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El sueño eterno de Oliver Sacks

Desde que en las primeras semanas de 2015 le fuera diagnosticado un cáncer con metástasis hepática, consecuencia de un melanoma ocular por el que había perdido la visión total de su ojo derecho, Sacks supo que su esperanza de vida se reducía a unos pocos meses. Así lo hizo saber y así se despidió el pasado febrero en una carta cargada de emoción que publicó The New York Times.

El insigne neurólogo autor de algunos de los textos que acercaron la neurociencia al gran público dejando una huella indeleble en varias generaciones de especialistas se refería a su propia muerte con el tono cercano, sin alharacas ni dramatismos, habitual en sus obras.

«No puedo fingir que no tenga miedo. Pero mi sentimiento predominante es la gratitud. He amado y he sido amado; he recibido mucho y he puesto algo de mi parte; he leído y viajado y pensado y escrito».

Al borde del fin y de cara al tiempo que le restaba, exponía toda una declaración de intenciones: «Vivir en la forma más rica, más profunda y más productiva posible. Profundizar mis amistades, despedirme de la gente que amo, escribir más, viajar si tengo la fuerza para ello, con el propósito de alcanzar nuevos niveles de entendimiento y percepción».

Azarosa existencia

El menor de los cuatro hijos del matrimonio judío formado por un médico y una de las primeras mujeres que ejerció como cirujana en Inglaterra, Oliver Sacks nació en el norte de Londres, ciudad de la que fue evacuado a los seis años para escapar de los bombardeos alemanes de la Segunda Guerra Mundial.

Como relata en sus memorias, en compañía de su hermano Michael malvivió en un internado de Midlands «subsistiendo con magras raciones de nabos y remolachas y sufriendo castigos crueles a manos de un director sádico».

De regreso a Londres ingresó en la St. Paul´s School, en donde destacó por sus conocimientos de química, y posteriormente en el Queen´s College de Oxford, en donde obtuvo la licenciatura en Fisiología y Biología y en 1958 el doctorado en Medicina y Cirugía.

Tras un breve paso por Canadá y por el Hospital Mt. Zion de San Francisco y la Universidad de California en Los Ángeles, Sacks se afincó en 1965 en Nueva York, en donde ha vivido y desarrollado su carrera profesional como neurólogo y escritor hasta su muerte.

Sólo un año después de su llegada comenzó a trabajar en el Hospital Monte Carmelo para atención de enfermedades crónicas. Allí  atendió a un grupo de pacientes aquejados de un trastorno del sueño conocido como encefalitis letárgica. El tratamiento de estos pacientes fue la base de Despertares, su primer gran boom literario.

Además, el trabajo de Sacks ayudó a sentar las bases sobre las que se creó el Instituto para la Música y la Función Neurológica (IMNF), que en el año 2006 otorgó al neurólogo el Premio Music Has Power para conmemorar «sus 40 años de trabajo y honrar sus destacadas contribuciones en apoyo de la terapia musical y el efecto de la música sobre el cerebro humano y la mente».

Profesor clínico en el Colegio de Medicina Albert Einstein de 1966 a 2007 y en la Escuela de Medicina de la Universidad de Nueva York entre 1992 y 2007, en ese año se incorporó al Centro Médico de la Universidad de Columbia como profesor de Neurología y Psiquiatría, siendo nombrado primer «Artista de la Universidad de Columbia», en reconocimiento a su contribución para tender puentes entre las artes y las ciencias.

Paralelamente, desde 1966 a 1991, ejerció como neurólogo en el Centro Psiquiátrico de Bronx, y  como consultor neurológico en varios asilos de ancianos de Nueva York atendidos por la congregación de las Hermanitas de los Pobres, una función que ha seguido realizando hasta sus últimos días.

Timidez e incapacidades

La prosopagnosia es un trastorno que imposibilita el reconocimiento de los rostros. Oliver Sacks lo sufrió a lo largo de toda su vida. «Desde siempre he sido incapaz de reconocer una cara. Eso me ha provocado situaciones incómodas muy frecuentemente. Parece que ignoro a alguien y esa persona se siente ofendida cuando en realidad no la saludo porque no recuerdo haberla visto».

No fue esa la única discapacidad a la que tuvo que enfrentarse pues, como queda apuntado, en 2009 un tumor maligno le privó de la visión en el ojo derecho, una circunstancia a la que ser refiere en su libro Los ojos de la mente. 

Y la timidez. «He vivido mi timidez como una enfermedad», dejó escrito. Esa timidez, según propia confesión, le impidió mantener relaciones estables. Sacks nunca se casó ni tuvo pareja conocida.

Pese a sus problemas fue siempre un buen deportista. Tuvo un grave accidente a los 40 años practicando el alpinismo y durante décadas y hasta un año antes de fallecer nadaba a diario un kilómetro y medio.

Por otra parte, durante su estancia en la Universidad de Los Ángeles experimentó con distintas drogas, algo que le ha servido como vehículo de Alucinaciones, su último libro traducido al español. Tras consumir una dosis masiva de anfetamina, relata, y leer un texto del siglo XIX sobre migraña, tomó la decisión de hacer públicas sus observaciones sobre las enfermedades y trastornos neurológicos. «Creo que de esa experiencia surge mi carrera como escritor», afirmó en 2012 en un artículo publicado por The New Yorker.

