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Adrenalina

Para ilustrar todo esto llega en mi auxilio el otoño, lleno de manjares editoriales que escapan a la disyuntiva. Como Ben Lerner, por ejemplo, con El Instituto Topeka [1] (Literatura Random House). Las dos novelas anteriores de Lerner, Saliendo de la estación de Atocha [2] y 10:04 [3], eran tan portentosas como adictivas. Y lo señalaron como ese autor estadounidense de su generación del que hay que leerlo todo.

Pero no acaba ahí el otoño. También trae en su faltriquera, pásmense, ensayos que se prometen divertidos. Nunca estuvo, al menos, tan a tiro el milagro. Tenemos a Alberto Olmos haciendo apología del terrorismo estético con su Vidas baratas: elogio de lo cutre [4] (Harper Collins Ibérica). Su ingenio desabrido acaricia los circuitos de dopamina igual que un atracón intempestivo de, yo qué sé, Cheetos Pandilla. Están también los dardos inclementes de Esperanza Ruiz con ese Whiskas, Satisfyer y Lexatín [5] (Monóculo), que tiene a las imprentas haciendo turnos extras. Y Cuartango nos trae su ramillete de vidas de espías, si no ejemplares, seguro que fascinantes (Anatomía de la traición [6], Círculo de Tiza).

Pero no ocultaré que yo esperaba, sobre todas las cosas, el retorno de Franzen con Encrucijadas [7] (Salamandra). Un retorno que amenazó con no producirse aquel día en que el autor se levantó tristón, y comentó que puf, ique igual mejor dejarlo, que igual las novelas tampoco daban del todo para vivir. Es curioso, porque muchos creíamos que, si había un tipo de novelista de quien tal afirmación era harto inverosímil, era precisamente él, paradigma de novelista norteamericano de éxito. El nuevo título confirma la intuición, imagino.

Sé que provoca, Franzen, cierto rechazo, aunque me intrigan las razones. No ayuda, supongo, que su narrativa tenga por objeto a esa élite anglo un tanto repelente, con su equipaje de fijaciones pseudoéticas (las del propio Franzen, en gran medida). Lo orgánico-gourmet, la arquitectura autóctona de San Francisco, causas perentorias todas ellas. Sin embargo, cualesquiera defectos alegables quedan redimidos por una virtud definitiva: su compromiso con eso que Thomas Mallon, crítico del New York Times, llama el deber de entretener. Que es tanto como decir su compromiso con la novela clásica.

Como explica Mallon, Franzen no oculta sus ideas. Pero nos exonera de verle construir con ellas sermones soporíferos. Se esfuerza, por el contrario, en alumbrar personajes plausibles que se relacionan con dichas ideas de un modo igualmente plausible. Un empeño que le emparenta con la tradición realista americana, y que tiene la ventaja –aunque esto ya es reflexión mía– de asegurar un mínimo de honestidad intelectual: porque hay ciertos disparates que, mostrados en la práctica, sencillamente no pasan el filtro de verosimilitud. Con bastante mala uva, Mallon contrapone ese compromiso de Franzen con la actitud del pulitzer Richard Powers, “menos interesado en ser un novelista que un santo”.

El entretenimiento en Franzen, claro, procede de una imitación eficaz de la vida y de una cierta riqueza expresiva. Solo en una medida mucho menor de la acción trepidante y el giro argumental inesperado. Es, en este sentido, algo distinto al entretenimiento que puede ofrecernos, por ejemplo, el equipo de guionistas conocido como Carmen Mola (ya hemos llegado, niños) [8].

Carmen Mola es un poco como los camellos (los de tu bloque, no los del desierto). Como un camello que traficase con una sustancia altamente adictiva: la adrenalina. Ya sabemos que del camello cabe esperar ciertas cosas. Adrenalina de calidad, sin cortar mucho, bien pesada. Cierta observancia del código del hampa. Tramas bien trabajadas, documentación rigurosa. Pero, también lo sabemos, hay que pasarle por alto otras cuestiones: un estilo algo escolar, un determinado desaliño. Unos personajes un poco a la remanguillé. Que sea un poco patán. Que no se curre el packaging. Que intente, a veces, acoplarse a la fiesta. Tosquedades, en fin, que a Franzen jamás le pasaríamos.

Y luego está lo de ser tres señores, cuando todo lo que se esperaba de ella es que fuera una fémina. Ni siquiera hacía falta ser una señora concreta, valía una al azar. Aquello estuvo bastante feo. Para mi gusto, eso sí, se ha puesto excesivo acento en el asunto del género, que no deja de ser trivial y cuenta con amplios antecedentes, aunque sea en sentido contrario (aquí dejo un espacio, por si queremos fatigar las referencias otro poquito: Fernán Caballero, los Georges –Eliot y Sand–. Etcétera).

Y tanta atención al género nos ha hecho pasar por alto esa otra carambola del número. Saltar de lo uno a lo múltiple no es algo que pueda hacerse tan alegremente; tiene implicaciones metafísicas. Teológicas, incluso, porque no ha sido a lo múltiple sin más, sino a lo trino, qué casualidad. Y tiene implicaciones, sobre todo, literarias. Algunos podrían acordarse de eso que se dice de los camellos (los del desierto, esta vez): que son caballos, solo que diseñados por una comisión de expertos.

Por supuesto, hace años que nada de esto da para escándalo. Desde las memorables pataletas de Marsé, nadie tiene la ingenuidad de esperar del Premio Planeta caballos, no digamos ya unicornios. 2019, el año de Cercas y Vilas –autores que conjugaban prestigio y ventas– queda como excepción, en una apuesta cada vez más consolidada por lo comercial.

No seré yo quien lo critique: el Planeta es una gigantesca campaña de promoción, y la empresa tiene derecho a escoger las estrategias que le ayuden a sanear sus cuentas. Son unas cuentas saneadas lo que permiten a los grupos seguir publicando a autores de calidad segura y éxito incierto.

No puedo, pese a todo, evitar fantasear con una realidad alternativa: una en que el premio de novela más dotado del mundo no recayese sobre autores bien capaces de vender por sí mismos, sino sobre otros con menor vocación comercial –no necesariamente “poco entretenidos”–. Sería un experimento interesante dedicar la atención, los focos y los recursos a reconocer públicamente valores distintos de la simple y pura adrenalina; a dar a conocer a autores cuyo prestigio discurre por canales cerrados, especializados, siempre aislados del gran público. A hacer famosos a los escritores, en vez de hacer escritores a los famosos. Tengo la irracional creencia de que nos llevaríamos sorpresas. 

Antonio José Díaz Rodríguez gana el Premio Nacional de Historia de España

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El jurado ha elegido esta obra por ser una «investigación cuidada y rigurosa con un aire poético que arroja luz y nos acerca a una realidad poco estudiada y, en ocasiones, ocultada. Amplía el campo de la ciencia y contextualiza las dinámicas sociales y políticas abordadas, aportando a la historia económica y de las finanzas unos episodios que suscitan el interés de los lectores yendo más allá de lo puramente económico».

Estudio pionero, El mercado curial ofrece un análisis global de este particular espacio de negocios e intermediación con la curia romana durante la Edad Moderna. No se negoció en él con lana o especias, sino con la gracia papal y el aparato y las necesidades creados en torno a ella: expedición de dispensas apostólicas de todo tipo, tratos en torno a los beneficios eclesiásticos (sucesiones entre parientes, ventas encubiertas, acumulación, pensiones, fundación de capellanías…), sociedades de inversión de capital para la compra de cargos venales, etc. Con base en una riquísima información recabada en archivos y bibliotecas europeas, Díaz Rodríguez recrea un mundo de eclesiásticos, intermediarios, banqueros, especuladores, pícaros, testaferros, literatos y extorsionadores, abordando de forma original un fenómeno fascinante y poco conocido que tuvo en las monarquías ibéricas una gran trascendencia social, económica y cultural.

Antonio José Díaz Rodríguez es doctor en Historia por la Universidad de Córdoba, donde es profesor en el Departamento de Historia Moderna, Contemporánea y de América. Entre de 2013 y 2017 desarrolló su labor como investigador en Universidad de Évora, donde coordinó el Grupo de Investigación ‘Sociedades, Poderes e Identidades’ y al que sigue vinculado como miembro de su Consejo Científico. Desde marzo de 2017 es investigador contratado del Programa Juan de la Cierva-Incorporación en la Universidad de Córdoba. Simultáneamente dirige el Seminario Permanente de Divulgación Histórica “El Archivo del Tiempo” y es subdirector del Laboratorio de Estudios Judeoconversos.

Dotación y jurado

El premio, concedido por el Ministerio de Cultura y Deporte, está dotado con 20.000 euros. El jurado, presidido por María José Gálvez, directora general del Libro y Fomento de la Lectura y actuando como vicepresidenta Begoña Cerro, subdirectora de Promoción del Libro, la Lectura y las Letras Españolas, ha estado formado por Octavio Ruiz-Manjón, designado por la Real Academia de la Historia; José Manuel Gutiérrez Sánchez, por la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando; José Luis García Delgado, por la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas; María Consuelo Juanto, por la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación; Diego Ramírez Sarrió, por la Real Academia de Ciencias Económicas y Financieras; José Luis Gómez Urdáñez, por la Conferencia de Rectores de las Universidades Españolas (CRUE); María de los Ángeles Iglesias, por la Federación de Asociaciones de Periodistas de España (FAPE); Marta Irurozqui, por el Instituto de Historia del CSIC; María Cruz Romeo, por la Asociación de Historia Contemporánea (AHC) de la Universidad Autónoma de Madrid; Ángel Duarte, por el Centro de Estudios Políticos y Constitucionales (CEPC); Almudena Hernando, por el Instituto de Investigaciones Feministas de la Universidad Complutense de Madrid; Eusebio Fernández García, por el Ministerio de Cultura y Deporte, y Fernando del Rey, autor galardonado en la convocatoria de 2020.

