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El accidente de Palomares (a través de los ojos de un médico rural)

Los años sesenta del pasado siglo fueron un tiempo de paradojas y contradicciones en España. Así, mientras el Gobierno del general Franco daba premios de natalidad y regalaba casas o ayudas económicas a las familias numerosas, la píldora anticonceptiva circulaba de manera clandestina y cada vez había más médicos que se prestaban a recetarla bajo el pretexto de regular el ciclo menstrual o de paliar algún trastorno hormonal.

A pesar de que los mozos comenzaron a dejarse la melena y las mozas a soltársela, sobre todo desde que el NO-DO difundió la imagen de los Beatles bajándose del avión en el aeropuerto de Barajas para actuar en la Plaza de las Ventas de Madrid, las mujeres todavía necesitaban la licencia marital para abrir una cuenta corriente en un banco, sacarse el carné de conducir o solicitar el pasaporte para viajar al extranjero.

Mientras el campo seguía su vaciado, el desarrollismo, las divisas de los emigrantes y el turismo estaban consiguiendo poco a poco derribar muchos de los tabúes de los sermones y lograban que los principios fundamentales resultaran menos fundamentalistas, propiciando la disolución de no pocas consignas y logrando una cierta desideologización del régimen.

La gente seguía con más interés las peripecias televisivas de Richard Kimble (El Fugitivo) o de Eleuterio Sánchez (El Lute) que las especulaciones acerca de la sucesión a la jefatura del Estado, pues el escepticismo se iba apoderando de casi todo, aunque todo parecía indicar que, después de Franco, no habría otro Franco.

Sin embargo, los sucesos más determinantes de la vida, como las buenas historias literarias, no se buscan, sino que se aparecen como los fantasmas en los sueños, y eso era lo que estaba a punto de ocurrirle a Salvador Corel, el “médico de toda la vida” de Torre Cadima, de quien puede decirse que fue “profeta en su tierra”.

Cuando el viernes 6 de enero de 1966 Salvador se reunió con Carmen, su mujer, y sus cuatro hijos para celebrar la fiesta de los Reyes Magos, no podía imaginar la desagradable sorpresa que el destino les tenía preparada pocos días después. En esta ocasión, la celebración de la epifanía no se llevó a cabo de la manera tradicional en la familia, con la chocolatada, el roscón casero y el intercambio de regalos, siempre cargado con su pizca de incertidumbre, sino de un modo más festivo, como correspondía al aniversario de los veinte años del matrimonio. Ni Carmen mostraba las sienes plateadas, ni Salvador notaba la frente marchita, pero sí es cierto que ambos, como en el tango, sentían que era un soplo la vida y que veinte años no eran nada.

Al día siguiente, en su recién estrenado Renault 4×4, Salvador y Carmen acercaron a sus dos hijos mayores hasta la estación de la Alfoquía, en Zurgena, para tomar el tren hasta Granada, donde realizaban sus estudios universitarios. El domingo, el último día de las vacaciones navideñas, los dos hijos menores tomaron el Alsina con destino a Almería para proseguir sus estudios de bachillerato superior. Después de tres semanas de reunificación familiar, Salvador y Carmen volvían a sus noches solitarias, bajo la luz del primer plenilunio del año.

Una semana más tarde, la tragedia no se convirtió en destino definitivo de pura chiripa, pero cambió más de lo que en apariencia pudiera parecer la vida de Salvador, como también lo hizo con la inmensa mayoría de las gentes de la Axarquía almeriense.

En el amanecer de aquel lunes, 17 de enero de 1966, todo era naturaleza y silencio en la suave redondez del golfo de Almícar, cuyo mar mostraba su quietud como un cristal de cielo. Apenas una lechada de cirros parecía juguetear con el azul celeste del firmamento desde primeras horas de la mañana, pero un rato después se escuchó una fuerte tronada y dos nubes negras, como las alas carbonizadas de un dimitido ángel de la guarda, comenzaron a chorrear una lluvia de fuego y metales, formándose a continuación otra nube, ahora de polvo ceniciento, en forma de corazón deshilachado. Eran exactamente las 10 horas y 22 minutos cuando el cielo se convirtió en un hematoma inabarcable y la atmósfera se llenó de un temblor de aire, como de fin del mundo.

Un bombardero B-52 de las Fuerzas Aéreas estadounidenses, en dirección a Oriente y cargado en su bodega con cuatro bombas termonucleares de un poder destructor incalculable, chocaba en una mal calculada operación de acercamiento con un avión nodriza KC-135, que le iba a abastecer de combustible en pleno vuelo; se trataba de una operación rutinaria que se  venía realizando desde hacía varios años como parte de las acciones tácticas de la llamada “Guerra Fría”. En cuestión de segundos, el B-52 se partió en varios fragmentos, mientras varios de sus tripulantes lograban lanzarse en paracaídas; por su parte, el avión cisterna voló unos instantes más hasta que estalló convirtiéndose en una inmensa bola de fuego.