Textos inolvidables

Acaso plateando más preguntas que respuestas, Oliver Sacks, que empezó a publicar en 1970, ha dejado un buen puñado de textos inolvidables que han sido traducidos a más de 25 idiomas.

Sus libros y sus ensayos se caracterizan por la riqueza de detalles narrativos. Conjugando  amenidad y rigor científico logra que el lector se sienta partícipe de mundos que le son muy ajenos. Se apropia de nuestra atención valiéndose del subterfugio de intentar explicarnos que es aquello que nos convierte en seres humanos.

Con la palanca de su ciencia nos plantea cuestiones como la memoria y sus mecanismos, o qué hace que los ojos vean y el cerebro capte; los misterios de que una membrana vibre y podamos oír o qué es lo que realmente supone amar y, sexualmente, desear a alguien. Para preguntarse en última instancia si la enfermedad nos define como seres individuales y racionales.

Obras como El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, Veo una voz (Viaje al mundo de los sordos), Un antropólogo en Marte, La isla de los ciegos al color, Con una sola piernaDespertares abordan temas relacionados con patologías y trastornos muy diversos, -en los que algunas de sus aportaciones marcan el devenir de las correspondientes especialidades clínicas.

En Despertares, la obra que lo instaló en el mundo de la literatura universal que fue adaptada al cine y protagonizada por Robert de Niro y Robin Williams, relata la extraordinaria historia de un  grupo de pacientes «aparentemente muertos; congelados» e ingresados en el Hospital Monte Carmelo de Nueva York, supervivientes de la gran epidemia de encefalitis letárgica que alcanzó dimensiones planetarias en los años veinte del siglo pasado y del asombroso «despertar» que experimentaron cuarenta años más tarde tras ser tratados por Sacks con L-dopa (dihidroxifenilalanina letárgica).

En Alucinaciones (su último título en español), publicado en noviembre de 2012, desligaba alucinación y locura, para sostener que «mucho más comúnmente están vinculados con la privación sensorial, la intoxicación, la enfermedad o el prejuicio». Tras este texto concluyó sus memorias On the move, que próximamente publicará en España la editorial Anagrama.

Críticas

Sus postulados y su reflejo en los libros no sólo han suscitado elogios. Sacks ha tenido que enfrentarse a lo largo de su vida a críticas, a veces duras y sostenidas, e incomprensión por parte de quienes han cuestionado sus métodos y protocolos de investigación.

Algunos argumentan que era mejor escritor que clínico y otros, como el académico británico Tom Shakespeare, activista por los derechos de las personas con discapacidad, ha llegado a definir a Sacks como «el hombre que confundió a sus pacientes con una carrera literaria».

Ante estas críticas él dejó escrito: «La fuerza de la costumbre y la resistencia al cambio -tan grandes en todos los campos del saber- alcanzan su punto culminante en la medicina, en el estudio de los más complejos padecimientos y trastornos de nuestro ser, porque, al hacerlo, nos vemos obligados a escudriñar nuestros más oscuros recovecos, los más profundos, los que más miedo nos dan, aquellos que todos tratamos de negar o de no ver. Los pensamientos más difíciles de elaborar o expresar son los que se relacionan con esa región prohibida, los cuales provocan una y otra vez los más vehementes rechazos por nuestra parte, aunque también despiertan una y otra vez nuestras más profundas intuiciones».

Solidaridad

En cualquier caso, además de ser autor de un importante número de publicaciones en revistas científicas del mayor impacto, Oliver Sacks logró aproximar a millones de lectores en todo el mundo a aquellas  personas que la sociedad se empeña en tratar como diferentes y que él siempre consideró iguales.

Como alguien afirmó en la hora de su despedida, nos ayudó a comprender la inmensa complejidad de la mente humana y nos permitió atisbar la forma en que se enfrentan al mundo todos aquellos que demasiadas veces preferimos ignorar.

«No quiero parecer sentimental ante la enfermedad. No estoy diciendo que haya que ser ciego, autista o padecer el síndrome de Tourette, en absoluto, pero en cada caso una identidad positiva ha surgido tras algo calamitoso. A veces, la enfermedad nos puede enseñar lo que tiene la vida de valioso y permitirnos vivirla más intensamente», apuntaba el propio Sacks.

En definitiva, la tolerancia y la solidaridad marcan su vida y su obra y nos hacen ver a los demás, especialmente a los más desfavorecidos, de un modo diferente.

En el adiós

«Soy cada vez más consciente, desde hace unos 10 años, de las muertes que se producen entre mis contemporáneos. Mi generación está ya de salida, y cada fallecimiento lo he sentido como un desprendimiento, un desgarro de una parte de mí mismo». Escribía el propio Sacks en su carta de despedida.

Cuando hayamos desaparecido no habrá nadie como nosotros, pero, por supuesto, nunca hay nadie igual a otros. Cuando una persona muere es imposible reemplazarla. Deja un agujero que no se puede llenar, porque el destino de cada ser humano —el destino genético y neural— es ser un individuo único, trazar su propio camino, vivir su propia vida, morir su propia muerte.

«Y, sobre todo, he sido un ser sensible, un animal pensante en este hermoso planeta, y eso, por sí solo, ha sido un enorme privilegio y una aventura», concluía, irrepetible y agradecido, al encarar su sueño eterno.