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Publicado por Carlos en En Internet | Sin comentarios

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Avanzando hacia el ‘Año Picasso’

Publicado por Carlos en En Artes Visuales,Exposiciones,In Memoriam,Política | Sin comentarios

En el encuentro, presidido por el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, han participado, entre otros, el ministro de Cultura y Deporte, Miquel Iceta; el ministro de Asuntos Exteriores, Unión Europea y Cooperación Internacional, José Manuel Albares; el presidente de la Junta de Andalucía, Juan Manuel Moreno; el ministro de Presidencia, Relaciones con las Cortes y Memoria Democrática, Félix Bolaños; el comisionado para el Año Picasso, José Guirao, y Bernard Ruiz-Picasso, nieto del pintor.

La Comisión Nacional ha planificado la celebración de exposiciones temporales en el Museo Nacional del Prado, Museo Reina Sofía, Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, Museo Picasso de Málaga, Museo Guggenheim Bilbao o Museo Picasso de Barcelona. Además, los gobiernos de España y Francia han acordado trabajar de manera conjunta para la conmemoración y se están desarrollando proyectos audiovisuales con la participación de RTVE, France Télévisions y la BBC.

En 2023 coinciden los aniversarios de dos grandes museos que se dedican a la difusión de la obra de Picasso en España: el 20 aniversario del Museo Picasso de Málaga y el 60 del Museo Picasso de Barcelona.

Pedro Sánchez saluda a José Guirao.

Pilar Aymerich, Premio Nacional de Fotografía

Publicado por Carlos en En Fotografía,Premios | Sin comentarios

Aymerich estudió en la escuela de arte dramático y en Londres se introdujo en el campo de la fotografía. Amplió después sus conocimientos técnicos en París, especializándose más tarde en el reportaje y el retrato fotográfico. Comenzó su carrera profesional en 1968 en Barcelona colaborando con la agencia CIS en una época en la que aún existía censura. Su labor como fotógrafa de calle logró mayor presencia a partir de 1975, en consonancia con la visibilidad que adquirieron los movimientos sociales después de la muerte del dictador. Su trabajo gráfico ha ido apareciendo a lo largo de los años en diversas publicaciones periódicas como Jano, Triunfo, Destino, Cambio 16, El País, Fotogramas o Qué Leer.

Aymerich incorporó a su propia praxis los planteamientos y reflexiones feministas, algo realmente inusitado en el panorama de aquellos años en España. Desarrolló su propia militancia y fotografió desde dentro las principales acciones y demandas del movimiento (huelgas, concentraciones, manifestaciones, etc.). Sus imágenes suponen una deconstrucción radical de la práctica del fotorreporterismo moderno: primero se mezcla con el ambiente, entiende la situación y luego la fotografía. Pone así en práctica una ética en la que la fotografía se entiende como una práctica relacional e intersubjetiva en la que se trabaja con personas.

Ha colaborado en publicaciones dedicadas a catalanas como Montserrat Roig, Federica Montseny, Mercè Rodoreda, Caterina Albert o Maria Aurèlia Capmany y que han tenido su reflejo en diversas exposiciones. También ha realizado una labor pedagógica enseñando fotografía a los jóvenes y en el Instituto de Estudios Fotográficos de Cataluña.

Parte de su obra fotográfica fue adquirida por el Museo Reina Sofía en 2018 [10].

Jurado

El premio, concedido por el Ministerio de Cultura y Deporte, está dotado con 30.000 euros. Su jurado, presidido por la directora general de Bellas Artes, María Dolores Jiménez-Blanco, y actuando como vicepresidenta la subdirectora general de Museos Estatales, Mercedes Roldán, ha estado formado por Ana Teresa Ortega, autora galardonada en 2020; María Rosón, investigadora y docente del Departamento de Historia del Arte de la Universidad Complutense de Madrid; José Alberto Anaut, presidente de PHotoEspaña; Elvira Dyangani, directora del Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona (MACBA); Jorge Ribalta, artista, investigador, editor y comisario independiente; Rubén Hernández Bermúdez, fotógrafo y cineasta, y Mireia Sentís, fotógrafa y escritora.

La fuerza de la amistad

Publicado por lopeziglesias en En Cine | Sin comentarios

A través de un guion en el que la sensibilidad y el buen gusto marcan cada una de sus escenas, Supernova nos acerca a la historia de una pareja que, impulsada por la enfermedad de uno de ellos, decide convertir una situación tan dura en una celebración de la amistad, el amor y la felicidad, algo que han compartido a lo largo de varias décadas.

Los protagonistas, un pianista y un escritor al que apenas pasada la cincuentena la pérdida de memoria va cercando, deciden emprender un viaje por carretera en una autocaravana para volver a ver a amigos y familiares, visitar aquellos lugares que recorrieron en el pasado y, en la profundidad de la noche, identificar lejanísimas explosiones estelares, como la enigmática Supernova.

A medida que su viaje avanza abordan a través de unos diálogos al tiempo sencillos y llenos de sentido sus planes de futuro, desvelan sus mutuos secretos y, en definitiva, celebran, como acaso no lo habían hecho antes con tanta intensidad, la dicha de sentirse juntos.

Colin Firth, en el papel de Sam, el músico, y Stanley Tucci, en el de Tusker, el ser que va percibiendo como el Alzhemier le va alejando de la persona inquieta e interesante que fue, demuestran su dimensión de enormes actores que no necesitan grandes aspavientos para conmover al espectador: les bastan los pequeños gestos, las miradas, los elocuentes silencios… para conmover y poner un nudo de emoción en la garganta del espectador.

Brillantes ambos y muy bien acompañados en un reparto que incluye a Pippa Haywood, James Dreyfus y Peter Macqueen, que el resultado final de lo que vemos no tenga desperdicio se nutre también de una sutil banda sonora firmada por el compositor Keaton Henson y una soberbia fotografía del nominado al Óscar Dick Pope, que ya dejó un indudable sello de calidad en las imágenes de El ilusionista y Mr. Turner.

Ni almibarada ni gratuitamente dramática, Supernova fluye con naturalidad para hablar de la enfermedad y la incertidumbre, y el dolor y los miedos, pero también y sobre todo de la fuerza de la amistad y el amor, capaces de enfrentarse a casi todo a lo largo de este entrañable viaje. No se lo pierdan.  

Supernova

Dirección y guion: Harry Macqueen  

Intérpretes: Colin Firth, Stanley Tucci, Pippa Haywood, Peter Macqueen, Nina Marlin, Ian Drysdale, James Dreyfus, Sarah Woodward

Fotografía: Dick Pope

Música: Keaton Henson

Montaje: Chris Wyatt

Reino Unido / 2020 / 93 minutos

La Biblia, pintada y para todos los públicos

Publicado por Carlos en En Arte,Artes Visuales | Sin comentarios

La consulta de muchos de los pasajes recogidos en la guía nos impele a revisar con urgencia pinturas en internet. Así, por ejemplo, te detienes en la historia de David y Goliat, en cómo el pastorcillo se las apañó para derribar al forzudo con un palo, cinco piedras y una honda, para luego rematarlo con una espada. El episodio se ilustra con el tremendo cuadro de Caravaggio que muestra a David con la cabeza de Goliat. El libro entonces te recuerda que el genio milanés ya había dedicado una pintura a este enfrentamiento desigual que cuelga de las paredes del Prado; o que cincuenta años antes Tiziano había pintado a David vencedor de Goliat. Y debes verlos o volver a verlos  todos. O sin salir de Caravaggio, no cabe pasar por su violenta versión del Sacrificio de Isaac, con un Abrahán dispuesto a cortar el cuello de su hijo implorante para demostrar su fe, y no ver de nuevo la de Reembrandt.

La obra separa las historias que proceden de los libros del Antiguo Testamento (la creación del mundo, el pecado original, el arca de Noé, Moisés salvado de las aguas, su paso por el Mar y su recepción de las tablas de la ley, las hazañas de Sansón o el juicio de Salomón) de las del Nuevo Testamento (la anunciación, la adoración de los reyes magos, las bodas de Caná, la resurrección de Lázaro, la última cena, el calvario, la crucifixión o el juicio final), mostrando de todas ellas una pintura destacada y otras variantes y ejemplos iconográficos. Dedica un capítulo a las figuras principales y añade un glosario para facilitar la lectura de un libro que incluye además curiosidades que no se olvidan, como esa relativa a la cantidad de manzanas que se han pintado en manos de Adán o de Eva, cuando en realidad en la Biblia no se especifica cuál es el fruto prohibido que causará a la pareja la expulsión del paraíso terrenal.

Guía para identificar las escenas y los personajes de la Biblia [11]

Lorenzo de la Plaza Escudero

Antonio Olmedo Molino

Adoración Morales Gómez

José María Martínez Murillo

Editorial Cátedra

424 páginas

15 euros

Vidario del año de la peste: Invierno (V)

Publicado por Carlos en En Libros | Sin comentarios

La luna de diciembre se fue deshojando en otras lunas invernales, que, paradójicamente, resultaron más cálidas en su blanca palidez. El día 21 de diciembre la Agencia Europea del Medicamento (EMA) autorizó la vacuna de Pfizer, el día 6 de enero la de Moderna, el 29 de enero la de Astra-Zéneca y el 11 de marzo la de Janssen Pharmaceutical (Johnson & Johnson). Previamente, el día 9 de diciembre, la británica Margaret Keenan, una mujer de 90 años, había sido la primera paciente del mundo en recibir la vacuna de Pfizer contra la covid-19, una vez aprobada en el Reino Unido pos-Brexit. El día 27 de diciembre se inició en España y en la mayoría de los países de la Unión Europea una campaña de vacunación masiva sin precedentes.

De esta manera, parecía haberse adelantado a la víspera del día de los santos inocentes el repique de campanas del domingo de resurrección. Verdaderamente, en los centros habilitados para la vacunación, se estaba escenificando la transformación de la enfermedad y de la muerte en vida. La vacuna ya no funcionaba únicamente como promesa; de pronto, se había hecho realidad, y yo tuve por primera vez la misma sensación del náufrago que ha sobrevivido a la tormenta más devastadora de su vida. Nunca como ahora se había puesto de manifiesto la importancia de la ciencia básica para la protección de la salud pública. Cuando leí en una revista especializada que la idea que había dirigido la investigación de las vacunas de ARNm estaba ya desde hacía, al menos, 20 años en los trabajos de dos pioneros: Katalin Karikó y Drew Weissman, me vino a la cabeza la reflexión de Miguel de Unamuno: “Nuestra vida es una esperanza que se convierte continuamente en memoria, y la memoria engendra esperanza”.

