En realidad, todo esto pasa porque “no hay mayor cotilla que el arte, todo lo mira, todo lo registra. A veces por encargo, otras por pura obsesión del artista, otras -las mejores- sin darse cuenta de que estaba dejando constancia de una enfermedad siglos antes de que la medicina supiera darle nombre”. Son palabras de Álvaro Carmona, divulgador científico y especialista en Medicina Molecular, incluidas en su libro Le seré sincero, no pinta bien. Un viaje a través del arte y la enfermedad. [3]
Cualquier excusa es buena para revisar o descubrir grandes pinturas. Si además la invitación te la sirven con rigor, atinadas reflexiones y sus gotitas de humor, el regalo es impagable. Aparte de poner el foco en pieles demasiado blancas, cabezas demasiado grandes, miradas demasiado inquietantes o pezones demasiado hundidos, Carmona no se olvida de los propios pintores en su condición de enfermos y en cómo eso marcó su obra: hablamos de la artritis de Miguel Ángel o Renoir, de la sordera de Goya, el estrabismo de Rembrandt, los problemas mentales de Van Gogh o las cataratas de Monet y Turner. Entre tanta creación memorable, hemos seleccionado 10 pinturas que abarcan patologías y estilos distintos. Pasen y vean.
La columna rota

Busqué este cuadro de 1944 mientras rumiaba que no podía faltar en un libro como éste: Frida Kahlo (1907-1954) se fracturó la columna vertebral siendo muy joven y el dolor se convirtió desde entonces en un terrible compañero de vida. Dicen que dijo: “Intenté ahogar mis dolores, pero ellos aprendieron a nadar”. Nadaban y nadaban y ella los iba pintando en una suerte de diario dibujado hecho a base de autorretratos, que es también la crónica de una superviviente y que han hecho de ella un icono del arte del siglo XX. La pintura como catarsis o, como decía Van Gogh, “el arte es un consuelo para aquellos que están rotos por la vida”.
Muerte y fuego

Tod und Feuer (Death and Fire), 1940, oil on distemper on jute, Zentrum Paul Klee, Bern.
La esclerodermia es una enfermedad rara, autoinmune, que provoca un visible endurecimiento de la piel y de puertas adentro rigidez en los pulmones, el corazón o los riñones. La piel se tensa y cuesta mucho tragar o respirar. En tan terribles condiciones estaba el pintor suizo-alemán Paul Klee (1879-1940) cuando pintó esta cara cuya boca es una T, uno de los ojos es una O y el otro ojo se junta con la nariz formando una D invertida. Tod es muerte en alemán. ¿Y el fuego? “De la cabeza surgen llamas rojas que simbolizan la quemazón dolorosa provocada por la enfermedad en su cuerpo, mientras que en un área gris debajo parece evocar el descanso que solo la muerte podría ofrecerle como liberación”, escribe Carmona.
La noche
Con este cuadro de Michele di Ridolfo del Ghirlandaio (1503-1577), que uno puede contemplar si a su paso por Roma visita el Palacio Colonna, empezó Carmona a concebir este recorrido por la enfermedad en el arte. Con experiencia en la investigación de la patología molecular del cáncer, reparó en la deformación de uno de sus pechos y cierta retracción del pezón, señales de un posible cáncer de mama que había visto y estudiado como profesional y que ahora estaban ante él en una pintura del siglo XVI. Su visión impresiona, aunque haya pinturas más célebres, como La Fornarina de Rafael o Las tres Gracias de Rubens, a las que de forma retrospectiva también se les ha diagnosticado el tumor más común hoy en la mujer.

Michele Tosini. «La notte», ca. 1555-65 (Roma, Galleria Colonna).
El charlatán sacamuelas
Habrá veinte mil problemas de salud peores que un dolor de muelas, pero pocas pinturas, sin grandes chorros de sangre, resultan más insoportables que ésta del belga Theodor Rombouts (1597-1637). Si ya es un trago ir al dentista en la actualidad con anestesias potentes y profesionales formados, imaginemos el pavor del que se ponía en manos de un sacamuelas como el del cuadro que, encima, lucía en el cuello un collar hecho de dientes y tenía más de showman que de entendido en encías. Reconozcamos una cosa que no ha cambiado tanto: mirar los aparatejos de entonces da miedo, pero mirar el sofisticado instrumental que hoy gastan los dentistas sigue dando miedo.

Theodoor Rombouts. «El charlatán sacamuelas», ca. 1620-1625. Madrid, Museo Nacional del Prado.
El bufón el Primo

Diego Velázquez. «El bufón el Primo», 1644. Museo Nacional del Prado.
La acondroplasia, una de las principales causas de enanismo, es resultado de una mutación genética en el receptor del factor de crecimiento fibroblástico (FGFR3) que afecta al desarrollo normal de los huesos. Y Sebastián de Morra, que presentaba las características propias de la acondroplasia, no solo fue uno de los bufones de Felipe IV. Fue -o mejor dicho: es- el protagonista de una de las miradas más tremendas del arte español. Mérito suyo, claro, pero también de Diego Velázquez (1599-1660) que le pintó “con la misma destreza con la que se habría inmortalizado a un gran dignatario (…) una mezcla de dignidad y desafío, que parece decirnos, sin palabras: ‘Estoy aquí, ¿qué problema tienes?’”. Una de esas miradas retadoras que, como la de Inocencio X que el genio sevillano pintó solo cuatro años después, no se olvidan nunca.
San Francisco de Borja y el moribundo impenitente