Como resultado de todo ello, tres bombas cayeron en tierra -dos junto al pueblo de Palomares y una en la desembocadura del río Almanzora- y una en el mar, aunque en las dos bombas más cercanas a la población sí se produjo una cierta fuga de plutonio, desplazada hacia un área deshabitada por las rachas de viento. La cuarta bomba atómica fue a parar al mar y el azar, manejado nunca como ahora por la diosa fortuna, también quiso que quedara intacta al engancharse el paracaídas que la envolvía en el saliente de una gran sima marina.

En medio de un gran despliegue militar para localizar y recuperar los artefactos nucleares, lo que en el argot militar estadounidense se denomina una Flecha Rota, y el mutismo del Gobierno español, la odisea del rescate concluyó casi tres meses después, tras una compleja operación técnica y siguiendo los consejos para su localización de Paco Simón, un sencillo pescador de Águilas, que había asistido atónito al espectacular accidente aéreo mientras faenaba con su barco en el corazón del Golfo de Almícar.

Salvador había retrasado ese día el comienzo de la consulta, ya que había tenido que atender en su domicilio a un paciente en estado grave, a causa de una insuficiencia respiratoria. De vuelta a casa, asistió impresionado desde una balconada de la calle de la Iglesia, desde la que se dominaba toda La Mica, el insólito espectáculo. Cargado con el maletín, corrió todo lo que pudo hasta su casa, prefirió conducir la vespa antes que el coche y veinte minutos después estaba en el lugar del accidente, junto a los lugareños y a las personas que habían ido llegando a Palomares desde los pueblos vecinos, entre ellas el secretario del Ayuntamiento de Cuevas, su amigo Esteban Carrillo, y un par de colegas médicos de la zona, con los cuales colaboró en la prestación no solo de ayuda clínica, sino también psicológica.

Un rato después vio aparecer por el lugar del siniestro a varios de los personajes que se habían ido asentando en la renacida Mojácar, como el arquitecto Roberto Puig, el diplomático Rafael Lorente y los hermanos André y Jaime del Amo, que sirvieron de intérpretes a la llegada de los militares estadounidenses rápidamente desplazados a la zona y proporcionaron información testimonial y gráfica a la prensa internacional durante los días posteriores.

A pesar del mensaje supuestamente tranquilizador de “todo está bajo control” que se lanzaba desde el Gobierno español y el comunicado en el mismo sentido de las autoridades estadounidenses rápidamente desplazadas al lugar, o quizás por ello, Salvador se mostró intranquilo desde el primer momento y, con el tiempo, echaría en falta la realización de investigaciones precisas que arrojaran más luz acerca de los efectos de la fuga radiactiva en los habitantes de la zona, al margen de conjeturas más o menos politizadas.

Salvador nunca dejó de tener una extraña sensación de frustración por no haber sabido -nunca pensó que no había podido- hacer algo más y el recuerdo de aquella mañana de invierno le produjo más de una pesadilla, sobre todo cuando se soñaba atendiendo a alguna de las personas que había reconocido manipulando la “bomba del tío Pedro” (así llamaron al artefacto caído junto a la escuela de Palomares) o buscando pedazos de metal, trozos de avión y retales de paracaídas para llevárselos como souvenir; había veces que se despertaba bruscamente con las sienes zumbándole, mientras pronunciaba: “No es benigno”. Según dejó escrito en su Cuaderno de Vitácora: “En aquellos días de cielo estallado, sin un solo lucero, traté de escribir un poema, un salmo que sirviera de consuelo, pero únicamente me salían palabras con regusto a humo y a plutonio, prosa ennegrecida”.

La contaminación radiactiva registrada en Palomares fue la más grave ocurrida hasta entonces en el mundo desde la última gran guerra. El salpullido de “miedo valiente” de John F. Kennedy y Nikita Kruschev evitó que las hojas caídas de los árboles quedaran sepultadas bajo un manto de ceniza atómica en el tenso otoño de 1962, cuando la crisis de los misiles cubanos. Mientras tanto, en España, el plan de estabilización económica de los tecnócratas comenzaba a dar sus frutos: se oían los primeros “yuspikinguilis” en los bares y en los chiringuitos, mientras que el biquini se extendía por las playas; las compras a plazos y un cierto afán de consumismo eran los símbolos visibles del avance de una clase media cada vez más amplia, progresivamente instalada en la cultura del consumo masivo y el disfrute del ocio, a la que Sofico invitaba a invertir en la Costa del Sol. No podía ponerse en riesgo la que comenzaba a ser la principal fuente de ingresos del régimen por unas cuantas hectáreas contaminadas de radiactividad, sino todo lo contrario.

Por los días que trataba de rescatarse del mar la última bomba atómica, Manuel Fraga, a la sazón ministro de Información y Turismo, inauguraba a golpe de meyba y cámara de NO-DO, el Parador Nacional de Turismo Reyes Católicos de Mojácar y, dos años después, el mismísimo “Caudillo por la gracia de Dios” hacía lo propio con el aeropuerto de Almería. Como en la copla flamenca recogida por Demófilo, todo estaba como tenía que estar: “En la torre está el reloj, / el mochuelo en el olivo, / en mi corazón la pena, / cada cosa está en su sitio”.

Solo así se entiende que el accidente de Palomares no tuviera su guion como el capítulo más terrorífico de la serie Historias para no dormir, que había comenzado a emitir Televisión española bajo la dirección de Chicho Ibáñez Serrador.