Para entonces, el positivismo había inundado la vida entera y llevado a la convicción general de que el curso de la historia podía ser racional y científicamente entendido: «Hoy el mundo ya no tiene misterios. La concepción racional pretende aclararlo todo y comprenderlo todo… La ciencia ha renovado la concepción del mundo y revocado irreversiblemente la noción de milagro y de lo sobrenatural», había dicho M. Berthelot, dejando claramente establecida la nueva mentalidad construida sobre las posibilidades del progreso científico. Y es que los sabios del siglo XIX y principios del XX habían aceptado el reto de Kant: «Atrévete a saber».
Sin embargo, la investigación neurológica no es la única faceta de la inabarcable obra profesional y personal del científico aragonés. La vida de Ramón y Cajal resulta de la fructífera lucha entre sus personalidades artística y científica, representando el equilibrio entre la fantasía del artista y del escritor y la vigilante sobriedad del científico. La preocupación religiosa, la constante búsqueda de una luz en torno al problema del origen y la finalidad de la vida, la pasión por la arquitectura cerebral, su interés por la filosofía, su curiosidad romántica, sus inquietudes literarias y la necesidad de confesar sus convicciones o aventar sus dudas están presentes en los múltiples y variados escritos de Cajal.
[1]Este es el motivo que ha llevado al Ateneo de Madrid a organizar, el martes día 24 de marzo, bajo la coordinación de las secciones de Farmacia (Daniel Pacheco) y Salud Pública (José Manuel Freire) [1], un programa en el que se abordará, desde distintos puntos de vista, la inmensa obra, con objeto de ofrecer una visión integral de la misma. Diferentes profesores universitarios y otros expertos en la obra de Cajal abordarán, antes de un previsto y animado coloquio, sus facetas como médico de trinchera, neurocientífico, bacteriólogo, escritor de una interesante obra literaria, dibujante y fotógrafo.
No es nada aventurado asegurar que el pensamiento de Santiago Ramón y Cajal estuvo impregnado por la idea de que la ciencia y el arte son dos aspectos complementarios de esa única realidad que es el proceso creativo del ser humano en su titánica y utópica lucha por alcanzar la verdad y la belleza. Seguramente, también admitiría como fundamentos del proceso creativo esos «tónicos de la voluntad» que son la curiosidad y el entusiasmo, el asombro y la satisfacción por el trabajo bien hecho en la búsqueda de lo que está delante de nosotros o bajo la lente del microscopio: «Ante el científico está el universo entero apenas explorado; el cielo salpicado de soles que se agitan en las tinieblas de un espacio infinito; el mar, con sus misteriosos abismos; la tierra, guardando en sus entrañas el pasado de la vida y la historia de los precursores del hombre; y, en fin, el organismo humano, obra maestra de la creación, ofreciéndonos en cada célula una incógnita y en cada latido un tema de profunda meditación».
En sus Chácharas de café (1920), comenta el sabio aragonés: «Si hay algo de nosotros verdaderamente divino, es la voluntad. Por ella afirmamos la personalidad, templamos el carácter, desafiamos la adversidad, corregimos el cerebro y nos superamos diariamente». Por otra parte, el entusiasmo, ese «dios interior» (entheos), se manifiesta en Cajal no solo en su singular tarea investigadora del sistema nervioso, sino también en el desarrollo de otras facetas de su excepcional capacidad de trabajo: da clases, forma investigadores, se adentra en el camino de la bacteriología, descubre fórmulas para realizar la instantánea fotográfica, mejora la técnica e incorpora el color a la fotografía, dibuja exquisitamente tanto temas artísticos como anatómicos, pinta con calidad estimable, graba en madera, publica no solo para científicos, sino también con afán divulgador, escribe cuentos y ensayos y aún le queda tiempo para acudir a las tertulias de café y cultivar el debate enriquecedor y las relaciones amistosas.
Por eso no es de extrañar que el profesor Pedro Laín Entralgo calificara de «homérica» la figura cajaliana, ni tampoco que, para el histopatólogo alemán H. Spatz, Cajal fuera un verdadero héroe: «Heroica era su apariencia, heroica la noble expresión de su lenguaje, heroico su ánimo para vencer toda suerte de obstáculos. Heroica fue, en fin, la meta de sus aspiraciones: lograr que el nombre de su patria fuese apreciado en el mundo entero»; por su parte, Miguel de Unamuno lo tomaría por ejemplo de «vida bien llena y bien útil».
Otro premio Nobel, en este caso de Literatura, Rudyard Kipling, nos transmitió la frase de un filósofo hindú cuyo nombre se ha perdido en el ir y venir del tiempo: «La mente duerme en la piedra, sueña en la planta y se despierta en el hombre». Pues bien, a desentrañar los secretos de quien duerme, sueña y se despierta —acaso con el batir de alas de las «misteriosas mariposas del alma»— dedicó Cajal su vida.
En hoyesarte.com, el lector puede encontrar una amplia serie de artículos dedicados a la figura de Santiago Ramón y Cajal [2] y, para nosotros, supone un verdadero placer sumarnos a esta pequeña fiesta acerca de su saber programada en el Ateneo [1].