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Maya Plisétskaya posada en la tierra

Fue la suya una vida de contrastes. En los primeros años su historia se escribió con trazos gruesos. En 1938, cuando eapenas había cumplido los 13 años, su padre fue ejecutado por orden de Stalin y su madre internada en Siberia en una campo de concentración. Para entonces había debutado ya en el baile en un humildísimo teatro del archipiélago ártico de Svalbard, remoto lugar en donde su padre ejercía al tiempo como cónsul de la URSS e ingeniero en una mina de carbón.

Talento natural

Tras la tragedia de sus progenitores, Plisétksaya fue recogida por unos familiares en Ekaterimburgo. En ese difícil ambiente y en su tía Sulámif Messerer, bailarina de profesión, encontraría apoyo decisivo para desarrollarse en la danza e ingresar en 1943, a los 18 años, en el mítico Bolshói, en cuyo escenario ese mismo año debutó con una interpretación de El cascanueces que dejó deslumbrados a expertos y profanos.

«No hacía falta saber de ballet para comprender que lo que hacía trascendía el hecho físico del baile», dijo Maris Llepa, el bailarín con el que se casó en 1956 y del que se separaría muy poco tiempo después para volver a contraer matrimonio dos años más tarde con el compositor y pianista Rodion Schedrín, al que se mantuvo unida hasta el final de sus días.

Schedrín ha jugado un papel clave en la vida de una bailarina que, pese a su fama universal, fue durante décadas «castigada» por las autoridades soviéticas. Hasta 1959 no se le autorizó a salir de gira fuera de la URSS con el resto del Bolshoi. Después de esa fecha, y para forzar su retorno, solo se le permitía viajar con la condición de que su marido permaneciese confinado en Moscú hasta su regreso.

España

Primera bailarina desde 1960, en 1983 recaló en España por primera vez, un país al que se mantuvo íntimamente unida. Aquí vivió durante años. Aquí aceptó, en 1987 en Madrid con 61 años y siéndolo todo en la danza mundial, la dirección del Ballet Lírico Nacional de España que desempeñó hasta 1990, hasta que decidió volver a Moscú pues «no puedo vivir más tiempo alejada de Schedrín, aunque aquí me siento en mi país».

Se fue llorando de un lugar en el que había fraguado uno de sus personajes emblemáticos: la cigarrera de Carmen. Aquí, donde recibió la Orden de Isabel la Católica y la Medalla de Bellas Artes en 1991 y el Premio Príncipe de Asturias de las Artes en 2005. Aquí, donde había adquirido la doble nacionalidad en 1993 y bailó por última vez en público con casi 80 años sobre sus piernas.

Vano esfuerzo capturar con palabras esa gracilidad, la inexplicable liviandad de su organismo. Intento vano, salvo acaso dejar sus huellas, ahora que sus pies se han posado en la tierra para siempre, en forma de puntos suspensivos. Las puntas de sus mágicas zapatillas, como un roce que vuela en el recuerdo de lo sublime.

Por encima de las leyes de la física… Plisétskaya…