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Una nueva obra maestra para el Prado

El acto, en el que también han estado presentes el delegado de las Artes, Deportes y Turismo del Ayuntamiento de Madrid, Pedro Corral, y el director del Prado, Miguel Zugaza, se ha celebrado en una de las salas de pintura del Renacimiento del edificio Villanueva. La obra ya está instalada en la sala 57B que el Museo tiene consagrada al maestro palentino.

La Virgen de la leche (h. 1500) es una de las obras de mayor calidad de Pedro Berruguete, procedente del Museo de San Isidro de Madrid, en el que se exponía desde 2008. Gracias a este acuerdo, el Prado exhibirá durante al menos cinco años esta obra maestra en el contexto de su colección del pintor palentino, compuesto por una veintena de obras.

En respuesta al depósito del Ayuntamiento de Madrid, el Museo ha ampliado el conjunto de cuarenta pinturas que se mantienen en depósito en el consistorio (Museo de Historia) con siete obras de su colección que tienen en común, por los temas representados, su relación directa con la ciudad de Madrid: Mariana de Austria, obra anónima; Felipe V, rey de España, de Hyacinthe Rigaud; el Príncipe Baltasar Carlos, del taller de Velázquez; Bárbara de Braganza, de un pintor anónimo; Carlos V y Felipe II, de Antonio Arias Fernández; Bebedores sentados a una mesa en el Café de Levante, en Madrid y Caballeros conversando en el Café de Levante, en Madrid, ambas de Leonardo Alenza Nieto; además de La Virgen de Atocha de Juan Carreño de Miranda –importante obra de la pintura madrileña del siglo XVII desde el punto de vista iconográfico y artístico, pues Carreño fue el pintor con mayor prestigio en representar las Vírgenes de Atocha y Almudena–, que ocupará el lugar de la Virgen de la leche en el Museo de San Isidro.

Curiosa historia

Virgen de la leche. Pedro Berruguete (Paredes de Nava, h. 1445/1450-1503). Oleo sobre tabla, 61 x 44 cm. H.1500. Depósito del Ayuntamiento de Madrid. [1]En 1951, el historiador Manuel Gómez Moreno atribuyó esta tabla de la Virgen con el Niño a Pedro Berruguete –a quien indiscutiblemente pertenece–, después de que fuera hallada entre maderas viejas e imágenes en unos almacenes del Ayuntamiento de Madrid sin que se supiera cómo había llegado allí ni cuál era su origen.

Es posible que proviniera del Hospital de la Concepción, fundado por Francisco Ramírez y del que se hizo cargo su esposa Beatriz Galindo, tras su muerte en 1501. El hospital era también popularmente conocido como ‘Hospital de la Latina’, en referencia a Beatriz Galindo, apodada ‘la Latina’, preceptora de latín de la reina Isabel la Católica y persona muy cercana a ella.

El Ayuntamiento se hizo cargo de las pertenencias del Hospital y aunque no existe referencia que confirme la de la pintura de Berruguete a dicho centro, todo parece apuntar a que la comitente de esta obra maestra fue ‘la Latina’, que pudo mandar hacerla directamente para dicho hospital o, teniendo en cuenta su pequeño formato, destinarla en origen a su devoción privada y donarla al hospital años después.

Muy posteriormente, la tabla de Berruguete apareció en el Ayuntamiento, llegando a colgarse en el despacho del alcalde. Siendo alcalde Tierno Galván, se decidió depositarla en el Museo Municipal de la calle Fuencarral –el actual Museo de Historia de Madrid–, donde se exhibió hasta su cierre por obras en 2008. La obra se ha podido contemplar desde entonces en el Museo de San Isidro. Los orígenes de Madrid, hasta su traslado al Museo del Prado.

Composición

La composición presenta a María en el interior de un templete, coronada como reina de los cielos y entronizada, ofreciendo el pecho a su hijo. Partiendo del modelo rogeriano y de la influencia eyckiana en el manejo de la luz, Pedro Berruguete hace gala de su dominio de la composición y de su originalidad. El artista crea en este templete una estructura compuesta por elementos arquitectónicos góticos, mudéjares y renacientes, con la que traduce de forma magistral la indefinición estilística del arte castellano en torno a 1500, en el que no existe un modelo único, sino que los tres coexisten y se utilizan en función de los gustos e intereses del comitente o del uso que se otorgue a un determinado edificio.

Los elementos arquitectónicos que rodean a la Virgen revelan su condición de castellano, a la par que su conocimiento del arte italiano del Quattrocento. El efecto general que se consigue es de un verismo extraordinario, consecuencia de la delicada conjunción de los valores pictóricos y de la elaborada estructura arquitectónica.

Sin embargo, el esquema de la perspectiva geométrica subyacente tiene sus imperfecciones. Berruguete, como casi todos los maestros del norte hasta Durero, aplica de forma empírica los conceptos básicos de la perspectiva, pero desconoce las leyes de la geometría científica. El dominio de la perspectiva aérea y el empleo de la perspectiva empírica evidencian que su formación fue más flamenca que italiana.

La alcaldesa de Madrid, Ana Botella, y el presidente del Real Patronato del Museo Nacional del Prado, José Pedro Pérez-Llorca, junto a la Virgen de la leche, de Pedro Berruguete. [2]

La alcaldesa de Madrid, Ana Botella, y el presidente del Real Patronato del Museo Nacional del Prado, José Pedro Pérez-Llorca, junto a la Virgen de la leche, de Pedro Berruguete.

