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El Reina Sofía repiensa medio siglo de arte en democracia

La cuarta planta del edificio Sabatini acoge desde ahora COLECCIÓN. ARTE CONTEMPORÁNEO: 1975-PRESENTE [1], un despliegue de 403 obras de 224 artistas que ocupa más de 3.000 metros cuadrados y que inaugura la renovación integral de sus colecciones permanentes. El proyecto continuará hasta 2028, pero el punto de partida es inequívoco: 1975 como frontera política, simbólica y emocional.

El ministro de Cultura, Ernest Urtasun, definió la apertura como un acontecimiento cultural de primera magnitud y subrayó que comenzar con Genovés no es una cuestión baladí. A su juicio, ese año 1975 concentra «las esperanzas de España y cómo se despliegan y comienzan a ampliarse los derechos». La colección, añadió, «ofrece una mirada absolutamente única sobre la realidad de un país, su historia y sus circunstancias».

Relato abierto

El director del Museo, Manuel Segade, y su equipo han construido de novo un recorrido lineal, pero no siempre cronológico. La propuesta se articula en una introducción dedicada a la Transición y tres grandes itinerarios que atraviesan cinco décadas con saltos, resonancias y anacronismos. La pregunta que guía el proyecto es directa: «¿Cómo se llega al pasado desde el presente?»

Segade insiste en que no se trata de usar la historia como espejo complaciente, sino de permitir que las inquietudes actuales encuentren allí múltiples respuestas. En tiempos inciertos, sostiene, el museo debe reconocer «aquellos futuros deseables que ya estaban o están aquí».

 

El primer bloque explora las estructuras afectivas de la Transición: el desencanto, la violencia latente, la irrupción de subjetividades silenciadas. Junto a Genovés, la portada de Hermano Lobo firmada por Chumy Chúmez, los grabados de Picasso dañados en un atentado ultraderechista o la tela quemada de Miró evocan la fragilidad del momento. No se celebra la democracia como destino cerrado; se recuerda su conquista y su vulnerabilidad.

Afectos, cuerpos, epidemias

El primer itinerario, Una historia de los afectos, sitúa el cuerpo en el centro. Feminismos, prácticas queer, contraculturas urbanas y comunidades golpeadas por la heroína y el sida articulan un recorrido donde lo íntimo se vuelve político.

Obras de Judy Chicago, Esther Ferrer o Barbara Hammer dialogan con las imágenes de David Wojnarowicz o las instalaciones de Pepe Espaliú. El duelo atraviesa las salas: el del VIH, el del 11-S y el 11-M, el de la representación misma. Juan Muñoz convierte el espacio en una tierra baldía de signos mudos; Beatriz González inunda un muro con cuerpos cargados como memoria persistente de la violencia. El visitante no asiste a una lección académica, sino a una experiencia emocional y política.

Escultura, ficción y nuevos materialismos

El segundo itinerario rompe la frontera entre objeto y espectador. Desde el estructuralismo escultórico de los setenta hasta las generaciones más recientes, la escultura deja de ser pieza aislada para convertirse en campo gravitacional, en arquitectura transitable, en cuerpo expandido.

Juan Navarro Baldeweg, Susana Solano o Cristina Iglesias dialogan con Teresa Solar o June Crespo. La ficción ya no es evasión: es herramienta para pensar cómo habitamos el mundo y cómo nos relacionamos con los objetos. Las obras conviven físicamente con el público, eliminan distancias, reclaman presencia.

El museo se mira a sí mismo

El tercer itinerario incorpora por primera vez la genealogía del propio sistema artístico español. Galeristas, comisarias y exposiciones clave aparecen como parte del relato. El Reina Sofía se reconoce actor de esa historia y asume que la institución no es neutral.

Amanda de la Garza, subdirectora artística del Museo, destaca que el proyecto ha implicado a todos los departamentos. También introduce cambios estructurales: textos más didácticos, cartelas en papel en lugar de vinilo, iluminación LED, un diseño museográfico que abandona la neutralidad y coloca al visitante en el centro. De hecho, el recorrido cuenta con sillas portátiles, distribuidas por toda la planta, para facilitar una visita descansada.

El 64% de las obras (258) no se habían mostrado antes en las colecciones permanentes. El 77% de los artistas son españoles, pero la conexión con América Latina es decisiva. Más de la mitad de las adquisiciones recientes exhibidas corresponden a mujeres. No es un gesto simbólico; es una corrección histórica.

Un palacio del pueblo

Urtasun definió el Reina Sofía como uno de esos «auténticos palacios del pueblo» donde la ciudadanía se encuentra para debatir y pensarse como comunidad. La frase resuena al recorrer las salas. Aquí el arte contemporáneo no aparece como lujo para minorías, sino como herramienta crítica.

La nueva cuarta planta no clausura el pasado ni lo embalsama. Lo reactiva. Lo interroga. Desde la figura vendada de Genovés hasta las esculturas que ocupan el centro del espacio, el mensaje es claro: la democracia y sus valores no son una herencia garantizada, sino una construcción permanente. Cincuenta años después de 1975, el Reina Sofía decide empezar otra vez desde allí.

Reorganización completa

El proceso de transformación comenzado con COLECCIÓN. ARTE CONTEMPORÁNEO: 1975-PRESENTE continuará en 2027 con una segunda presentación de las colecciones en la planta tercera, que abarcará el período entre los años cincuenta y setenta, y culminará en 2028 con la presentación de una segunda planta dedicada a las vanguardias. Dentro de tres años concluirá la reorganización completa de los espacios, centralizando la exposición de las colecciones íntegramente en las tres plantas superiores de Sabatini, y situando las exposiciones temporales en sus plantas inferiores y el Edificio Nouvel.