Sin embargo, ay, sin embargo, nada más terminar las Navidades, la borrasca Filomena, bien pertrechada de nieve, hielo y viento, vino a sumar más desgracia a los días tapiados y a congelar la ilusión creciente con la vacunación, que, pese a todo (incumplimientos en el suministro de algunas compañías farmacéuticas incluidos), acabaría abriéndose paso. Con la aparición de las vacunas, la discusión volvió a cambiar de sentido. Ahora, el principal problema radicaba en cómo gestionar el proceso de vacunación, qué grupos priorizar para su distribución, qué tipo de vacuna correspondía a cada grupo etario y, una vez más, se demostraba que tener el mando no es tener razón y que el poder político seguía prefiriendo construir buenas metáforas a sólidos argumentos. Había medidas que, en un momento determinado, se presentaban como si no hubiera alternativa posible, como si fueran científicamente indiscutibles y, poco tiempo después, sucedía lo mismo con medidas diferentes, cuando no contrarias. Lo único que parecía incuestionable era el hecho de vacunar al mayor número de personas en el menor tiempo posible. Y a ese fin se dedicaron miles de sanitarios en los numerosos centros habilitados.

Por otra parte, con la llegada de la vacunación, se intensificaron las múltiples y variadas interpretaciones, más allá de la ciencia, del desastre coronavírico y su posible solución: algunas de ellas de carácter ideológico; otras, de tipo religioso, y, en fin, otras procedentes de ciertas tradiciones culturales. Este tipo de explicaciones, fundamentadas en creencias que garantizan la aclaración de cualquier duda, tienen una gran ventaja (ideas simples e imágenes simbólicas que van directamente a la parte emocional de las personas y satisfacen el ansia de identidad) sobre el argumentario neutro, muchas veces a falta de completar, de la ciencia. Eso sí, cada una de ellas proporcionaba una narrativa distinta sobre la Covid-19, acorde con su imaginario acerca del mundo, de la vida y de la humanidad. Lo peor de todo es cuando se trata de anteponer la “verdad moral” de cada uno a la razón, como en otros muchos órdenes de la vida.

Como los fríos de enero fueron grandes, febrero traía la máscara de carnaval ya puesta, disfrutando con su lado más loco, y yo andaba con la creatividad reseca, me dediqué a redescubrir objetos guardados celosamente en algún momento del pasado por los arcones, los cajones de las cómodas y los armarios de la casa. En este trajín, lo primero que me vino a las manos fue una fotografía en sepia que andaba suelta entre las páginas del álbum familiar. La instantánea muestra a un niño saliendo del rompeolas con un cubo de agua en las manos para llenar el pozo cavado en la arena de la playa, cuyo fondo era capaz de absorberlo todo. Ese chaborro, al parecer, soy yo mismo, con dos o tres años, jugando en la playa de la Marina de la Torre una mañana de verano. 

Aunque las fotografías van cambiando con el tiempo entre una mirada y otra, como las dunas con los vientos, yo he vuelto una y otra vez a este retrato del pequeño aguador con la misma fijación que el albardín que, pese a todo, sigue creciendo imperturbable en la arena. Lo rememoro no tanto por la asociación mental que pudiera hacerse con la famosa escena legendaria en la que el niño y Agustín de Hipona dialogan acerca de lo divino y de lo humano, sino por el reconocimiento de mí mismo en ese Sísifo chiquillo que se siente feliz en el momento de descargar el cubo de agua y volver al rompeolas para llenarlo de nuevo, y parece intuir -a esa edad uno solo es puro instinto- la travesía del absurdo, pero también la santísima trinidad del existir, esa que luego, con el paso de los años, habría de revelarme la lectura de esos libros en los que Albert Camus trataba de encerrar con las palabras más precisas la inmensidad de la vida humana: rebeldía, libertad y pasión por la “alegría de vivir”.

Otro de los recuerdos más vívidos de aquel tiempo rebosante de sensaciones pertenece al territorio de la memoria, no al de ninguna estampa fotográfica. En aquellos veranos de principios de los años 60, una familia amiga de la mía dejaba a mis padres uno de los tres cuerpos de la Venta de Juan López, que estaba situada en una pequeña loma desde la que se oía el suspiro de las olas, muy cerca de donde luego se construyó el Parador Nacional de Mojácar. La casa, que no era tal, no podía estar más vacía de enseres y habitaciones, ni más llena de vida entre sus paredes de piedra y argamasa. Cada jornada en El Cantal comenzaba muy temprano, con el rompiente del amanecer. Cuando mi padre calculaba con ojo de buen cubero que el sol estaba a un palmo por debajo de la superficie del mar, nos levantaba de la cama a mis tres hermanos y a mí al grito de “contra pereza, una lezna”, que operaba en nosotros con la eficacia de un chute de anfetamina. Pocos minutos después, con el sol elevándose sobre el horizonte como un capullo de rosa recién abierto, los cuatro seguíamos a mi padre como si fuera el flautista de Hamelin, por la vereda que iba del cortijo hasta la playa donde emerge misteriosa la Piedra de Villazar, ese intrigante cráneo humanoide que mira más allá de la línea del horizonte en busca del origen africano de todos nosotros.

Amanecer sobre la Piedra de Villazar (Mojácar, Almería).

Según afirmaba mi padre, un buen baño tempranero te saca del cuerpo cualquier roña perezosa y mantiene a Belfegor, el demonio letrino, alejado de uno. Así es que, al inicio de cada día, salvo que se hubiera metido un vendaval de levante, solíamos oficiar el ritual del “capuzón del agua pura” desde uno de los salientes de la enigmática roca hasta las cavernas de su corazón sumergido, a la búsqueda de tesoros por explorar. “¡Frasquito!”, se oía gritar a mi madre desde la era de la cortijada como señal de que ya estaba preparado el desayuno y era hora de volver. Cuando regresábamos a la casa, ella nos esperaba en la puerta con un cubo de chumbos que había recogido y limpiado durante el tiempo de nuestra zambullida, nos alineaba enfrente suyo y nos iba pelando los tunos con una habilidad pasmosa: no sé explicar cómo lo hacía, pero siempre tenía uno mondado en la mano por más prisa que nos diéramos en comerlos cualquiera de los cuatro hermanos, mi padre o ella misma. Mi madre le tenía una gran devoción a la chumbera y aseguraba que no había en la naturaleza una madre más abnegada y generosa que esta planta de verde perpetuo, carnes acuosas y piel rústica; nos solía decir que la chumbera alimentaba a sus crías acorazándolas, acorazonándolas, coronándolas de amarillo, y, luego, a cambio de nada, ofrecía su exquisito fruto con el que despertar los sentidos.

Aparte de bañarnos en la pequeña y graciosa playa formada por la rambla que hay frente a la Piedra de Villazar (todavía noto sobre la piel el sol y la sal de aquellos días), siempre andábamos ojo avizor en busca de cualquier objeto que hubiera arrojado el mar durante el último temporal de levante. En cierta ocasión, encontramos una gran escalera de barco, que mis hermanos imaginaron podía haber sido aquella desde la que Rodrigo de Triana divisó el Nuevo Mundo; otra vez, tropezamos con una blusa azul estampada de flores, seguramente olvidada por cualquiera de los protojipis que comenzaban a aparecer por las playas mojaqueras, que mi madre me arregló con cierta holgura para que mi creciente no rompiera las costuras durante un largo tiempo. Ahora, al encontrarme con una fotografía de mi clase del colegio, en la que aparezco entre mis compañeros con la camisa puesta, me convenzo definitivamente de que los hechos solo los conserva Mnamón y que a los demás solo nos queda la verdad de un pasado ficcionado, lleno de interpretaciones personales con las que sobrevivimos.

Cada día, cuando llegaba la penumbra del cuervo, la familia al completo se sentaba en la puerta del cortijo para tomar el fresco, desperfollar panochas, seleccionar las mejores garrofas recogidas por la mañana y dar cuenta de los sucedidos del día, pero, sobre todo, para escuchar las viejas historias familiares o las antiguas leyendas mojaqueras, hiladas con la precisión de los buenos cuentacuentos por mi padre y por mi madre, que se iban alternando en el relato. Era como asistir a un filandón del revés, no al amor de la lumbre (los escritores Luis Mateo Díez, José María Merino y Juan Pedro Aparicio se han referido mucho a los filandones de las montañas leonesas, mientras el antropólogo Julio Caro Baroja ha dado cuenta de estas mismas sesiones de palique alrededor del fuego practicadas desde tiempo inmemorial por las familias campesinas asturianas), sino a la luz de la luna, a la luz de las dos, de las tres…

En aquellas noches desnudas de luz artificial, las sombras lunares sobre los cerros y cañadas de El Cantal nos mostraban que los secretos de la luna van cambiando con sus movimientos, sin que podamos descubrirlos a causa de sus silencios. Lo que sí conseguíamos desvelar era el carro de la osa mayor y, fijándonos en él, lográbamos llegar a la estrella polar, en el punto más alejado de la osa menor. De vez en cuando, veíamos cómo por las rendijas de la Vía Láctea se arrojaba al mar una de las perseidas del firmamento, dejando en su trayectoria una cola de luz brillante, como polvo de azafrán, y esperábamos ansiosos la llegada de la noche de San Lorenzo para poder presenciar en toda su intensidad el espectáculo de estos fuegos tan efímeros como brillantes, desprendidos de un cielo que parecía pintado por Joan Miró.