Francisco de Goya. «San Francisco de Borja y el moribundo impenitente» (1788). Catedral de Valencia.
De un genio a otro. Ahora Francisco de Goya (1746-1828). Quien se ha cruzado con este cuadro y tiene ya una cierta edad lo sabe: imposible no acordarse de la película El exorcista. Se planta uno ante esa pintura y en tu cabeza empieza a sonar el piano inquietante de las Tubular Bells de Mike Oldfield. Y, sin embargo, aquí no está el antecedente de la niña Regan de aquel clásico del terror, poseída por el demonio y sufriendo efectos paranormales. Para un médico como Carmona, estamos ante un cuerpo que convulsiona y echa espuma por la boca, sí, pero no por llevar a Satanás dentro, sino por acusar el tipo de descarga neuronal sin control que es propia de una epilepsia. Una enfermedad neurológica que afecta a millones de personas en el mundo y que aún hoy en algunos sitios sigue envuelta en mitos y supersticiones. Escribe Carmona que Goya, “con ese ojo clínico disfrazado de pincelada grotesca, nos deja una advertencia más profunda: no son los demonios los que matan al impenitente sino la ignorancia de una época que confunde enfermedad con herejía”.
La extracción de la piedra de la locura

El Bosco. «Extracción de la piedra de la locura» (1500). Museo Nacional del Prado.
Como no hay dos sin tres, vamos con otro de los genios que reina en el Prado: el Bosco (1450-1516). En una tabla de apenas medio metro, retrató el escasísimo rigor médico con que se intentaba ayudar a personas con problemas de salud mental en la transición de la Edad Media a la Moderna. Si tu comportamiento denotaba que algo iba mal, tenías muchas papeletas de que algún insensato te perforara la cabeza pensando que lo mejor para ti era liberar alguna presión física dentro del cerebro. Aquí cada personaje compite por ser más ridículo. Carmona nos recuerda que el mensaje que acompaña la obra (“Maestro, quítame la piedra, mi nombre es Lubbert Das”) tiene su miga porque Lubbert Das es el nombre de un bufón que representa al hombre común. Dicho de otro modo: “Con esta inscripción, el Bosco nos hace un guiño irónico, dejando claro que el personaje central podría ser cualquiera de nosotros, siempre dispuestos a creer en remedios milagrosos sin cuestionar su lógica”.
Retrato de Carlos II

Juan Carreño de Miranda. «Carlos II», ca. 1680. Museo Nacional del Prado.
Cuesta creer que haya algún retrato que refleje mejor un fin de raza que este cuadro de Juan Carreño de Miranda (1614-1685). Si mientras miras la pintura alguien te fuera diciendo al oído que este rey, el último de los Austrias, era un tipo frágil, enfermo, débil, moldeable, limitadito, etc., lo normal es que vayas asintiendo sin rastro de duda. Carlos II, el Hechizado, mostró una falta de energía intelectual y física que no respondía a un acto de embrujamiento (¡que no, que no estaba hechizado!), sino a cuestiones más terrenales. La autopsia consignó que tenía la cabeza llena de agua, lo que médicamente se denomina hidrocefalia, una acumulación de líquido que comprime el tejido cerebral y afecta al desarrollo físico y cognitivo. Blanco y en botella hoy, pero no tanto hace cuatro siglos.
El triunfo de la muerte
Una de esas obras en las que uno puede quedarse descubriendo detalles escabrosos durante horas. Una estampa de Pieter Brueghel el Viejo que, en su dramatismo, con treinta muertos vivientes por metro cuadrado, no tiene mucho que envidiar a superproducciones como Guerra Mundial Z. Este infierno en la tierra, con esqueletos que no tienen piedad, es un paisaje inspirado en las consecuencias que dejó la peste negra, que se llevó por delante a media población europea. Normal teniendo en cuenta que aquellos médicos que lucían máscaras con forma de pico eran bastante ineficaces y daban casi más miedo que la propia infección. Carmona advierte: “Hoy podemos mirar estas representaciones con la comodidad de saber que tenemos antibióticos y medidas de higiene que nos protegen de pandemias tan catastróficas, pero si algo nos ha enseñado la historia es que siempre hay un nuevo microbio esperando su momento de gloria”.

Pieter Brueghel el Viejo. «El triunfo de la muerte» (1562). Museo Nacional del Prado.
La mirada de las dos mil yardas

Thomas C. Lea III. «That Two-Thousand Yard Stare», 1944. World War II. Army Art Collection, U.S. Army Center of Military History.
Mencionábamos arriba la mirada de Sebastián de Morra, bufón de Felipe IV, para destacar la humanidad que hay detrás. La de este soldado que pintó el corresponsal de guerra estadounidense Tom Lea (1907-2001) muestra justamente lo contrario: la ausencia absoluta de humanidad como si la hubiera extraviado en algún punto de la batalla. Médicamente, estamos ante una reacción aguda al estrés. Es la mirada vacía que se queda cuando el dolor y la muerte dejan su huella más profunda; la de un soldado de la Segunda Guerra Mundial, resultado de un agotamiento psicológico extremo que, como nos recuerda Carmona, también aparece fuera del ámbito bélico: podemos encontrarla “en los ojos cansados del personal sanitario tras una guardia interminable después de haber perdido a un paciente o en las manos temblorosas de un rescatista después de días tratando de salvar vidas tras un terremoto o un tsunami”.
Le seré sincero, no pinta bien
Álvaro Carmona
Editorial Crítica
288 páginas
22,90 euros