acompaña. Y el conjunto se resuelve con medios precisos, sin acabados excesivos.
Su tratamiento del color es parco, antisorollesco en su contención lumínica. Los planos rellenos y definidos recuerdan la observación metódica de los realistas madrileños y, de manera inevitable, la exigencia analítica de Antonio López. Pero, una vez más, lo esencial no es la filiación sino la coherencia interna de la obra.
En términos técnicos, Paltré renuncia tanto al alarde como a la improvisación. La pincelada no busca protagonismo; sirve a la estructura. La línea organiza, el plano delimita, el volumen afirma la presencia de lo representado. Todo parece pensado para que la pintura se sostenga por sí misma, sin apoyarse en efectos externos.
Esa claridad formal no implica frialdad. Al contrario: hay una delicadeza profunda en su relación con la luz, una sensibilidad que transforma lo cotidiano en experiencia estética sin necesidad de subrayados.
La realidad de lo tangible no es un título retórico. Resume una posición estética y casi ética. Frente a la saturación de imágenes y discursos, Paltré propone una experiencia concreta: el encuentro directo con lo visible. Objetos, espacios y paisajes adquieren en sus lienzos una densidad que solo puede nacer del tiempo invertido en mirarlos.
En la Sala II del MUREC, la exposición se despliega como un itinerario de serenidad. No hay estridencias, no hay espectáculo. Hay pintura. Y en esa afirmación sencilla reside su potencia. Porque quizá, en el fondo, la radicalidad hoy consista en algo tan elemental como esto: devolver a la mirada su capacidad de asombro ante lo que siempre estuvo ahí.
La realidad de lo tangible ha sido producida por la Fundación de Arte Ibáñez Cosentino y organizada por la Diputación Provincial de Almería y la misma Fundación.
Coherencia
Luis Paltré ha desarrollado una carrera sostenida tanto en el ámbito expositivo como en el docente. Ha participado en numerosas muestras individuales y colectivas en España y ha recibido reconocimientos relevantes, entre ellos el Primer Premio de Pintura en la Bienal de Artes Plásticas “Ciudad de Albacete” y el Premio “Antonio López García” en los Certámenes Artísticos de Tomelloso. Sin embargo, más allá de premios y distinciones, lo que define su lugar en el panorama actual es la coherencia. Su pintura no se ha desplazado con las modas ni ha buscado adaptarse a tendencias pasajeras. Ha permanecido fiel a una convicción: la realidad, cuando se mira con atención, sigue siendo inagotable.