No me extrañaría que El Cantal acabe siendo mi rosebud particular, pero, ahora, no puedo dejar de referirme igualmente a los primeros años 70, que ocuparon mis días de bachillerato, de acné seborreico y libertario a partes iguales y de tantas noches abiertas de par en par en el tren nocturno Madrid-Almería, que también tienen su posada en esta ruta de la memoria. No puede haber olvido para aquellos lugares en los que nos atrevimos a decretar el estado de felicidad permanente, aunque solo fuera en la vulnerable eternidad de un abrazo desnudo en madrugadas cuya única unidad de medida era el deseo: Los Muertos, Agua Amarga, Cala Enmedio, El Plomo, San Pedro, Las Negras, Rodalquilar, la Isleta del Moro, Los Escullos, San José, Genoveses, El Barronal, Monsul … Fuimos descubriendo cada una de estas calas como si se tratara de los puertos en los que Kavafis recomienda demorarse antes de llegar a Ítaca, y en Sierra Cabrera no fueron pocos los espacios mágicos que encontramos (El Castellón de Cortijo Cabrera, La Encantada, El Dondo, Los Moralicos, La Carrasca, Teresa …) como si fueran aquellos de los que Blake asegura que es posible sostener lo infinito en la palma de la mano.

Playa de los Muertos (Carboneras, Almería).

Es curioso: aunque cada día parezcan estar más al norte de este otoño que ahora somos, con el paso del tiempo se me hace cada vez más corto el viaje de regreso a aquellas tardes infantiles pasadas sacando la luz del sol de debajo del agua del mar y levantando castillos de arena que, sorprendentemente, no se habían desmoronado a la mañana siguiente, o ese otro periplo a los veranos de nuestra edad estromboliana, a esa ruta de los mapas a medio hacer cuando creíamos estar hechos para la noche interminable y ser capaces de prohibir lo prohibido. Parece como si la infancia hubiera sido anteayer, la adolescencia anoche y la juventud, hace nada; en cambio, todo lo que acaba de ser ahora se vuelve rápidamente gris, efímeramente eterno, como ceniza cuajada en la memoria.   

Pero dejemos descansar a la memoria y tratemos de sacar del almario al entendimiento y a la voluntad para comprender y afrontar el tiempo presente a partir de su realidad. Al comenzar el año 2021, la incidencia en España galopaba de manera desbocada, llegando a rebasar algunas comunidades el 1%; las muertes computadas ascendían a más de 50.000, y se estimaba en una media de 11,4 los años de vida perdidos por persona fallecida. En los últimos días del invierno, ya se habían superado los 3,3 millones de personas contagiadas y alrededor de 73.000 fallecidas, mientras que en Europa se contabilizaban más de 40 millones de contagios (aproximadamente 1/3 de los casos cifrados por la OMS a nivel mundial) y casi medio millón de muertos (alrededor de 1/5 de los fallecimientos estimados por la OMS en el mundo entero). Por ese mismo tiempo, se habían administrado en Europa más de 50 millones de dosis vacunales y el doble de esa cifra en Estados Unidos, mostrándose España como uno de los países más activos y confiados en las posibilidades de la vacunación y comportándose su población de manera verdaderamente ejemplar a nivel general. A pesar del pesimismo que nos demandaba la situación vivida, comenzábamos a cabalgar los días con una disposición de ánimo cada vez más optimista.

Desde hacía algún tiempo una serie de nuevas variantes del virus habían aparecido en escena: británica, brasileña, india… Mientras la población se debatía entre el temor al contagio por cualquier variante más peligrosa que la anterior y la espera desesperadamente esperanzada de la vacunación, continuaba la farsa política y sus principales actores seguían sin abandonar las escenas goyescas de la riña de gatos (dos felinos, con la piel erizada y el lomo arqueado, bufan y se enfrentan en lo alto de un ruinoso muro de ladrillo) o la del duelo a garrotazos (dos españolitos arreglan sus asuntos a estacazo limpio en medio de un paraje desolado), a la espera de otro libreto con el que representar una nueva ficción de normalidad en la que se pudiera “cambiar las mascarillas por sonrisas”. En cualquier caso, se trataba de salvar el tembloroso azar del mundo para que el delicado azahar siguiera siendo, ahora sin necesidad de traspasar la alambrada, y para que, algún tiempo después, se convirtiera en el fruto vitaminado con el que fortalecer nuestro cansino corazón. Y en ese empeño andábamos todos, no solo a nivel de deseo o de plegaria.  

Rozalén gana el Premio Nacional de Músicas Actuales

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Rozalén se inició en la música durante su infancia. Formó parte desde los siete años de la rondalla del barrio de Fátima de Albacete como instrumentista de guitarra y bandurria, también cantó en los coros del Colegio Santo Ángel de la Guarda y la Iglesia de Fátima de Albacete. A los 14 años empezó a componer canciones y a los 16 dio su primer concierto en el festival Operación Bocata de Albacete.

En 2011 se trasladó a Madrid para estudiar un máster en musicoterapia, tras cursar sus estudios de Psicología en la Universidad de Murcia, y dio sus primeros pasos tocando en El Rincón del Arte Nuevo y en Libertad 8, dos locales de la ciudad. En esa época conoce al productor Ismael Guijarro, quien le propone grabar un disco. En poco tiempo ficha por Sony Music y entra a formar parte de la agencia RLM.

Activista social y artista comprometida con la inclusión, ha trabajado la musicoterapia con enfermos de párkinson y colectivos en riesgo de exclusión e incorpora en todos sus conciertos la traducción a la lengua de signos, gracias a la intérprete Beatriz Romero, su inseparable cómplice sobre los escenarios.

En 2013 publica su primer disco: Con derecho a…, cuyo primer single 80 veces superó el millón de visitas en YouTube al poco de publicarse. El segundo single, Comiéndote a besos, un tema dedicado a las personas seropositivas, superó el éxito del primero. En 2015, su canción Berlín formó parte de la banda sonora de la película Perdiendo el Norte, de Nacho J. Velilla, y en septiembre publicó su segundo álbum, Quién me ha visto…, que enseguida se aupó a número 1 en las listas de ventas. Un éxito que reeditó en su tercer álbum de estudio, Cuando el río suena…, publicado en 2017. Un año más tarde se editó el álbum recopilatorio Cerrando puntos suspensivos y en octubre de 2020, El árbol y el bosque, su cuarto disco de estudio, con el que se encuentra actualmente de gira.

Rozalén ha recibido importantes reconocimientos, como cuatro discos de oro, dos de platino, un Goya a la mejor canción original por Que no, que no, compuesta para la película La boda de Rosa; tres nominaciones a los Latin Grammy y la Placa al Mérito Profesional de Castilla-La Mancha.

Jurado

Este premio, que concede anualmente el Ministerio de Cultura y Deporte, está dotado con 30.000 euros. El jurado, presidido por la directora general del Instituto Nacional de las Artes Escénicas y de la Música (INAEM), Amaya de Miguel, y actuando como vicepresidente el subdirector general de Música y Danza, Antonio Garde, ha estado compuesto por los siguientes vocales: Almudena Heredero, gestora cultural y directora de PrimaveraPro; el periodista musical español José Miguel López Ruiz; el músico Francisco López Martín; Montserrat Portús, directora ejecutiva del Mercat de Música Viva de Vic; Julio Ródenas, director y presentador de Turbo 3 en Radio 3 de RNE; Carmen Zapata, a propuesta de la Asociación de Mujeres de la Industria de la Música. Excusó su presencia Chano Domínguez, último galardonado con este premio.

Premiados en otras ediciones

Entre los premiados en convocatorias anteriores se encuentran: Chano Domínguez (2020), María Rodríguez ‘Mala Rodríguez’ (2019), Christina Rosenvinge (2018), Javier Ruibal (2017), Martirio (2016), Jorge Pardo (2015), Carmen París (2014), Luz Casal (2013), Kiko Veneno (2012), Santiago Auserón (2011), el Dúo Amaral (2010) y Joan Manuel Serrat (2009).

Dora García gana el Premio Nacional de Artes Plásticas

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Como artista, García trabaja sobre todo en el campo de la performance, la producción de texto en múltiples formatos y el documental experimental. Su obra a menudo aborda la relación entre comunidad e individualidad en la sociedad contemporánea e investiga posiciones marginales, rindiendo homenaje a personajes excéntricos y antihéroes. Estas figuras marginales protagonizan proyectos como The Deviant Majority [La mayoría marginada, 2010], The Joycean Society [La sociedad joyceana, 2013] o Segunda Vez, un recorrido abierto por muchos de sus trabajos anteriores que pudo verse en el Museo Reina Sofía en 2018.

Territorios diversos

Su trabajo supone una expansión de la noción de arte hacia territorios diversos. Su obra cala en el campo literario, en los ámbitos del pensamiento, la psiquiatría y la crítica de los medios audiovisuales, a la vez que indaga sobre el lenguaje y, por supuesto, sobre aspectos relacionados con el cuerpo y la performance.

La práctica performática es el núcleo en torno al que bascula su trabajo complejo, rico y multiforme. Su apuesta por la práctica de la performance delegada y «duracional» supuso una completa dedicación a ese campo artístico, lo cual, no obstante, no la ha frenado para seguir utilizando una extraordinaria variedad de técnicas, como la fotografía, la edición, el dibujo, el vídeo, el sonido e, incluso, Internet.

El trabajo que ha desarrollado hasta el presente se ha comprometido con la forma y el concepto de aquello que constituye una obra de arte, a la vez que ha indagado en las posibilidades de participación y en las problemáticas del comportamiento del espectador ante la obra. Su práctica se compromete con asuntos sociales y políticos, al mismo tiempo que expande las plataformas y la noción de creación artística.

Profesora e investigadora

Dora García es artista, profesora e investigadora. Vive entre Barcelona y Oslo, tras dos décadas residiendo en Bruselas, y es profesora en la Academia Nacional de las Artes en Oslo. Previamente ha sido miembro del Programa de Estudios Independientes del MACBA en Barcelona (2015 – 2020) y profesora invitada en numerosas instituciones educativas, como ENSBA en Lyon, la HEAD en Ginebra y Le Fresnoy – Studio national des arts contemporains en Tourcoing (Francia). Entre 2012 y 2018 fue codirectora con M. Villeneuve y A. Baudelot de Les Laboratoires d’Aubervilliers, en París.

