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Los muchos tiempos de Caballero Bonald

Muchos tiempos para quien recibiera en 2004 el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, el de las Letras un año más tarde, el de la Crítica en tres ocasiones, el Nacional de Poesía y en 2012 el Cervantes. También su tiempo como profesor de Literatura, lexicógrafo, editor, productor musical y flamencólogo. Y el tiempo agudo y sin subterfugios de una mirada implacable que fueran cuales fueran las consecuencias ni se acomodó ni bajó los ojos ante nada ni nadie.  

El que cerraba su vida fue comunicado muy de mañana por Josefa Ramis, su mujer desde hace más seis décadas, con un escueto “se acabó”. No va más ese su tiempo. Se lo llevaron los años y un cáncer de piel que lo alejó del bullicio del mundo antes de que la pandemia de marras silenciase las calles.

De padre cubano y madre descendiente directa de la familia del filósofo tradicionalista francés vizconde de Bonald, José Manuel estudió Náutica y Astronomía en Cádiz y Filosofía y Letras en Sevilla y Madrid. Posteriormente enseñó literatura española en la Universidad Nacional de Colombia y en el Bryn Mawr College de Pensilvania. También durante años fue lexicógrafo de la Real Academia Española.

Y desde muy joven un compromiso político a través del que mantuvo vínculos con el Partido Comunista, al que nunca llegó a pertenecer, y que antes de la muerte de Franco le llevó a integrarse en la Junta Democrática de Dionisio Ridruejo. Su postura claramente antifranquista provocó en 1966 su encarcelamiento durante algo más de un mes en el presidio de Carabanchel.

Tras publicar Poesía (1945-1948), Las adivinaciones, accésit del Premio Adonais, supuso en 1951 su aldabonazo literario y como poeta. De entonces a hoy una docena larga de poemarios reunidos bajo el título Somos el tiempo que nos queda. Entre ellos, Pliegos de cordel; Las horas muertas; Descrédito del héroe; Laberinto de fortuna; Diario de Argónida, o los más recientes Manual de infractores; La noche no tiene paredes, en el que reivindica el derecho a la incertidumbre porque, siguiendo sus propias palabras, “el que no tiene dudas, el que está seguro de todo, es lo más parecido que hay a un imbécil”; ​Entreguerras y Desaprendizajes con el que, entre indignado por un mundo que le irritaba y obsesionado por la precisión y el lugar exacto de cada palabra, cerró su ciclo lírico en 2015.

Como novelista publicó en 1961 Dos días de septiembre, con el que se lleva el Biblioteca Breve, al que seguirán Ágata ojo de gato, Toda la noche oyeron pasar pájaros, Campo de Agramante y En la casa del padre.  

Su labor como ensayista también es inseparable del conjunto de su obra a través de textos como Narrativa cubana en la Revolución, Luis de Góngora, Luces y sombras del flamenco, Oficio de lector o Sevilla en tiempos de Cervantes. Y en 2017 el esclarecedor Examen de ingenios a través del que traza un centenar de retratos literarios de escritores y artistas a los que personalmente conoció y de los que habla sin medias tintas. Entre ellos, Baroja, Max Aub, Neruda, Miró, Gil de Biedma, Miguel Delibes, Valente, Onetti, Ana María Matute, Oteiza, Aleixandre, Gamoneda, Vargas Llosa, Paco de Lucía o Borges, del que escribe: “Encadenaba juegos de ingenio, retruécanos, maledicencias, con una delectación desazonante. Imposible ensartar el hilo de una conversación. El maestro era implacable en la elección intimidatoria de un discurso que los demás debían secundar en calidad de oyentes maleables. Los osados, los locuaces, los habituados a la reciprocidad discursiva no eran bien recibidos”.  

Y en 1995 la primera entrega de su ciclo autobiográfico con Tiempo de guerras perdidas, que tendrá continuación en 2001 con La costumbre de vivir. Dos libros esenciales en su producción a través de los que regresa a las fuentes del recuerdo para repensar y recrear la vida convirtiéndose en el protagonista de textos de enorme hondura y belleza que él propio autor calificaba de novelas de la memoria, título que daría en 2010 al volumen que las aglutina.

Su tiempo de vivir se ha consumido. Nos queda el consuelo de su palabra escrita, aquella a través de la que declaró: “Si la patria es lo que se ve desde la ventana de la casa donde uno vive a gusto, yo tengo varias patrias; unas más duraderas que otras: el Coto de Doñana, Jerez, Mallorca, Madrid, Bogotá… “. Y ahora la nueva patria que le acoge, esa en la que no mueren los destinados a formar parte de la historia de la literatura.