Lejos de plantear un recorrido lineal, la muestra se articula como un organismo vivo. Ocho instalaciones cinéticas y sonoras y varias pinturas dialogan en una coreografía que se reconfigura a cada instante. La artista japonesa construye así un entorno en el que fuerzas invisibles como la gravedad, el magnetismo o la humedad determinan el comportamiento de las obras, alterando su forma y su sonido sin previo aviso
Desde sus primeras piezas hasta sus trabajos más recientes, Mohri ha insistido en borrar los límites entre disciplinas. Formada en Tokio y profundamente influida por la música experimental, su práctica conecta la tradición del arte cinético con la improvisación sonora. Esa genealogía se percibe en la manera en que desmonta instrumentos musicales, reutiliza objetos domésticos y los conecta a circuitos electrónicos para generar composiciones imprevisibles. En sus manos, una olla, un guante de fregar o un fragmento de metal adquieren una nueva condición, capaces de emitir sonidos o activar procesos que dependen del entorno.
Propagación
El título de la exposición no es casual. Entrelazamientos remite a una red de relaciones donde ningún elemento actúa de forma aislada. Las piezas funcionan como sistemas autónomos en los que cada variación, por mínima que sea, desencadena una cadena de reacciones. Esa lógica se hace especialmente visible en obras como Flutter (2018), donde un acuario equipado con sensores traduce el movimiento de peces y plantas en estímulos que activan todo el sistema. Lo que sucede dentro del agua se propaga al resto de la instalación, transformando la percepción del espacio.
Una de las piezas centrales, Piano Solo: Belle-Île (2021–24), condensa la dimensión poética de su trabajo. El instrumento, un piano, modificado para tocar sin intervención humana, interpreta registros sonoros captados en la naturaleza. El viento, el agua o el canto de los pájaros se convierten en materia musical, trasladando al espectador a un paisaje donde la autoría se diluye. La obra, nacida durante el aislamiento de la pandemia, incorpora además grabaciones audiovisuales realizadas en la costa cántabra, integrando el entorno cercano en su misma estructura.
Esa relación con lo natural atraviesa buena parte de la exposición. En la serie Decomposition (2021–en curso), frutas en proceso de descomposición generan electricidad que activa luces y sonidos. El deterioro deja de ser un final para convertirse en motor creativo, en un proceso que produce variaciones constantes. La artista propone así una reflexión silenciosa sobre el paso del tiempo y la transformación de la materia sin recurrir a discursos explícitos.
Más directa en su referencia al contexto urbano es Moré Moré (Leaky): Variations (2018–en curso). Inspirada en las soluciones improvisadas para contener las filtraciones de agua habituales en el metro de Tokio, la instalación recrea un sistema de fugas artificiales mediante utensilios domésticos. El agua circula, se recoge y vuelve a activarse en un circuito continuo que pone en evidencia la fragilidad de las infraestructuras y la capacidad humana para adaptarse a lo imprevisto.
Fundación Botín y Pirelli HangarBicocca
Entrelazamientos ha sido organizada por la Fundación Botín y Pirelli HangarBicocca (Milán), y supone su primera exposición conjunta. En el centro italiano ha sido comisariada por Fiammetta Griccioli y Vicente Todolí, y por Bárbara Rodríguez Muñoz en el Centro Botín. Además, Mohri dirigirá el próximo taller de arte de la Fundación Botín [1], que reunirá del 1 al 10 de junio a participantes nacionales e internacionales en una iniciativa intensiva en la que compartirán, reflexionarán y crearán juntos.
La muestra se acompaña de la monografía más completa hasta la fecha sobre la práctica de la artista. Elaborada por el centro italiano y editada por Griccioli y Todolí, incluye varios ensayos de expertos que han seguido de cerca su carrera y una selección de escritos de la propia Mohri que ofrecen una perspectiva personal de su relación con el sonido, el entorno y la interconexión de todas las cosas. Además, incorpora un glosario que explora temas clave en su obra y se completa con un manga japonés del género shōjo, de Ran Kurumi, que ilustra su trayectoria.
Otra de las obras destacadas, You Locked Me Up in a Grave, You Owe Me at Least the Peace of a Grave (2018), introduce una dimensión casi hipnótica. Una escalera de caracol suspendida gira lentamente mientras un complejo sistema de sonido y luz envuelve al espectador. La pieza remite a ideas de circularidad y repetición que conectan con reflexiones filosóficas sobre el tiempo y el universo, integrando referencias históricas en una experiencia sensorial intensa.
En todas estas propuestas, el sonido ocupa un lugar central. No se trata de acompañar la imagen, sino de construir el espacio. Mohri trabaja con vibraciones, interferencias y resonancias que obligan a una escucha atenta. Cada paso del visitante modifica la percepción del conjunto, cada variación ambiental altera el resultado.