Ha participado en numerosas exposiciones internacionales y centros de arte nacionales como Münster Sculpture Projects (2007), la Bienal de Venecia (2011, 2013, 2015), la Bienal de Sídney (2008), CGAC (2009), la Bienal de São Paulo Biennial (2010), dOCUMENTA 13 (2012), la Bienal de Gwangju (2016), Museo Reina Sofía (2018) [12], osloBiennalen, Art Encounters Timisoara (Rumanía) y la Trienal de AICHI (2019). En el año 2020, su obra se exhibió en Schirn Kunsthalle Frankfurt y Juana de Aizpuru, Madrid. En 2021 ha presentado proyectos en Fotogalleriet Oslo, Netwerk Aalst, Mattatoio en Roma y el festival Colomboskope en Sri Lanka.

Como editora ha producido numerosas publicaciones, entre las más recientes están Love with Obstacles (K. Verlag, 2020), On Reconciliation (K. Verlag, 2018) y Segunda Vez (Torpedo Books, 2018). En la actualidad está trabajando en un extenso proyecto de investigación, titulado Amor Rojo, sobre el legado de la marxista feminista Alexandra Kollontai (2018-2022).

Jurado

El premio, concedido por el Ministerio de Cultura y Deporte, está dotado con 30.000 euros. El jurado, presidido por la directora general de Bellas Artes, María Dolores Jiménez-Blanco, y actuando como vicepresidenta la subdirectora general de Museos Estatales, Mercedes Roldán, ha estado formado por José María Yturralde, artista galardonado en la edición de 2020; Pablo Martínez Fernández, educador e investigador; Clara Montero, directora cultural de Tabakalera Centro Internacional de Cultura Contemporánea; Mónica Núñez, comisaria independiente y productora en ArtLink Central (Reino Unido); Sergio Julio Rubira, comisario de exposiciones y profesor de Historia del Arte de la Universidad Complutense de Madrid; Helga Müller, galerista y coleccionista, y Consuelo Sánchez Naranjo, directora del Instituto Nacional de la Administración Pública (INAP).

DORA GARCÍA [13] from Oral Memories [14] on Vimeo [15].

Quique González, la luz después de la tormenta

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Sur en el Valle es el decimotercer disco de Quique González [16], que afirma no ser supersticioso y que lucha contra los gafes. Una cuestión de coherencia: “Igual que no creo en la religión, no creo en la superchería”, confiesa el artista afincado en Villacarriedo, una localidad cántabra emplazada en el corazón de los valles pasiegos.

Aunque tenga las cosas muy claras, González se muestra pausado y comedido, casi como si dudase o titubease al charlar. No quiere sentar cátedra cuando habla, rehúye la vehemencia; una cualidad poco común, especialmente en un artista de reconocido prestigio, y más en unos tiempos en los que la asertividad casi violenta es la norma. Pero si por algo se caracteriza es por no vivir muy condicionado por las tendencias o las modas, como ha demostrado a lo largo de su carrera.

– Decís en la promoción que Sur en el Valle es un disco reposado, de trago largo. La sensación que deja es que necesita muchas escuchas para poder ser paladeado apropiadamente, para madurarlo y descubrir matices y recovecos. Teniendo en cuenta que vivimos la cultura del consumo rápido, ¿has arriesgado más de lo habitual con este nuevo trabajo?

Es cierto que Sur en el Valle es un disco que podría considerarse contracorriente o contracultural, pero no lo he hecho con esa intención. Hago las canciones que me salen, sin pensar mucho en esas cosas.

– ¿Y en qué pensabas cuando ideaste este disco?

Cuando hablamos Toni Brunet [que ha producido el disco] y yo de este trabajo nos planteamos hacer algo que nos siguiera gustando dentro de quince años. Un disco que nos siguiera aportando cosas.

– ¿Que deje poso?

Es un poco como la poesía. Creo que la buena poesía precisa de un tiempo, de una reflexión. A veces necesitas volver a leerla dos o tres veces, no ya para comprenderla, sino para que te llegue. Hay otras obras de satisfacción inmediata, pero creo que es muy difícil que perduren.

– ¿Y eso es poco común hoy?

Un poco sí, pero también es verdad que hay muchos grupos jóvenes que tienen un discurso muy bien armado que conecta perfectamente esa premisa con los nuevos tiempos, e incluso son capaces de llenar estadios. 

– Con todo, el disco ha tenido una muy buena acogida, ¿sorprendido?

Sí, claro. Sur en el Valle lo grabamos en noviembre de 2020 y ha pasado casi un año desde entonces, bastante tiempo para tener dudas sobre si iba a gustar. Te confieso que el día antes del lanzamiento tuve una especie de presentimiento, una intuición de que no iba a gustar. Estaba acojonado, porque tanto tiempo te hace perder la perspectiva.

– Pero no ha sido así…

No, no. Tras el lanzamiento recibí muchos mensajes muy emocionantes y cariñosos, fue una gran alegría. En el fondo necesitaba que el disco dejase de ser mío para que fuera de todos.

– ¿Qué ha supuesto Toni Brunet para el disco?

Toni ha sido una pieza fundamental en todos los sentidos, desde el propio concepto. Ha refrescado mi ambiente, ha abierto mis ventanas y me ha dado oxígeno.

[Otra de las características que llaman la atención de González es cómo se deshace en elogios hacia todos los que lo han acompañado en su carrera. Son elogios sinceros que destilan una mezcla de admiración y agradecimiento, pero, sobre todo, la humildad de alguien que se siente muy afortunado.]

– Da la impresión de que muchas canciones del disco están construidas con una estructura ascendente, una suerte de in crescendo muy sutil en el que van apareciendo los instrumentos casi presentándose, ¿es intencionado?

Es completamente intencionado. Dentro de la austeridad instrumental que respira el disco consideramos muy importante la dinámica de subidas y bajadas, que no todos los instrumentos estuvieran toda la canción sonando, sino que apareciesen y desapareciesen. Que el discurso instrumental transcurra paralelo al de las letras, casi subrayándolo.

Quique González. Foto: Juan Pérez-Fajardo.
Quique González. Foto: Juan Pérez-Fajardo.

– ¿Son algo más crípticas sus letras que las de otros trabajos?

Se lanzan muchas preguntas. Es un cuestionamiento, una incertidumbre más que una certeza. Es un disco menos narrativo, más de imágenes, de fogonazos que hay que ir uniendo, aunque quizá no se aprecien en la primera escucha. Exige un poco más.

– En Jade dices: «Esto se me está haciendo grande a mí también», ¿qué se le hace grande a Quique González?

Fíjate, Jade y Tornado son los dos temas más condicionados por la situación que hemos vivido. Quería resaltar lo inabarcable e inconcebible que ha sido todo. Lo inesperado. Necesitamos creer que tenemos controlada nuestra vida, pero no es así: son muy pocas las cosas que controlamos.  

– En Amor en ruta dices que hay cosas que todavía duelen, aunque no duelan como antes…

Me he tomado ciertas situaciones muy a pecho. La traición, la mentira… me han afectado mucho. Pero cuando tomas cierta perspectiva ese dolor se amortigua.

– ¿Se pueden escribir canciones tristes estando alegre y al revés?

Uf, no estoy seguro. Ojalá fuera tan sencillo. Creo que necesitas tener algo dentro para poder escribir. Tienes que estar conmovido, para bien o para mal, para que eso brote. No puedes escribir algo de forma premeditada, por lo menos yo.

[El músico madrileño ha destacado como uno de los grandes compositores españoles. Su faceta como letrista lo hace heredero directo de otros grandes que le precedieron, como Antonio Vega o Enrique Urquijo. Con este último inició su carrera componiendo para Los Problemas Aunque tú no lo sepas, un tema inspirado en el poema homónimo de Luis García Montero. Precisamente, en 2019 lanzó Las Palabras Vividas, su único trabajo en el que no escribe las letras, sino que pone música a algunos poemas del actual director del Instituto Cervantes.

A pesar de sus 48 años, Quique González lleva toda una vida en esto de la música: casi treinta años de carrera. Él mismo reconoce que son muchos. «Cuando empecé no creía que me fueran a ir tan bien las cosas. Es inevitable pensar que he vivido más de lo que me queda por vivir, pero supongo que es una sensación común a todo el mundo, independientemente de su profesión».]

– ¿Tienes mono de carretera y conciertos?

Claro. Necesito eso en mi vida. Es algo muy estimulante: viajar, estar con la banda, sentir la reacción del público. Lo necesito más que nunca. Especialmente después de que hubiera varios momentos de duda razonable de que todo fuera a ser igual que antes. Cuando recuperas algo que te han arrebatado lo disfrutas más.

– ¿Cómo crees que funcionará Sur en el Valle en directo?

Empezamos la gira el 19 de noviembre [aquí las fechas [17]] y vamos a hacer los directos en teatros, que son recintos donde creo que suenan mejor los temas. Soy bastante optimista con la situación y creo que, poco a poco, iremos retomando cierta normalidad.

– Conectar de nuevo con el público…

Sí. Además, por lo que nos están transmitiendo muchos seguidores, creo que va a ser posible generar esa combustión que nos haga volar un poquito a todos durante los conciertos. Ojalá sea así.

– ¿Miras las listas de reproducciones?

No mucho, pero estoy al tanto, porque me las envían. Las miro, pero no me obsesiona.

Charo, un tema de Me Mata si me Necesitas, el disco de 2016, es la canción con más reproducciones de Quique González en Spotify. ¿A qué lo achacas?

Pero el éxito de Charo es por Nina [la canción es un dueto entre el artista madrileño y la cantante Carolina de Juan, vocalista de la banda Morgan, que en Sur en el Valle colabora acompañando en los coros de cuatro temas].

– Pero que tus temas actuales sean los que están más arriba parece refrendar que sigues al pie del cañón. Después de veinticinco años uno esperaría que fueran los grandes clásicos los que coparan esas posiciones, aunque solo fuera por el tiempo...

Bueno, la verdad es que para mí eso es un regalo. Ver que sigues conectando, que sigues manteniendo un diálogo con tu público… es algo maravilloso.

– Has hablado de Nina, ¿te has planteado un disco de duetos con ella?

