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El Camino de Santiago como inspiración

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El correo electrónico apareció inesperadamente en la pantalla de mi ordenador un día del mes de octubre del pasado año. No se trataba de un envío directo, sino que era un mensaje enviado al editor de una revista para la que yo había trabajado en el pasado, pidiéndole, por favor, que, en caso de que se tratara de la persona que estaban buscando (“la señora de cabello rubio y túnica roja y verde, que aparece en la foto de un artículo de su revista, tiene un gran parecido con otra persona de una foto que nosotros tenemos, en la que está junto a una amiga”) me lo hiciera llegar y, a ser posible, me pusiera en contacto con la remitente.

Así lo hizo el editor, pero cuando yo recibí el mensaje reenviado no reconocía el nombre de la persona que lo escribía. Más misterioso aún: el correo había sido escrito y enviado desde Corea del Sur, y había llegado sin más referencia del asunto que una sola palabra: Henny, mi apellido. Intrigada, leí el primer párrafo. La remitente se presentó como Seoyoon Shin (Sofía) y explicaba que me había encontrado tras una amplia búsqueda de un grupo de diez investigadores en todo el mundo, que habían utilizado un sofisticado software de reconocimiento facial.

Una de las rutas de Jeju Olle.

Sofía decía escribir en nombre de su amiga Suh Myung-sook (Sooky), quien le había comentado que, en el año 2006, había conocido a una mujer a la que recordaba como Henny (posiblemente abreviatura de Henrietta, decía) mientras recorría el Camino de Santiago en el norte de España. ¿Era yo la señora en cuestión?, preguntaba. Porque, de ser así, rogaba que me pusiera en contacto con ella, pues llevaba bastante tiempo intentando localizarme. Atónita, redacté una respuesta.

«Qué extraordinario que me hayas encontrado», respondí en el mensaje. En realidad, me llamo Jeanne y Henny es mi apellido, no un diminutivo (entiendo lo difícil que ha sido dar conmigo). Enseguida, comenté: «Sí, recuerdo muy bien a Sooky». Y, en efecto, así era. Había sido la estrella fugaz de un encuentro tan breve como fascinante que aún seguía grabado en mi memoria, en buena parte porque aquel año de 2006 había resultado trascendental en mi vida.

A los 54 años, me sentía verdaderamente agotada y había decidido cambiar mi vida profesional en Londres por una existencia más tranquila en el sur de España y estaba evaluando marcharme a vivir definitivamente a la casa que había adquirido poco tiempo atrás en una de las cortijadas de Bédar, el precioso pueblo blanco de la llamada «Sierra Dulce» de Almería, en la que ya había pasado algún periodo de vacaciones. Sin embargo, antes quise valorar tan importante decisión mientras vivía la experiencia del camino jacobeo, haciendo la ruta desde Roncesvalles a Santiago de Compostela. Al mismo tiempo, tenía la ilusión de que unas semanas de senderismo por la ruta servirían para poner a prueba mi estado de salud físico y espiritual. He de decir que la experiencia me transformó profundamente tanto desde el punto de vista anímico como de reevaluación de mi proyecto de vida.

Una de las rutas de Jeju Olle.

Conocí a Sooky en la etapa final del Camino, una vez que había entrado ya en Galicia, en la localidad de Melide (La Coruña), en el centro geográfico de la comunidad gallega y punto de encuentro del Camino Primitivo y el Camino Francés. Habíamos llegado cada una por su lado a este bonito pueblo de interior, pero con olor a mar, de calles con piedras que hablaban de su rico pasado y parques de árboles centenarios. Ambas estábamos tremendamente fatigadas y tratábamos de aliviar el hambre que sentíamos. Las dos habíamos estado soñando con el sabroso plato de pulpo gallego que, según nos habían contado otros peregrinos bastante más experimentados, aquí preparan de manera insuperable. Así que decidimos comer juntas en uno de los restaurantes que nos habían recomendado. Tras la deliciosa comida, nos quedamos conversando durante horas, como si nos conociéramos de toda la vida. Incluso prolongamos nuestra conversación bajo la sombra de un majestuoso árbol cercano al restaurante, en donde al terminar de charlar nos hicimos una foto. Habíamos sacrificado la «sagrada siesta española» por una buena cháchara que, a la postre, resultaría decisiva en nuestras vidas.

La comida fue el principio y el fin de nuestro tiempo juntas en España, ya que Sooky tenía que regresar pronto a Corea y necesitaba completar el camino hasta Compostela de forma más rápida que yo. Sin embargo, esa tarde aprendí mucho acerca de aquella mujer de ojos vivos y mirada abarcadora, una de las personas de conversación más fluida y amena que he conocido. Como en mi caso, ella estaba intentando escapar del estrés laboral —un efecto secundario inevitable de su trabajo como editora de un importante periódico en Seúl— y había descubierto que el Camino de Santiago podía suponer una experiencia sumamente reconfortante, como así estaba siendo.

