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Pepe Habichuela, la raíz que ensanchó el flamenco

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Había nacido en Granada en 1944, dentro de una estirpe gitana ligada al flamenco durante generaciones. Nieto de Habichuela el Viejo, hijo del guitarrista José Carmona y hermano de Juan, Luis y Carlos Habichuela, aprendió el oficio en un entorno donde la música formaba parte de la vida cotidiana.

Su primera escuela fueron las zambras de las cuevas del Sacromonte. Allí forjó el rasgueo vigoroso que se convertiría en una de las señas de su toque. La guitarra debía abrirse paso entre el cante, las palmas y el baile, pero aquella potencia nunca estuvo reñida con la delicadeza. Bajo su intensidad había escucha, sentido del compás y una singular capacidad para sostener al cantaor sin invadirlo.

En 1964 siguió los pasos de su hermano Juan y se instaló en Madrid. Los tablaos de la capital le permitieron medirse con algunas de las principales voces de su tiempo y consolidarse como uno de los acompañantes más solicitados. Tocó y grabó con Juanito Valderrama, Fosforito, Fernanda y Bernarda de Utrera, Pansequito, Carmen Linares y Camarón de la Isla, entre otros muchos. Antes de emprender plenamente su camino como solista, su guitarra ya aparecía en más de medio centenar de discos ajenos.

El encuentro decisivo de su carrera tuvo como protagonista a otro granadino, Enrique Morente. Ambos compartían el respeto por los estilos antiguos y la certeza de que el flamenco no podía limitarse a custodiar lo heredado. Tras un prolongado trabajo conjunto, en 1977 publicaron Homenaje a don Antonio Chacón y Despegando, dos álbumes fundamentales para comprender la transformación del género durante la segunda mitad del siglo XX.

Aquellas grabaciones demostraron que la audacia no tenía por qué significar ruptura. Morente y Habichuela exploraron armonías, matices y formas expresivas nuevas desde un conocimiento riguroso del cante. La guitarra no se conformaba con acompañar: dialogaba, sugería y ampliaba el espacio musical. Su asociación convirtió a ambos artistas en protagonistas de una renovación cuyos efectos todavía se perciben.

Pepe Habichuela tardó en situarse en primer plano como solista. Lo hizo en 1983 con A Mandeli, el disco que inauguró la serie Los jóvenes flamencos del recién creado sello Nuevos Medios. La elección encerraba una afortunada paradoja. Aunque procedía de una larga tradición familiar y acumulaba dos décadas de oficio, su curiosidad lo vinculaba con las generaciones llamadas a cambiar el panorama. Sin buscar ese papel, terminó convertido en uno de los patriarcas del flamenco moderno.

A Mandeli reunió buena parte de las innovaciones técnicas y armónicas que había incorporado a su lenguaje. Después llegarían Habichuela en rama, producido por su hijo Josemi Carmona, y Yerbagüena, surgido del encuentro con la formación india Bollywood Strings. En esos trabajos confirmó que la identidad flamenca podía dialogar con otros universos sonoros sin diluirse.

Su voluntad de exploración lo acercó también al jazz. Colaboró con el trompetista Don Cherry, quien comparó el sonido de su guitarra con el llanto de un árbol; compartió escenario con el batería Max Roach en la Bienal de Sevilla y grabó Hands junto al contrabajista británico Dave Holland. Fueron encuentros muy distintos, unidos por una misma convicción: para conversar con otras músicas no era necesario abandonar la propia voz.

Ese equilibrio definió toda su trayectoria. Habichuela podía trasladar una soleá o una granaína a territorios armónicos poco habituales, pero exigía que conservaran su carácter. La innovación, en sus manos, no consistía en añadir adornos externos, sino en descubrir posibilidades dentro del propio lenguaje flamenco. Su modernidad nacía de la raíz.

También tendió puentes hacia la canción de autor y compartió proyectos o escenarios con Raimon, Lluís Llach, Maria del Mar Bonet, Luis Eduardo Aute y Paco Ibáñez. A la vez, prestó atención a intérpretes de generaciones posteriores, entre ellos Marina Heredia, Estrella Morente y Rocío Márquez. Su influencia no se limitó a una forma de tocar: se extendió a una manera abierta y generosa de entender la transmisión del oficio.

Los reconocimientos acompañaron sus últimos años. Recibió, entre otras distinciones, el Premio Maestro del Flamenco del Mediterranean Music Institute del Berklee College of Music, el Premio de Cultura Gitana en la categoría de Música, la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes y la Gran Cruz de la Orden Civil de Alfonso X el Sabio. Granada lo nombró además embajador de su flamenco. En 2024 y 2025, cuando la enfermedad comenzaba a alejarlo de los escenarios, distintos festivales y homenajes volvieron a expresar el respeto conquistado durante más de seis décadas de carrera.

Su historia quedó recogida en Pepe Habichuela. Now or Never, la extensa biografía de José Manuel Gamboa elaborada con la participación del guitarrista, su esposa, Amparo Bengala, y su hijo Josemi Carmona. El libro reconstruye un recorrido que une las cuevas del Sacromonte con los grandes escenarios internacionales y permite comprender hasta qué punto familia, memoria y creación fueron inseparables en su vida.

Pepe Habichuela no necesitó escoger entre conservar y transformar. Hizo ambas cosas a la vez. Recibió una herencia centenaria, la enriqueció con una sensibilidad propia y la entregó a quienes venían detrás convertida en un territorio más amplio. Su guitarra calla, pero su toque permanece en grabaciones decisivas, en la saga que ayudó a prolongar y en cuantos aprendieron de él que la tradición solo conserva su fuerza cuando sigue avanzando.