Aunque la mayoría de las obras son las mismas, la presentación en Santander presenta diferencias con respecto a la mostrada en el otoño pasado en Pirelli HangarBicocca —la artista tiene muy en cuenta las características de cada espacio expositivo a la hora de «coreografiar» sus instalaciones, lo que hace que la experiencia del visitante sea completamente diferente— e incorpora nuevas pinturas realizadas en el Centro Botín, en palabras de Mohri, el «estudio más caro que he tenido nunca». En ellas, la artista utiliza tela de altavoz como soporte, trasladando al plano visual las dinámicas del sonido. Estas piezas funcionan como una extensión silenciosa de las instalaciones, reforzando la idea de que todo en su trabajo está interconectado.
El Centro Botín sitúa esta exposición como punto de partida de su programación de 2026, subrayando su apuesta por prácticas contemporáneas que desbordan los formatos tradicionales. En ese contexto, la figura de Yuko Mohri emerge con fuerza como una de las voces más singulares de su generación. Su elección para representar a Japón en la Bienal de Venecia de 2024 confirmó una trayectoria que ha sabido abrir nuevos caminos en la intersección entre arte, ciencia y música.
Más allá de su complejidad técnica, su obra mantiene una cualidad accesible. El uso de objetos reconocibles y situaciones cotidianas facilita la conexión con el público, sin renunciar a una reflexión profunda sobre los sistemas que organizan nuestra realidad y la influencia de las fuerzas naturales invisibles que nos rodean. La artista no impone un significado, propone un campo de relaciones donde cada visitante construye su propia lectura.
En Entrelazamientos, esa invitación se traduce en una experiencia que oscila entre lo lúdico y lo inquietante. Las piezas se activan, se transforman y, en ocasiones, parecen escapar al control de su propia autora. En ese margen de incertidumbre reside gran parte de su potencia. Mohri no busca ofrecer respuestas, sino afinar la percepción de aquello que, aun estando presente, rara vez percibimos.
Error, improvisación y retroalimentación

Yuko Mohri en el Centro Botín (Santander) preparando la exposición «Entrelazamientos». Fotografía: Belén de Benito.
Yuko Mohri se inspira en figuras como la de Marcel Duchamp, Alexander Calder o en compositores como John Cage o Erik Satie para crear esculturas cinéticas site-specific que incorporan objetos encontrados e instrumentos musicales reelaborados y conectados a circuitos electrónicos. Como explica la propia artista, «tengo una imagen de mi instalación como un espacio orgánico, retorcido y trenzado a través de las palabras clave error, improvisación y retroalimentación».
Para Bárbara Rodríguez Muñoz, directora de exposiciones y de la colección del Centro Botín, «Yuko ha desarrollado a lo largo de estas dos décadas un lenguaje absolutamente original e inconfundible. Su trabajo se basa en la experimentación constante, en el placer de hacer y en revelar la belleza de lo cotidiano. Este disfrute es clave: nos decía estos días que le daba cierta pena inaugurar la exposición porque le encanta instalar. Para ella, generar la obra en el estudio o instalarla en el museo (en Santander el proceso ha llevado dos semanas) forma parte del mismo proceso. Trabaja colaborando con elementos como el sonido, la luz, la gravedad o el movimiento, fenómenos inestables y muchas veces invisibles. Esta colaboración hace que cada obra sea siempre distinta y se adapte al espacio. Sus obras son entornos vivos, no sistemas cerrados: el movimiento de peces, la aguja de una brújula o la descomposición de frutas generan luz, sonido y movimiento. Aunque programadas, dependen del azar. Hay en su obra una capacidad de asombro que esperamos sea contagiosa».
Las obras de Yuko Mohri se han exhibido en numerosas instituciones de referencia, entre ellas el National Museum of Modern and Contemporary Art, Corea (MMCA), Seúl (2025); Artizon Museum, Tokio (2024–25); Aranya Art Center, Hebei (2024); Atelier Nord, Oslo (2021); Japan House, São Paulo (2021); Ginza Sony Park, Tokio (2020); Camden Arts Centre, Londres (2018); Towada Art Center, Aomori (2018–19); National Museum of Modern Art, Kioto (2018) y Museum of Contemporary Art, Tokio (2012). La artista representó a Japón en la 60ª Bienal de Venecia en 2024. También ha participado en numerosas exposiciones colectivas, entre ellas la Bienal de Gwangju (2023); Bienal de Sídney (2022); Asian Art Biennial, Taichung (2021); Bienal de São Paulo (2021); Glasgow International (2021); Tai Kwun Contemporary, Hong Kong (2021); Palais de Tokyo, París (2018); Asia Pacific Triennial of Contemporary Art, Brisbane (2018); Centre Pompidou-Metz (2017); Biennale de Lyon (2017); Kochi-Muziris Biennale (2016), y Yokohama Triennale, Kanagawa (2014). Además, ha recibido recientemente el prestigioso premio de escultura de la Fundación Calder.


































