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Salzillo: el instante detenido

«Relieve de Virgen de la Leche». Francisco Salzillo. Museo Diocesano de la S.I. Catedral de Murcia.

La muestra devuelve al primer plano el extraordinario talento de Salzillo, figura capital de la escultura española del siglo XVIII y dueño de un lenguaje propio que supo combinar tradición hispánica, refinamiento italiano y ecos del gusto francés en un momento de transición estética. El resultado fue una obra de enorme personalidad que, durante más de medio siglo, marcó el panorama artístico del antiguo Reino de Murcia y dejó una huella decisiva en la imaginería española.

Comisariada por Miguel Ángel Marcos Villán, conservador del Área de Colecciones e Investigación del museo, la exposición profundiza en el proceso creativo del escultor, en la organización de su taller y en las investigaciones recientes que han permitido ampliar el conocimiento sobre su producción y su entorno.

Estamos ante la primera gran monográfica dedicada a Salzillo desde 2007 y también la primera ocasión en la que se presentan reunidas todas las obras del artista conservadas en el Museo de Escultura. A ellas se suman préstamos procedentes de 12 instituciones religiosas, museos y colecciones particulares de Murcia, Castilla-La Mancha y Castilla y León, en un diálogo que permite reconstruir la amplitud y diversidad de su obra.

Ese recorrido comienza con una mirada al propio origen del escultor. Hijo de un artista napolitano instalado en Murcia, heredó una tradición familiar que pronto transformó con una sensibilidad singular. En su taller colaboraron sus hermanos y discípulos, configurando una escuela cuya influencia se prolongó hasta bien entrado el siglo XIX. La exposición reivindica precisamente ese universo creativo compartido, menos conocido para el gran público que las célebres procesiones murcianas.

«La Dolorosa de Lorquí», 1760. Francisco Salzillo.

Guerras, desamortizaciones y destrucciones patrimoniales acabaron con parte de su producción, aunque fotografías antiguas, vaciados y modelos preparatorios permiten hoy imaginar la calidad y ambición de aquellas obras. Entre los ejemplos más significativos figura la gran Inmaculada destinada al Colegio de la Purísima de Murcia, evocada aquí mediante algunas piezas supervivientes.

El instante detenido también permite comprender su extraordinaria capacidad para convertir la devoción en emoción tangible. Sus esculturas parecen respirar. Los rostros contienen lágrimas apenas insinuadas, las manos se crispan con naturalidad y los pliegues de las telas construyen una teatralidad que jamás cae en el exceso. Obras como Santa Clara arrebatada en mística contemplación o el conmovedor Cristo de la Agonía muestran a un escultor capaz de unir dramatismo y delicadeza en un mismo gesto.

Especial relevancia adquieren las esculturas procesionales, auténtico corazón de su producción. Pensadas para salir a la calle y dialogar con el fervor popular, estas imágenes estaban concebidas para ser contempladas en movimiento, entre luces cambiantes, incienso y música. En ese ámbito sobresale el célebre Paso del Prendimiento, cedido por la Cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno de Murcia. La pieza resume buena parte de las virtudes del escultor, desde el virtuosismo técnico hasta esa capacidad narrativa que transforma cada escena en un episodio suspendido entre el teatro y la fe.

«San Roque». Francisco Salzillo. Parroquia de San Andrés y Santa Maria de la Arrixaca (Murcia).

Otro de los ejes fundamentales de la exposición gira en torno a las imágenes de vestir, una de las manifestaciones más refinadas de la religiosidad barroca. La Dolorosa de Lorquí, realizada en 1760, constituye uno de los grandes atractivos del recorrido. La obra conserva su indumentaria original, recientemente restaurada por el Instituto del Patrimonio Cultural de España, circunstancia excepcional debido a la fragilidad de los tejidos y a su uso continuado durante siglos.

Frente a la espectacularidad pública de los pasos procesionales, la muestra se detiene también en las piezas destinadas a la devoción privada. Son esculturas de pequeño formato concebidas para oratorios domésticos y conventuales, obras que exigen una observación cercana y silenciosa. En ellas Salzillo despliega una asombrosa capacidad para captar la ternura y la intimidad. El delicado Niño Jesús bendiciendo o los bustos del Ecce Homo y la Dolorosa revelan a un artista atento a los matices emocionales más sutiles.

El instante detenido subraya además la estrecha relación histórica entre Salzillo y el propio Museo Nacional de Escultura. Desde la fundación de la institución en 1933, sus colecciones han ido incorporando obras del maestro murciano, consolidando un conjunto que hoy permite reconsiderar su lugar dentro de la escultura española del Setecientos. Esa revisión adquiere especial relevancia en un momento en el que la historiografía artística busca ampliar la mirada más allá de los grandes focos cortesanos para reconocer la riqueza de los centros periféricos.

Más de dos siglos después de su muerte, Francisco Salzillo continúa demostrando que la emoción puede habitar en la materia. Sus esculturas no pertenecen únicamente al ámbito de la religiosidad barroca ni al territorio de la tradición procesional. En ellas permanece intacta una rara capacidad para traducir sentimientos universales en formas precisas y vivas. Quizá por eso sus figuras siguen pareciendo suspendidas en un tiempo propio, retenidas en ese instante detenido que da título a una exposición llamada a convertirse en una de las grandes citas culturales del verano.

«San José con el Niño». Francisco Salzillo. Parroquia de Santiago Apóstol, Lorquí (Murcia).