¡Sin duda! Es algo que me encantaría. Escribirlo mano a mano, porque Nina no sólo es una cantante excepcional, es que es una de las mejores letristas de España. Me encanta el universo de sus letras, sus imágenes. A ver si logro convencerla. Me gustan mucho ese tipo de discos de duetos, como el de Allison Moorer con Steve Earle. 

– Eres un fijo en las colaboraciones. Recientemente, Mikel Erentxun, pero has cantado con Leiva, Ariel Rot, Bunbury, Diego Vasallo, el Drogas y una larga lista, ¿qué te hace sentir que te llamen artistas para cantar sus canciones?

He tenido mucha suerte. El respeto de los compañeros de oficio ha sido fundamental para creer en lo que hago y darme seguridad. Ha sido muy estimulante.

– ¿A quién te imaginas cantando tus canciones?

[Duda, porque también son muchos quienes han cantado las canciones de Quique González.]

Justo ayer me escribió un mensaje David Ruiz de la MODA, que estaba sacando Luna de Trueno [el séptimo tema de Sur en el Valle] y pensé que sería maravilloso escucharlo. David tiene una voz tan especial, tan vivida… es uno de mis cantantes favoritos y me gusta muchísimo cómo le quedan mis canciones.

– Tus letras están repletas de referencias cinematográficas, ¿cómo ha influido el cine en tu música?

Me encanta el cine. Trato de crear imágenes en mis canciones, escenarios, planos, escenas. Creo que en Sur en el Valle hay un poco más de eso que en otros trabajos anteriores. Es algo más visual. Ojalá algún día pudiera hacer unas cuantas canciones para una película.

En referencia al quinto tema del disco, Tornado, ¿qué es la luz de la luz de un tornado?

Es la luz que sale de una grieta que se empieza a abrir; la luz que brota después de una catástrofe, esa a la que te tienes que agarrar para poder continuar.

Quique González. Foto: Juan Pérez-Fajardo.
Quique González. Foto: Juan Pérez-Fajardo.

Xesús Fraga gana el Nacional de Narrativa

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Redactor de La Voz de Galicia, Xesús Fraga se dedica profesionalmente al periodismo desde 1996. Como escritor en lengua gallega ha cultivado tanto el relato –A-Z– como la novela –Solimán– y la narración juvenil –Reo–. Ha traducido al gallego y al español libros de Julian Barnes, Vladimir Nabokov, Jack Kerouac, Anne Fine, Roald Dahl, Edith Nesbit, Sylvia Plath y Robert Macfarlane, entre otros.

En 1955, un zapatero remendón, seducido por los cantos de sirena que llegan de Venezuela, cruza el Atlántico con la ilusión de regresar en poco tiempo transformado en un acaudalado indiano. Pero, tras varios años, no solo no envía el dinero prometido a su casa, sino que él mismo desaparece, lo que obliga a su mujer a emprender su propia emigración, aunque en la dirección opuesta, hacia Inglaterra. Aquellas omisiones y decisiones acabaron por marcar sus vidas y las de dos generaciones más de una familia.

Xesús Fraga, nieto de ese malogrado matrimonio de emigrantes vocacionales y accidentales, reconstruye sus azarosas vidas y la convivencia con la soledad, el desarraigo y la desazón de las preguntas sin respuesta. Un viaje íntimo por la segunda mitad del siglo XX que transita de la vida rural gallega a las grandes megalópolis americanas, con escalas que se extienden hacia Londres y Caracas, Buenos Aires y la República Dominicana o Etiopía.

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Con un ojo puesto en el Adiós ríos, adiós fontes de Rosalía de Castro y el otro en el Léxico familiar de Natalia Ginzburg, Virtudes (y misterios), galardonada con el Premio de Novela Blanco Amor 2019, combina diversos géneros como la novela, la crónica o el diario para ofrecer un fresco vital que conmueve y emociona, sin por ello renunciar al humor, y que propone una visión original e inédita de la emigración en las vidas vividas y no vividas.

Jurado

El premio, concedido por el Ministerio de Cultura y Deporte, está dotado con 20.000 euros. Su jurado, presidido por María José Gálvez, directora general del Libro y Fomento de la Lectura, y actuando como vicepresidenta Begoña Cerro Prada, subdirectora general de Promoción del Libro, la Lectura y las Letras Españolas, ha contado también con Aurora Gloria Egido, designada por la Real Academia Española; Rosario Álvarez, por la Real Academia Galega; Luis Roberto González de Viñaspre, por la Euskaltzaindia; Damià Pons, por el Institut d’Estudis Catalans; Ignacio Eduardo Martínez de Pisón, por la Conferencia de Rectores de las Universidades Españolas (CRUE); Ernesto Pérez Zúñiga, por la Asociación Colegial de Escritores de España (ACE); Irene Suárez, por la Asociación Española de Críticos Literarios; Iker Seisdedos, por la Federación de Asociaciones de Periodistas de España (FAPE); Marta Cerezo, por el Centro de Estudios de Género de la UNED; Francisco Gutiérrez Carbajo, por el Ministerio de Cultura y Deporte, y Juan Bonilla, autor galardonado en la convocatoria de 2020.

Ana Curra: “Me da exactamente igual que el público me olvide”

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Conversaciones con Ana Curra. [20]

Por eso resulta particularmente pertinente un libro como Conversaciones con Ana Curra [20], escrito por la periodista Sara Morales y recién publicado por la editorial Efe Eme, un volumen que para la teclista, vocalista y compositora madrileña es «un libro muy honesto y muy veraz por mi parte, pero que ha sido así porque Sara ha tenido mucha empatía y sensibilidad para acercarse a mi vida. Me parece que hemos conseguido un equilibrio adecuado entre hablar de todo y no hacer un ejercicio de exhibicionismo o amarillismo. Eso parte de una decisión previa que yo había tomado. Cuando Sara me hizo la propuesta me lo pensé un poco y decidí que si lo hacía era para dar algo que a mí, poniéndome como lectora interesada en un determinado personaje, me gustaría recibir. Si voy a leer un libro de este tipo me gusta encontrarme con algo más que los discos que ha publicado y lo que ya se sabe previamente; pero todo ello contado con respeto, sin morbo. Sin intención de ocultar nada, pero, a la vez, sin hacer daño ni buscar ese morbo. Lo que he intentado hacer es hablar de mí desde otro sitio. La historia de Alaska y la de Parálisis fueron muy importantes para mí, pero ocurrieron hace muchísimos años».

– ¿Eres lectora de este tipo de libros?

Bueno, cuando era más jovencita era más mitómana, evidentemente, porque en esa época idealizas a los personajes que te gustan. Cuando vas siendo tú misma la protagonista de tu propia historia y te vas dando cuenta de que los mitos no existen, porque todos tenemos los pies de barro, pues vas quitando esa capa idealizada. Pero, en cualquier caso, de los artistas de los que te interesa su obra, si los conoces más a fondo, si conoces el contexto, su personalidad y otro tipo de elementos, pues te ayudan a comprender mejor esa obra, y en ese sentido sí me ha interesado puntualmente leer ciertos libros o artículos.

– Es una forma de disfrutar más de la música, ¿no?

Claro, si conoces las referencias que tiene una obra, su proceso creativo, lo disfrutas mucho más. No es que me interese especialmente ningún acontecimiento truculento, porque en todas las vidas los hay, como hay momentos luminosos, pero sí me gusta conocer el contexto, el entorno. Te enriquece mucho más y, por ejemplo, en el caso de un músico, cuando escuchas su música, lo valoras de otra manera, más completa.

Aunque también está muy bien enfrentarse a una obra sin conocer mucho. Hay veces que has conocido algo que te ha dejado una huella emocional muy grande y al revés, no quieres saber más porque ese impacto permanece ahí de una forma indeleble… eso también me ha pasado muchas veces. Por ejemplo, a Bowie lo he seguido siempre, pero ha llegado un momento en el que ya me he dado cuenta de que no necesito saber más, ni escudriñar más en su vida. Con lo que tengo, con sus discos, me basta para transportarme a otro sitio… aunque bueno, es verdad que yo de Bowie conocía muchas cosas, tenía mucha información.

-¿Qué lugar crees que ocupas en el pop español?

Para algunos soy un personaje de culto, pueden haber llegado un poco más a quién soy yo, pero para otra mucha gente soy eso, un personaje de la movida cuyo nombre les puede sonar más o menos pero que realmente no saben absolutamente nada de mí ni de mi obra.

Como creadora me considero bastante buena y lo digo porque lo creo así. Lo que digan los demás corresponde a cada uno y supongo que habrá todo tipo de opiniones. Soy muy pudorosa con el trabajo que hago y creo que en cada momento de mi vida las canciones que he ido haciendo eran lo que en ese momento sentía, lo que me pedía el cuerpo y nunca he hecho nada por otras motivaciones. No tengo ningún disco que diga “esto es pura paja”, porque cuando me he cansado de una situación porque no estaba cómoda, como cuando me fui de Hispavox, pues cogí y me marché, nadie me echó, ni me han echado nunca de ningún lado, y las etapas en las que no me he visto sacando discos por lo que sea, pues no lo he hecho. A ese nivel me considero una artista absolutamente libre. Lo que he hecho ha sido siempre porque he querido y, claro, he podido hacerlo. Llevo muchos años autoeditándome. Toda mi vida, salvo la etapa de Hispavox, y de eso hace ya muchísimo tiempo.

– Tu vida ha sido hasta ahora azarosa y con muchos golpes muy duros, pero te sueles mostrar optimista, ¿Te sientes afortunada?

Me siento muy afortunada, porque todo lo que me ha pasado lo he elegido yo, aunque fueran errores, pero son errores que asumo porque forman parte de la vida de cualquiera. Mi camino lo he elegido siempre y, bueno, en el balance que puedo hacer, al menos hasta ahora, veo eso, que he tenido el privilegio de elegir y no me puedo quejar. Además, creo que siempre he tenido bastante intuición para elegir mis compañeros de viaje, que, en general, me han aportado muchísimo y si en algún caso concreto no ha sido así, pues me ha hecho sufrir, pero también me ha hecho aprender esa lección. La verdad es que siempre he sabido mirar el lado positivo, porque al final la vida es un constante aprendizaje; yo me muevo mucho por impulsos, por intuición, y eso resulta cada vez más fácil según vas aprendiendo. Me fío mucho de mi intuición y creo que si analizara todo racionalmente todo el rato sería una infeliz.