En el transcurso de la conversación, Sooky mencionó Jeju, su isla natal, situada unas 50 millas (alrededor de 80 km) al sur de la península coreana, de la que se había marchado para desarrollar su carrera profesional en la capital cuando era joven y a la que había vuelto hacía poco tiempo.

Jeju es una isla que emergió del mar hace dos millones de años. La piedra volcánica compone el noventa por ciento del territorio y es la base de su cultura, arquitectura y vida cotidiana. La tierra volcánica es clave para su agricultura y sus condiciones de drenaje son ideales para el cultivo de flores de camelia de color rojo y para los huertos de mandarinas de color naranja. Estos colores dominan el campo visual de Jeju, ofreciendo un paisaje espectacular.

Sooky me habló con devoción de sus bosques y de sus gentes, y, de repente, casi sin pensar y no sé bien si al dictado de la mente o del corazón, pronuncié las seis palabras que cambiaron su destino personal: «Debes crear un sendero tú misma», le dije, para añadir a continuación mi impresión de que «independientemente de sus connotaciones religiosas, los caminos de peregrinos son una especie de gran hospital a cielo abierto que proporcionan curación o alivio terapéutico tanto para el cuerpo como para la mente de las personas que los realizan. ¿Por qué no llevar el espíritu de este camino a otros lugares? No solo debería existir aquí».

Resulta que Sooky se tomó en serio mi consejo improvisado, y se puso con gran entusiasmo, junto a un amplio grupo de colaboradores, a desarrollar un «camino de peregrinación», que ha resultado ser todo un éxito: al año de nuestro encuentro, Sooky ya había trazado los primeros senderos a través del paisaje volcánico de Jeju y, luego, observó asombrada cómo el proyecto despegaba y se desarrollaba a un ritmo increíble; dos décadas después, el sendero Jeju Olle ha crecido hasta alcanzar 272 millas (casi 440 kilómetros), contiene 27 rutas distintas y recibe más de un millón de visitantes cada año.

Una de las rutas de Jeju Olle.

Además, Sooky había conectado con algo importante: el ansia cada vez mayor de satisfacción personal y de mejora espiritual. Si al finalizar la Guerra de 1953, Corea del Sur era uno de los países más pobres del planeta, con sus infraestructuras prácticamente destruidas, medio siglo después se había convertido en una poderosa potencia económica, líder mundial en tecnología, y, desde el punto de vista social, en un país que superaba claramente a la gran mayoría de naciones occidentales en educación y calidad de la enseñanza. No obstante, este gran esfuerzo desarrollista se logró a expensas de un alto coste humano: los surcoreanos trabajaban más horas que el resto del mundo desarrollado, muchos de ellos en líneas de producción industriales, sin apenas comunicación interpersonal y las encuestas revelaban que más de una tercera parte de los surcoreanos con empleo a tiempo completo sufrían de agotamiento laboral.

El cansancio que me había confesado Sooky era compartido de manera creciente por muchos de sus compatriotas (al menos, uno de cada tres) y estaba emergiendo como una de las mayores preocupaciones cotidianas de la población surcoreana. Realizar el sendero Jeju Olle pronto se convirtió en una de las respuestas al desasosiego personal y al estrés laboral de muchas personas, sobre todo del ámbito urbano: un entramado de senderos rurales donde la gente podía literalmente alejarse de sus preocupaciones diarias entre el canto de los pájaros y el susurro de las hojas mecidas por la brisa del Pacífico Norte. La fama del «itinerario regenerador» fue en aumento día tras día.

Mientras tanto, Sooky se convirtió en una auténtica celebridad nacional y su fama se incrementaba conforme aumentaba el número de caminantes y el relato de cada uno de ellos de su experiencia peregrina en la isla. En su tarea por popularizar el sendero escribió libros, dio charlas y entrevistas, impartió conferencias y apareció en varios programas de televisión.

En sus intervenciones siempre hablaba de una tal «Henny» (de la que decía haber perdido sus datos de contacto y que solo conservaba una foto, en la que aparecía junto a ella, a la sombra de un árbol frondoso), haciendo hincapié en que había sido su encuentro casual con esta mujer y su conversación con ella en un pueblo de Galicia el relámpago que iluminó todo el proyecto Jeju Olle. Su empeño por encontrarme allá donde estuviera se convirtió en una tarea nacional.

Nada más establecer de nuevo el contacto, Sooky me cursó una invitación para visitar el proyecto Jeju Olle, que acepté de forma inmediata. A mediados del pasado febrero volé hasta la isla de Jeju y jamás pude imaginar que mi viaje se convertiría en una experiencia tan fascinante. Comenzó con un emocionado abrazo a los pies de la escalerilla del avión, en donde me estaba esperando, acompañada de todo un comité de bienvenida.

