La obra de Catharine Titi y Katia Fach Gómez parte de una constatación tan simple como perturbadora: buena parte del patrimonio que hoy admiramos en los grandes museos occidentales llegó allí a través de procesos «profundamente asimétricos». Conquista, expolio, abuso de poder, silencios administrativos y narrativas legitimadoras conforman el subsuelo sobre el que se levantan muchas de las instituciones culturales más prestigiosas del mundo. El mérito de su ensayo no reside solo en señalar esta evidencia —ya conocida, a menudo ignorada—, sino en reconstruirla con precisión quirúrgica y devolverle densidad histórica, jurídica y humana.
Lejos del juicio fácil, las autoras optan por un método paciente: seguir la biografía de seis conjuntos de obras icónicas, rastrear su salida del lugar de origen, analizar los argumentos que justificaron su apropiación y confrontarlos con las demandas de restitución que aún hoy siguen abiertas. Cada caso funciona como una grieta por la que se filtra una misma pregunta de fondo: ¿a quién pertenece el arte cuando su posesión se construyó sobre la violencia o el desequilibrio?
Los mármoles del Partenón inauguran este recorrido como paradigma de una fractura aún sin resolver. La historia de su extracción, mutilación y dispersión revela hasta qué punto el discurso de la “salvación” patrimonial puede operar como coartada. El relato desmonta, con datos y documentos, la idea de que la descontextualización fue un gesto altruista, y muestra cómo la fragmentación física del monumento implica también una pérdida intelectual y simbólica. No se trata únicamente de dónde están las esculturas, sino de qué significa dividir un cuerpo arquitectónico que fue concebido como unidad.
El tono se vuelve más íntimo —y más perturbador— en el episodio del príncipe etíope Alemayehu. Aquí el arte deja de ser objeto para entrelazarse con un cuerpo humano, con una vida arrancada de su lugar y reconvertida en curiosidad imperial. La restitución ya no se plantea solo en términos patrimoniales, sino como una cuestión de dignidad, memoria y reparación. La negativa a devolver sus restos expone con crudeza los límites éticos de ciertas tradiciones institucionales cuando se enfrentan a su propio pasado.
[1]Los bronces de Benín introducen una inflexión decisiva: el paso del bloqueo a la posibilidad. En este caso, la restitución deja de ser una aspiración retórica para convertirse en proceso real, aunque aún incompleto. Las autoras muestran cómo la presión diplomática, el cambio de sensibilidad social y la voluntad política han abierto fisuras en un sistema que parecía inamovible. Sin idealizar los gestos de devolución, el análisis subraya su potencia simbólica y su capacidad para reconfigurar las relaciones entre antiguos imperios y sociedades expoliadas.
El busto de Nefertiti encarna otra forma de resistencia, la del icono convertido en emblema nacional ajeno. Su historia está atravesada por el engaño administrativo, la fascinación estética y el interés económico. La obra ya no es solo una reina egipcia, sino un espejo donde se reflejan los límites del internacionalismo cultural cuando entra en conflicto con el deseo de posesión. La pregunta que sobrevuela el capítulo es incómoda y persistente: ¿por qué algunos objetos parecen demasiado valiosos para ser devueltos?
Los casos de Indonesia y Java, menos presentes en el imaginario europeo, aportan una dimensión crucial al conjunto. Muestran que la restitución no es un fenómeno excepcional ni anecdótico, sino una práctica posible cuando existe voluntad y reconocimiento del daño causado. En estos episodios, el derecho deja de ser un escudo defensivo para convertirse en herramienta de reparación.
El gran acierto de Arte secuestrado reside en su capacidad para entrelazar disciplinas sin perder claridad ni rigor. El derecho internacional dialoga con la historia, la ética museística con la memoria colectiva, la diplomacia cultural con la experiencia de las comunidades desposeídas. El resultado es un ensayo que no dicta sentencias, pero tampoco se refugia en la ambigüedad. Invita a mirar de nuevo, a interrogar lo que parecía incuestionable y a aceptar que la neutralidad cultural es, en muchos casos, una ficción cómoda.
Este libro no propone vaciar los museos ni clausurar el acceso al patrimonio compartido. Propone algo más exigente: asumir que el arte no es solo herencia, sino también responsabilidad. Que la belleza no exonera de la historia. Y que quizás ha llegado el momento de escuchar lo que esas obras, arrancadas de su lugar, llevan siglos intentando decirnos desde el silencio de las vitrinas.
Arte secuestrado. Los mármoles del Partenón, el penacho de Moctezuma y otras historias ocultas de nuestros museos [1]. Catharine Titi y Katia Fach Gómez. Península. 320 páginas. 20,90 euros.