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La fotografía como memoria compartida

La muestra —primera dedicada de forma monográfica a la fotografía con fondos propios del Prado— reúne 44 piezas seleccionadas entre un conjunto que supera las 10.000. No se trata únicamente de exhibir reproducciones de obras célebres, sino de subrayar el valor patrimonial de esas copias, negativos, tarjetas y álbumes que durante más de un siglo fijaron la memoria del museo y ampliaron su alcance más allá de los muros del edificio de Villanueva.

Desde sus orígenes, la fotografía compartió con el grabado y la litografía la posibilidad de multiplicar una imagen. Sin embargo, añadió algo decisivo: la promesa de una fidelidad casi mecánica a la realidad. Esa cualidad la convirtió pronto en el medio privilegiado para difundir las colecciones del Prado y en un archivo visual indispensable para registrar no solo las obras, sino también los modos de exhibición y los espacios museográficos de cada época.

Vista de la galería central del Museo del Prado con establecimiento para la venta de fotografías HF-1229 y vista actual Foto © Museo Nacional del Prado.

El recorrido comienza evocando los primeros testimonios expuestos en el propio museo a finales del siglo XIX y conduce al visitante por salas como la Galería Central o los ámbitos dedicados a Murillo y a la escultura. Las imágenes revelan un Prado muy distinto al actual: muros cubiertos de pinturas hasta el techo, mobiliario hoy desaparecido, sistemas de calefacción visibles y, en ocasiones, la silueta fugaz de un visitante o un trabajador. En otras tomas, la ausencia humana refuerza la impresión de solemnidad casi espectral que caracterizó los interiores en los albores de la fotografía.

La exposición también atiende a la materialidad de los objetos fotográficos. Copias a la albúmina, al carbón o a la gelatina dialogan con tarjetas de visita, estereoscópicas y postales impresas mediante fototipia. Estos formatos estandarizados, populares en la segunda mitad del siglo XIX y primeras décadas del XX, permiten comprender cómo la imagen artística circuló en distintos ámbitos: desde el coleccionismo erudito hasta el recuerdo asequible que un visitante podía llevarse consigo.

El proceso de fotografiar las obras comenzó de forma sistemática en la década de 1860. Las limitaciones técnicas obligaban a menudo a trasladar los cuadros al exterior para aprovechar la luz natural. Una vez obtenido el negativo, el fotógrafo producía positivos destinados a la venta. Esa cadena —toma, revelado, comercialización— consolidó un mercado que difundió iconos del Prado entre públicos cada vez más amplios.

Imagen de la sala de la exposición “El Prado multiplicado”. Foto © Museo Nacional del Prado.

Imagen de la sala de la exposición “El Prado multiplicado”. Foto © Museo Nacional del Prado.

Firmas como Laurent, Moreno, Anderson, Hanfstaengl o Braun desempeñaron un papel determinante en esa expansión. Algunas de las imágenes expuestas preceden incluso al ingreso de determinadas pinturas en el museo o documentan su paso por exposiciones nacionales, lo que aporta un testimonio adicional sobre su historia material. Entre las obras más reproducidas destaca La rendición de Breda, cuya reiterada presencia en distintos formatos ilustra hasta qué punto la fotografía contribuyó a fijar la condición icónica de ciertas piezas.

El cambio de siglo introdujo un nuevo impulso con la generalización de la tarjeta postal. Gracias a técnicas como la fototipia, las imágenes se abarataron y alcanzaron una difusión internacional sin precedentes. El Prado dejó de ser solo un destino físico para convertirse en una presencia constante en álbumes, escritorios y correspondencias privadas. La fotografía, convertida en objeto cotidiano, tendió un puente estable entre la institución y la sociedad

Más allá de su función reproductiva, la exposición invita a considerar estas piezas como patrimonio autónomo. Cada copia, cada tarjeta, cada álbum no solo replica una obra maestra: testimonia una manera de mirar y de entender el museo en un momento histórico preciso. En esa acumulación de imágenes se cifra una memoria compartida que no pertenece únicamente al Prado, sino también a quienes lo visitaron, lo estudiaron o lo imaginaron desde lejos.

Con esta propuesta, el museo reconoce que su historia no se compone solo de lienzos y esculturas, sino también de las imágenes que los hicieron visibles. La fotografía, lejos de ser un apéndice técnico, se revela como uno de los hilos esenciales que han tejido la identidad pública del Prado desde el siglo XIX hasta nuestros días.

Almacén abierto


Vista de la sala de Murillo José Lacoste (1872-¿?), fotógrafo, y Juana Roig (1877-1941), editora Papel a la gelatina. Firmada. 1902-9 Procede del Archivo del Museo del Prado. HF-1233.

La nueva exposición se inscribe en el programa Almacén abierto, la línea de trabajo que el Prado mantiene en la sala 60 desde 2009 para revisar sus colecciones del siglo XIX desde ángulos poco transitados. Concebido como un ámbito para proyectos concentrados y precisos, este espacio ha permitido mostrar obras que, por razones de conservación o de disponibilidad, no forman parte del recorrido habitual. El formato reducido no implica menor ambición: al contrario, ha favorecido lecturas específicas, ensayos curatoriales y aproximaciones técnicas que enriquecen la comprensión del fondo decimonónico.

En ese marco se presenta El Prado multiplicado: la fotografía como memoria compartida, comisariada por Beatriz Sánchez Torija, responsable en la Colección de Dibujos, Estampas y Fotografías. La propuesta amplía el alcance del programa al situar la fotografía en el centro del discurso, no como disciplina auxiliar, sino como protagonista indiscutible. Así, la sala 60 vuelve a funcionar como laboratorio de ideas, capaz de revisar la tradición desde perspectivas que dialogan con las sensibilidades contemporáneas.