Sooky hizo de nuestro reencuentro una celebración nacional, pues Jeju Olle se había convertido en un auténtico fenómeno de masas y yo era, sin saberlo, la mítica amiga perdida de Sooky que había inspirado el fenómeno: un sendero que abarca todas las maravillas de Jeju, con sus tierras volcánicas, sus montañas y valles, sus bosques, playas y acantilados, sus pueblos y su enorme patrimonio cultural, del que forman parte las miles de deidades que habitan sus parajes, todo ello entretejido de una manera sencilla y eficaz por la recuperación de múltiples caminos olvidados, así como por la hospitalidad y la entusiasta colaboración de sus gentes.

Los días siguientes fueron un auténtico torbellino de vivencias enriquecedoras. Caminé por cuatro de las veintisiete rutas que conforman la red circular de senderos, primero con Sooky y, luego, acompañada por guías voluntarios, cada uno de los cuales tenía una interesante historia personal: una exmonja que sentía estar sirviendo mejor a Dios en el sendero que encerrada en un convento; una joven investigadora en biomedicina, para quien hacer de guía los fines de semana era un acontecimiento tan expectante como deseado a lo largo de su semana laboral, o un hombre viudo que hablaba cinco idiomas y para quien enseñar el camino se había convertido en el mejor antídoto contra la soledad.

Una de las sorpresas que me llevé fue descubrir que uno de los elementos más peculiares de la red es su símbolo: el ganse, un pequeño poni azul. En el dialecto de la isla, ganse se traduce libremente como «lento, perezoso» y constituye, en realidad, el mensaje que se quiere transmitir: «avanzar despacio, despacio» (kkodak-kkodak), sin prisa alguna (ppali-ppali); otra fue conocer de primera mano la catarsis que supone adentrarse en el misterioso bosque de Gotjawal, un lugar al occidente de la isla, en el que las raíces retorcidas de sus árboles se entrelazan entre sí, como si se abrazaran, en señal de reconciliación por la tragedia histórica allí vivida a mediados del siglo pasado.

[3]Disfruté más de lo que pude soñar durante mi estancia en la isla de Jeju, y sentí que la fecha de mi vuelo de regreso había llegado demasiado pronto. Sooky y yo prometimos volver a vernos pronto para hacer senderismo en España (¿otro tramo del Camino de Santiago?). Tres semanas después de nuestra despedida, me dejó paralizada la noticia de su muerte. Un cáncer de estómago, diagnosticado diez años antes y del que nunca me había hablado, se había extendido de forma galopante en los últimos tiempos a la garganta y al esófago, acabando con su vida.

La verdad es que yo no había notado ningún signo de enfermedad durante los días de mi visita, al margen de unos recurrentes ataques de tos, y jamás sospeché un final tan prematuro. Había caminado junto a mí llena de alegría, habíamos compartido entrevistas y charlas, habíamos hablado de lo divino y de lo humano y nos habíamos reído mucho. Perderla tan pronto después de nuestro reencuentro fue un golpe demasiado duro.

Sin embargo, tras el soponcio que me llevé cuando supe de su partida, pensé que había sido una bendición haberla encontrado de nuevo antes de que abandonara este mundo y supe, por los latidos de mi corazón, que nadie muere definitivamente hasta que no le llega la sentencia implacable del olvido y que, al menos, en la maravillosa isla de Jeju y entre sus gentes eso ocurrirá muy tarde. Tanto Sooky como su legado seguirán viviendo durante mucho tiempo todavía.


– El próximo sábado, día 24 de octubre, a las 17.30 h, Jeanne Henny impartirá una charla-conferencia acerca del Camino de Santiago como inspiración y la singular experiencia del Sendero Jeju Olle en la sala Ramón y Cajal del Ateneo de Madrid [3]. Entrada libre hasta completar aforo.

– Entre los días 4 y 30 de noviembre de 2027 se celebrará el Festival de Senderismo Jeju Olle para conmemorar el 20.º aniversario de su creación y honrar la memoria de Suh Myung-sook (Sooky).

Sobre la autora: Jeanne Henny (Birmingham, 1952) es una artista británica, directora de ópera y profesora de música, editora musical de la BBC, ganadora de varios premios internacionales por sus montajes escénicos y musicales, así como por sus descubrimientos de nuevos talentos operísticos, que un día, hace ya más de treinta años, decidió instalarse en la barriada de Los Pinos (Bédar, Almería) atraída por la luz, los colores y el paisaje almeriense, y a la búsqueda del duende misterioso del que hablaba Lorca en artistas como Tomatito. Es una clara defensora de los principios del desarrollo sostenible y actualmente dirige un proyecto solidario en el barrio de La Chanca, en Almería capital, para favorecer la integración social de niños inmigrantes (ChancArte).