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Rodoreda, un bosque

La tesis que articula el proyecto, comisariado por Neus Penalba, cuestiona la imagen domesticada que durante décadas acompañó a Rodoreda. Frente a la escritora asociada a jardines delicados y sentimentalismo, la muestra reivindica una narrativa atravesada por la violencia, el deseo, la guerra y la metamorfosis. Luz y oscuridad conviven sin jerarquías. La inocencia nunca excluye la crueldad. La belleza no suaviza el horror, lo hace más visible.

Esa tensión de contrarios constituye el núcleo profundo de su literatura. Rodoreda narra desde miradas cándidas que no juzgan, pero tampoco protegen. Sus protagonistas —adolescentes, mujeres solas, desertores, figuras al margen— observan el mundo con una mezcla de fascinación y desconcierto. El lector comprende lo que ellos no alcanzan a nombrar. En esa grieta se instala la incomodidad. La escritora evita la épica de la guerra y se adentra en la retaguardia, en el hambre, en los cuerpos heridos, en la devastación íntima que deja la historia cuando ya no suenan las bombas.

La exposición despliega este universo como si se tratara de un organismo vivo. Raíces que remiten al exilio y al desarraigo. Troncos atravesados por la experiencia bélica. Ramas que conectan con la tradición occidental, de Ovidio a Kafka. Copas que rozan lo metafísico. El recorrido reúne cerca de 400 piezas y establece un diálogo fértil entre la escritura de Rodoreda y artistas de distintas épocas y disciplinas, desde Remedios Varo hasta Pina Bausch, de Chagall a Dora Maar, junto a documentos originales procedentes de la Fundació Mercè Rodoreda.

Deseo

Imagen de la exposición "Rodoreda, un bosque" en el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona. Fotografía: CCCB.

Imagen de la exposición «Rodoreda, un bosque» en el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona. Fotografía: CCCB.

Uno de los ejes más reveladores es la revisión del deseo. En sus novelas, el amor rara vez es redención. Se parece más a un campo de fuerzas donde operan la dominación, la violencia simbólica y el autoengaño. Rodoreda desmonta el mito romántico con una lucidez adelantada a su tiempo. También explora sin concesiones la sexualidad femenina, la maternidad ambigua, el estigma social. Sus páginas están pobladas de mujeres vigiladas, juzgadas, castigadas en la plaza pública. El escarnio se convierte en espectáculo colectivo.

Otro núcleo fundamental es la guerra. Rodoreda la vivió como exiliada y la transformó en materia literaria sin recurrir al relato directo del combate. En La plaza del Diamante, la revolución irrumpe en la vida cotidiana como un ruido de fondo que termina por desmoronarlo todo. En Cuánta, cuánta guerra…, el conflicto se filtra a través del hambre y la errancia de un joven desertor. En La muerte y la primavera, la violencia adopta formas rituales, casi míticas. El horror se fragmenta porque resulta imposible capturarlo entero.

Imagen de la exposición "Rodoreda, un bosque" en el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona. Fotografía: CCCB.

Imagen de la exposición «Rodoreda, un bosque» en el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona. Fotografía: CCCB.

La muestra atiende asimismo a la dimensión fantástica y metamórfica de su obra. Convertirse en animal, en árbol, en agua. Cambiar de cuerpo o de nombre. Habitar el límite entre lo humano y lo no humano. Estas transformaciones no funcionan como escapatoria sino como otra forma de exilio. Rodoreda dialoga con la tradición clásica y con el imaginario surrealista para explorar una subjetividad escindida que narra, a menudo, desde el umbral de la muerte.

El proyecto incorpora además nuevas producciones concebidas específicamente para la ocasión. Oriol Vilapuig traduce La muerte y la primavera en un mural de imágenes que se organiza como un árbol invertido. Mar Arza materializa la violencia del texto en esculturas de papel y cemento. Èlia Llach construye un espacio visual y sonoro atravesado por la memoria en llamas. Carlota Subirós prolonga la voz de Natàlia en una instalación audiovisual. Cabosanroque regresa a los textos de guerra y exilio para levantar un pasillo sonoro donde belleza y devastación se confunden.

Imagen de la exposición «Rodoreda, un bosque» en el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona. Fotografía: CCCB.

Lejos de fijar una imagen definitiva, Rodoreda, un bosque formula preguntas. ¿Cómo leer hoy a una autora convertida en icono cultural y, al mismo tiempo, todavía incómoda? ¿Qué significa su radicalidad en un presente marcado por nuevas formas de violencia y desarraigo? La exposición responde con una propuesta clara. Volver a los textos. Escuchar sus contradicciones. Aceptar que en ese bosque no todo es luminoso.

Más de cuarenta años después de su muerte, Rodoreda emerge como una escritora plenamente contemporánea. No por moda ni por reivindicación oportunista, sino porque su literatura sigue interrogando la fragilidad humana con una intensidad poco común. Entre raíces y ramas, entre jardines y ruinas, el visitante comprende que adentrarse en su obra implica perderse. Y que quizá solo así sea posible encontrar algo parecido a una verdad.

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