– Esa vida feliz arranca entrando en la música pop, ¿cómo apareces en esa escena?

Por mis hermanos. Tengo dos hermanos que son un año y dos años mayores que yo y, claro, siendo de familia numerosa pues te fijas mucho en lo que tienes por delante de ti: lo que hacen, la música que escuchan, lo que han hecho el día anterior, dónde han estado, qué es lo que están descubriendo… Gracias a ellos fui descubriendo libros, música, poesía… cosas que a los dieciséis o diecisiete años son muy importantes. Entonces era una esponja y lo absorbía todo. Mas de niña, la primera puerta a la música me la abrió mi madre, porque fue la que me dio la posibilidad de empezar con el piano.

Ana Curra. Foto: Jesús Pastor.

– Claro, porque estudias piano clásico desde niña, ¿cómo encajas esa formación ortodoxa con meterte en un grupo como Alaska y los Pegamoides?

Era un poco chocante, claro, porque la gente no lo entendía. La gente del ámbito clásico no entendía que yo estuviera con cuatro chalados que desafinaban y que no sabían poner un acorde en la guitarra. Esa incomprensión y esa falta de respeto, en realidad, a algo que estaban haciendo otros, pues a mí me fastidiaba. Yo era un caso raro, porque con Alaska y los Pegamoides enseguida empezamos a salir en los medios y todo eso, y cuando me saqué las oposiciones en el conservatorio, muy jovencita, hacía las dos cosas y eso no se entendía. Iba al conservatorio con mis pintas y nadie entendía nada, pero para mí era algo natural porque me gustaban las dos cosas y no me parecía que fueran incompatibles, ni mucho menos. A mí la música clásica me aportaba muchísimo y había muchísimos músicos que me fascinaban, pero la otra faceta era vivir mi momento, que es algo muy importante para cualquier persona, sobre todo a esa edad.

– ¿Vivías con la misma intensidad la música clásica y el pop?

La música clásica me ha salvado la vida muchísimas veces… te pones al piano contigo misma o te pones unos auriculares y escuchas cualquier obra de Mozart o de Bach, y te cambia el ánimo. Como con una canción de pop que te guste mucho. Al final son formas distintas de una misma cosa, que es el arte.

– ¿Y cómo encajaban los Pegamoides que fueras pianista de conservatorio?

Me entendía perfectamente con ellos. Era otro lenguaje, claro, pero uno que yo podía comprender perfectamente: “repetimos esto cuatro veces y volvemos a lo que hicimos antes” o lo que fuera. Era todo muy natural. Pero sí eran conscientes de que yo sabía cosas que ellos no conocían, claro. Recuerdo que el ep de Horror en el hipermercado, que lo produjo Luis Cobos, decía Nacho: “Aquí pone que lo ha producido Luis Cobos, pero la que lo ha producido de verdad ha sido Curra”. Yo no es que produjera, pero daba opiniones con más base musical que ellos, y eso les parecía muy bien, claro. Pero vamos, que yo no sabía ni cuál era exactamente la labor de un productor. Lo único que quería era que quedara lo mejor posible.

– ¿No te resultaba incómodo que sonarais desafinados, que la propia Olvido desafinase, como pasaba a menudo?

¡Qué va! Para mí eso era lo de menos; lo importante es que estábamos haciendo cosas, que lo pasábamos muy bien, porque, claro, veníamos de una época muy oscura y muy difícil para todo el mundo y, sobre todo, para la gente joven. A mí me atraía la audacia que suponía montar un grupo sin tener ni idea, era maravilloso.

No tenía ningún problema en ponerme musicalmente a su nivel, y disfrutaba como una enana porque, mientras ellos tenían que estar mirando a la guitarra para poner el acorde en su sitio, yo podía estar mirando al público, bailando, divirtiéndome… porque no tenía ninguna complicación técnica, claro.

– Toda esta época se mitifica y se desprecia casi por igual, pero siempre la has defendido como un momento muy singular y muy valioso.

A mí lo que más gracia me hace es cuando empezaban a salir libros, artículos muy sesudos y un montón de gente que opinaba casi pontificando y tú no sabías ni quiénes eran esos, ni los habías visto en tu vida en un bar o en un concierto. Me parece que ha habido mucha gente muy aprovechada, pero lo cierto es que cuando pasa el tiempo, y, obviamente, de esa época han pasado ya varios ciclos generacionales, ya tienes muchos elementos para referenciar. Entonces, lo puedes ver con perspectiva y es cuando las cosas se ponen cada una en su sitio. Y creo, realmente, que La Movida, o como lo quieras llamar, queda en un sitio de honor en la historia social y cultural de España. Esa época, desde el punto de vista social, político, cultural, es muy especial y muy importante para nuestro país. Acababa de terminar la dictadura, era el comienzo de la transición y todo emerge con una fuerza y con una electricidad que no se habían dado antes. De repente se dieron todos los ingredientes para que se diera un momento verdaderamente especial, de mucha luz, de mucha vida, de mucha magia… el que no quiera verlo así, pues allá él, pero no me parece bien que gente que no estaba allí niegue o desprecie ese movimiento de un montón de gente que se puso a hacer cosas con mucha energía y mucha creatividad.

– Una de las críticas que suelen hacerse es que los grupos tocabais mal, quizá porque no había una tradición sólida musical, como sí había en Estados Unidos o Inglaterra, pero seguramente esa falta de tradición fue la que propició que los grupos fuerais tan originales, ¿no?

Estoy muy de acuerdo con eso. Entonces conocíamos muy pocas cosas y teníamos acceso muy limitado a otras que pudieran servirnos de influencia. En realidad, casi no teníamos a quien copiar, por lo que acabaron resultando un montón de grupos muy originales, con un sonido muy personal. Si piensas en grupos como Derribos Arias, Radio Futura, Décima Víctima o Alaska y los Pegamoides y Parálisis Permanente, ves que todos son diferentes, no tienen nada que ver unos con otros y son todos buenísimos. Cada uno tenía su sonido porque realmente apenas te podías comprar equipo; en Madrid había una tienda o dos y te podías comprar la guitarra que había… yo fui a Leturiaga, pedí un sintetizador y me lo tuvieron que traer de fuera porque aquí no existía. Yo creo que fue el primer Korg que hubo en España. Aparte de lo que te costaba ahorrar para poder comprarlo, claro. La gente aprendía a tocar la batería en su casa con dos bolígrafos y una caja de galletas… esa precariedad, esas carencias tuvieron mucho que ver, creo yo, con la originalidad del sonido y las ideas de todos esos grupos.

Ana Curra. Foto: Pablo Pérez-Mínguez.

– Da la sensación de que nunca te has sentido muy cómoda con el éxito comercial y lo que eso supone.

Bueno, eso es que depende un poco de las personas con las que estés trabajando. Si vas a una discográfica, ellos tienen ya una imagen predeterminada de lo que quieren que seas, aunque eso no sea verdad. Cuando vas a hacer promoción de un disco pues hay cosas que están bien, que son lógicas y que haces con gusto, porque es parte de tu trabajo, pero hay otras cosas que no tienen nada que ver contigo porque quieren intentar vender una cosa que tú no eres en realidad. Hay gente que lo hace muy bien y que es muy obediente y que está dispuesta a hacer lo que les pidan, sea lo que sea, pero a mí eso me cuesta mucho. Yo me he sentido a veces muy ridícula, lo pasaba mal.

Recuerdo cuando querían convertirme en una especie de Madonna española… ¡pero si yo me sentía muy por encima de Madonna! Ella podía ser la más famosa del mundo y lo que quieras, pero, por ejemplo, yo escribía mis propias canciones y ella no. Yo tenía mi propia personalidad y no quería ser una imitación de nadie… Y valoro lo trabajadora que es Madonna, que siempre se lo ha currado mucho y ha montado un emporio y todo eso, pero es que yo tampoco soy así. Yo no soy nada ambiciosa, pero sí sé cómo me quiero peinar, cómo me quiero vestir y qué es lo que quiero hacer.

– Y eso casi nunca ha coincidido con lo que la industria podía esperar de ti.

Pues no sé muy bien… la verdad es que en aquella época -en 1985, cuando, después de la disolución de Seres vacíos, sacó su primer disco en solitario- hice unas canciones muy redondas, de las que estoy super orgullosa… eran canciones que podían triunfar, y con eso no tenía ningún problema. Lo que pasa es que había sitios a los que me llevaban o cosas que me proponían que yo me decía, “¿pero esto qué es?, ¿Qué pinto yo aquí?” No sé, supongo que yo soy de otra manera, que estoy hecha de otra pasta. También lo he pensado muchas veces. Con lo cómoda que estaría yo dejando que me llevasen todo sin tener que ocuparme… pero claro, lo que pasa es que lo que quieren hacer esas otras personas no tiene nada que ver contigo y con lo que tú quieres hacer.

– ¿Qué relación tienes con tus canciones? ¿Te llevas igual de bien con todas ellas?

Sí, porque todas las canciones están perfectamente ubicadas en su contexto y tienen su sentido en cada momento. Creo que todo mi repertorio tiene absoluta coherencia. Lo artístico tiene que ser coherente con lo personal, y en mi caso es así.

– ¿Tienes alguna canción favorita?

Para mí, la última siempre es mi favorita, porque hago música para mí; no pienso en nadie más, sino en que me guste a mí, y eso hace que con cada cosa que esté haciendo en ese momento esté más ilusionada que con cualquier otra canción anterior, por mucho que me puedan gustar. Ahora mi favorita es Afrodita La Monarca, que todavía no ha salido, y antes de ésta la mejor para mí era Hiel, que creo que es la mejor canción que he hecho.

– Y, de las que te piden cuando tocas en directo, ¿hay alguna que no te guste tocar?