Una verdadera joya

Gracias al depósito de la Virgen de la leche, el Prado podrá exhibir junto a otras obras relevantes del pintor de Paredes de Nava una de sus obras maestras absolutas, una verdadera joya, en la que Berruguete hizo gala de su buen hacer. Dado su pequeño formato y su carácter de obra de devoción y la condición de su supuesta comitente –Beatriz Galindo–, tan vinculada a la reina, no debe sorprender lo cuidado de su técnica y su elaborada composición.

El Prado reúne entre sus fondos diecinueve obras de Pedro Berruguete. Las de mayor calidad e interés para la historia de la pintura llegaron al Prado procedentes del convento dominico de Santo Tomás de Ávila, sede de la Inquisición, cuyas obras dirigía el inquisidor Torquemada y costeaba la reina Isabel la Católica.

Nueve tablas pertenecientes a los retablos de San Pedro Mártir y de Santo Domingo, que Berruguete llevó a cabo para la iglesia del convento de los dominicos de Ávila, ingresaron en la institución con los fondos del Museo de la Trinidad, donde se recogieron obras procedentes de la desamortización.

Otro tanto sucedió con las sargas de San Pedro y San Pablo y las otras dos en que se representa la Adoración de los Magos, que evidencian su deuda con el arte italiano del Quattrocento. La más famosa de todas las pinturas procedentes de los dominicos de Ávila –el Auto de fe,  fiel estampa de la vida castellana en tiempos de Isabel la Católica–, se adquirió por Real Orden el 10 de abril de 1867 con destino al Museo de la Trinidad, desde donde asimismo pasó al Prado.

De menor calidad son otras dos tablas de Berruguete que ingresaron después en el Prado, Santo Domingo y los albigenses –que repite el mismo tema del retablo procedente de Santo Tomás de Ávila–, entró con el legado Vaamonde en 1898. En 1966 ingresó en el Prado La Resurrección de Cristo, que formó parte de la colección Suma y fue adquirida por la Junta de Exportación.

Gracias al legado Várez Fisa, el Prado ha podido enriquecer su colección de obras de Pedro Berruguete este mismo año 2013 con dos tablas en las que se representan los cuatro padres de la iglesia occidental –San Gregorio y San Jerónimo en una y San Ambrosio y San Agustín en la otra–, que formaron parte de la predela de un retablo –por el momento desconocido–, en los que se aprecia el dominio que el pintor tuvo en la representación de esas figuras, que se imponen casi con valor de retratos, como se constata en la predela del retablo de Santa Eulalia de Paredes de Nava, una de sus obras maestras.

 

Pedro Berruguete

(Paredes de Nava, c. 1445/1450-1503)

Su condición de hidalgo, su relación familiar –y, por qué no, personal– con los Manriques, condes de Paredes y con los Mendoza –la propia condesa de Paredes era miembro de esa poderosa familia castellana–, justifica la trayectoria profesional de Pedro Berruguete, tan distinta a la de los otros pintores castellanos coetáneos. Mientras ellos en su mayor parte miraban hacia el norte, Berruguete encaminó sus pasos hacia Italia, probablemente hacia 1472 o 1473.

El estilo de las obras que llevó a cabo en Urbino, particularmente el doble retrato de Federico de Montefeltro y de su hijo Guidobaldo, y la conclusión de los retratos de hombres famosos del studiolo del palacio de Urbino, iniciada por Justo de Gante, permiten identificar a Pedro Berruguete con el Perus Spagnolus, documentado en esta ciudad el 14 de abril de 1477.

Durante el tiempo que permaneció en Urbino, uno de los centros más destacados de la Italia del Quattrocento, Berruguete, más que aprender a representar el espacio mediante el uso de la perspectiva lineal ortodoxa –algo que le era totalmente ajeno–, se ejercitó en el estudio de la anatomía humana en movimiento, –no estática como en los primeros momentos del Quattrocento– y también pudo acceder a los modelos clásicos.

Tras su retorno de Italia –al menos en 1483–, convertido en el primer pintor renacentista de la corona de Castilla, no olvidó lo aprendido en Italia, como tampoco el conocimiento del arte flamenco en el que se formó.

Las obras que realizó entre 1483 y 1503 evidencian su deuda con el arte italiano, pese a que no tienen la misma calidad y cuidado técnico que las que hizo en Italia, ya que, salvo excepciones, el tipo de pinturas que le encargaban los comitentes eran muy diferente en Italia y en Castilla, por lo que no tuvo otra opción que adaptar su estilo a sus exigencias.

Pero, aun así, en todas sus pinturas se manifiesta de algún modo la influencia del arte italiano sin que por ello renuncie a su formación flamenca ni a su condición de castellano. Pese a que es la incorporación de arquitecturas y elementos decorativos renacentistas lo que permite identificar en mayor medida la influencia de Italia, los gustos de los comitentes y el deseo del pintor de reproducir la realidad castellana coetánea (como flamencos e italianos reflejaban las suyas) justifican que se dé acogida en ellas al gótico y al mudéjar, como en la Virgen de la leche del Ayuntamiento.