No, la verdad es que me siento a gusto con todas… quizá hay alguna canción de Parálisis Permanente, de la primera época, un poco demasiado sencilla, muy de carril, así en plan punk, que cuando la has tocado mucho te aburre seguir haciéndola. No me estoy refiriendo a Autosuficiencia o a Unidos o a El Acto, que son canciones que tienen otra envergadura, sino a otras, más elementales, que no dan más de sí, y que después de tantos años pues prefiero no tocarlas. Pero tampoco me cierro en banda; a lo mejor de repente me acuerdo de alguna de esas, me hace gracia y la vuelvo a incorporar. Afortunadamente tengo canciones para cambiar el repertorio todo lo que quiera. También depende mucho de la banda con la que esté tocando en cada momento. Hay canciones que encajan muy bien y otras que no.

-Tu carrera no es precisamente convencional.

No, porque tengo mi trabajo, con mis alumnos de piano, y no puedo dedicar todas las horas del día a tocar en el local de ensayo y a hacer canciones. Me tomo mi trabajo muy en serio, porque me parece que es super divertido y sales mucho más contenta cuando te entregas de verdad que cuando te lo tomas como un trámite con el que tienes que cumplir. Cuando te entregas, y te pones en el mismo plano con tu alumno o con tu alumna, como todos son distintos, pues al final es muy enriquecedor. Te obliga a estar al día en música, a ponerte las pilas todo el rato. Hay gente a la que le vale con las tres piezas de siempre y no va más allá, pero a mí eso me parece un coñazo. Todos hemos tenido profesores de ese tipo, pero creo que también todo el mundo ha tenido al menos un profesor en su vida que le ha abierto un montón de puertas y que le ha cambiado la vida. Me esfuerzo en ser ese tipo de profesora.

Mi carrera musical está condicionada por mi trabajo, pero estoy cómoda con que eso sea así, porque me permite ser totalmente libre y hacer las cosas absolutamente a mi manera. Para mí tiene que haber una necesidad de querer decir algo. Lo que nunca me ha movido ha sido la ambición de estar siempre ahí, en primera fila o queriendo ganar mucho dinero. En ese sentido, no tengo esa tiranía que tienen otros artistas, que tienen que estar siempre sacando discos o haciendo conciertos porque si no les olvidan. A mí me la suda que me olviden, francamente.

– Acabas de citar Hiel, una canción muy ambiciosa y muy profunda…

Es como si fueran tres o cuatro canciones en una, pero no sé muy bien cómo ni por qué es así, porque simplemente me fui guiando por cómo iba avanzando la canción, sin tener una idea muy clara de lo que quería hacer. Es una canción con un montón de elementos, de planteamientos e ideas… va sobre las aberraciones que cometemos a menudo, sobre la prepotencia de la especie humana y sobre cómo un virus como el que hemos padecido nos lleva de pronto al traste, con toda nuestra superioridad. También sobre cómo se ha gestionado todo, la política, la respuesta de la sociedad y, sobre todo, lo necios que somos y cómo hemos tratado a nuestros mayores, que son lo más valioso que tenemos y los hemos despreciado, dejando que se muriesen sin que pareciera que eso tuviera importancia. Eso me pareció terrible y profundamente triste. De hecho, la canción es un homenaje a esa generación, especialmente a los que han muerto en las residencias durante la pandemia, y una llamada de atención, porque estoy convencida de que las cosas se podrían haber hecho de otra manera y no tendría por qué haber muerto tantos mayores de esa forma.

– No es una canción optimista precisamente.

No, claro, pero creo que es una canción conmovedora porque muestra la realidad de lo que somos. El que no haya sacado conclusiones de la pandemia es porque no ha querido, porque ha sido una lección y ha supuesto una ocasión para que todos reflexionemos. Mi conclusión en Hiel es que el mundo va a seguir girando a lo loco hacia el abismo, sin haber aprendido nada… es lo que hay.


Alaska y los Pegamoides. Horror en el hipermercado.

Alaska y los Pegamoides. Bailando

Parálisis Permanente. El Acto

Parálisis Permanente. Quiero ser santa

Parálisis Permanente. Unidos

Seres Vacíos. Los celos se apoderan de mí

Seres Vacíos. Luna nueva

Ana Curra. Una noche sin ti

Ana Curra. Rien de rien

Ana Curra. Hiel

Ramón Andrés, Premio Nacional de Ensayo

Publicado por Carlos en En Ensayo,Premios | Sin comentarios

Ramón Andrés es ensayista, pensador y poeta. Entre 1974 y 1983 ejerció su primera actividad profesional como cantante, principalmente centrado en el repertorio medieval y renacentista, con instrumentos antiguos. Actuó en numerosos lugares y festivales de España y Francia, y en 1981, patrocinado por el Ministerio de Asuntos Exteriores, ofreció conciertos en ciudades como París, Copenhague, Londres, Múnich, Viena y Nápoles, entre otras. En 1983 creó un departamento pionero de música antigua en una escuela musical de Barcelona, donde impartieron clases maestros como Bob van Asperen, Robert Clancy y Hopkinson Smith. Desde 1988 ha centrado su trabajo en la escritura y el mundo editorial.

[21]

Lector en la Universidad de Nápoles en los años 1988 y 1989, ha sido asesor, colaborador y director de numerosos proyectos editoriales, a menudo relacionados con la divulgación musical. En 2002 comenzó a dirigir la colección ‘De música’, de la editorial Paidós. Coordinador del consejo editorial de la revista de música antigua Goldberg (2004 – 2007), fue miembro fundador de Archipiélago. Cuadernos de crítica de la cultura (1987-2009). Ha publicado en revistas como Humanitas, Ínsula, Nexus, Pasajes, además de la mencionada Archipiélago. Ha escrito textos discográficos para los sellos Harmonia mundi [France] y Ensayo, y programas para el Teatro Real de Madrid y el Teatro de la Ópera de Bilbao.

Ha escrito libros sobre música y literatura, como el Diccionario de instrumentos musicales. Desde la Antigüedad a J.S. Bach y Wolfgang Amadeus Mozart, entre otros, además de la edición de Oculta filosofía. Razones de la música en el hombre y la naturaleza, de Juan Eusebio Nieremberg, y otras ediciones de clásicos, de ensayos y de libros de poesía. También ha traducido, entre otros, Bajo el bosque lácteo de Dylan Thomas y Los caracteres de Jean de La Bruyère.

En 2015 ganó el Premio Internacional Príncipe de Viana de la Cultura por su trayectoria intelectual y literaria. Desde 2017 es académico correspondiente de la Reial Acadèmia Catalana de Belles Arts de Sant Jordi.


No se pierda este artículo dedicado al galardonado de nuestro compañero Luis Pardo:

Atención, un sabio: Ramón Andrés [22]

Jurado

El premio, concedido por el Ministerio de Cultura y Deporte, está dotado con 20.000 euros. Su jurado ha estado presidido por María José Gálvez, directora general del Libro y Fomento de la Lectura, actuando como vicepresidenta Begoña Cerro, subdirectora de Promoción del Libro, la Lectura y las Letras Españolas. Como vocales han participado María del Carmen Riera, designada por la Real Academia Española; Mercedes Queixa, por la Real Academia Galega; Miren Maite Billelabeitia, por la Euskaltzaindia; Joandomènec, por el Institut d’Estudis Catalans; Manuel Ángel Vázquez, por la Conferencia de Rectores de las Universidades Españolas (CRUE); Miguel Ángel Serrano, por la Asociación Colegial de Escritores de España (ACE); Pilar Castro, por la Asociación Española de Críticos Literarios; Luis Menéndez, por la Federación de Asociaciones de Periodistas de España (FAPE), y Jordi Gracia por el Ministerio de Cultura y Deporte.

Felipa Jove y el matrimonio Jorge Pérez y Darlene Boytel-Pérez, Premios Iberoamericanos de Mecenazgo

Publicado por Silvia en En Artes Visuales,Coleccionismo,Premios | Sin comentarios

En 2011, el Pérez Art Museum of Miami (PAMM) [23] se convertía en el primer gran museo estadounidense en llevar el nombre de un hispano, tras la donación de Jorge Pérez -en obra y recursos- orientada al saneamiento económico de la institución y a su relanzamiento, con la incorporación de un nuevo edificio diseñado por Herzog & de Meuron.

Por su parte, Felipa Jove preside la Fundación María José Jove [24], que, constituida en 2003, cuenta en su colección con más de 600 obras, entre las que destacan piezas de maestros como Picasso, Léger, Miró, Dalí, Kandinsky, Louise Bourgeois, Kiefer o Gormley.

La ceremonia de entrega de estos galardones se llevará a cabo el 21 de febrero de 2022 en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando que, junto con una gala benéfica a favor de su Programa de Conservación y Restauración, pondrá fin a una serie de encuentros los días 19, 20 y 21 y en los que participarán figuras del mundo del arte como el escultor Tony Cragg o el actual director del Metropolitan Museum de Nueva York, Max Hollein.

Los Premios Iberoamericanos de Mecenazgo [25] tienen como misión promover este tipo de patrocinio a través del ejemplo de grandes mecenas que, desde la humildad y la generosidad, comparten su experiencia para inspirar a otros a través de su ejemplo. Impulsados por Fundación Callia [26], a lo largo de sus siete ediciones se han convertido en la referencia internacional del mecenazgo, con galardonados como Patricia Phelps de Cisneros, el duque de Alba, -Carlos Fitz-James Stuart-, Carlos Slim, Daniel y Estrellita Brodsky o Philippe de Montebello, contando desde 2019 con la Presidencia de la Reina Doña Sofía.

Compromiso con el arte

Estos galardones, que nacieron con la idea de ser una incubadora de nuevos mecenas, congregan cada año a más de cien grandes empresarios de Iberoamérica en torno al compromiso social con el arte. Para su presidenta, Carmen Reviriego, «la sociedad actual necesita más que nunca de líderes con convicciones éticas y morales que muestren la valentía de actuar de acuerdo con arreglo a las mismas. En una sociedad desasosegada, el mecenas es portador de unos valores que, a través del compromiso con el arte, contribuyen a construir una sociedad más sensible, humana, solidaria, justamente en tiempos donde la maravilla tecnológica necesita como nunca el contrapunto humano y ético».