El libro se abre con una imagen poderosa. Al día siguiente de la caída de Tenochtitlan no habría solo ruinas y lamentos, sino el comienzo de algo distinto. Españoles y pueblos mesoamericanos iniciando, sin saberlo, la construcción de una nueva civilización. No niega la violencia del encuentro. La reconoce como parte de un choque histórico que, como tantos otros en la historia universal, fue a la vez destructor y generador. Algo murió y algo nació.
Zunzunegui insiste en que el proceso no puede reducirse a la caricatura de unos pocos soldados imponiéndose sobre millones. Subraya la participación decisiva de pueblos indígenas aliados, la complejidad política del mundo mesoamericano y la continuidad de muchas estructuras de poder tras la derrota mexica. Desde su perspectiva, el término conquista simplifica en exceso una realidad que fue más híbrida, más negociada y más prolongada de lo que suele admitirse.
El relato se ensancha después hacia el paisaje material. Ciudades trazadas, universidades fundadas, hospitales levantados, catedrales que tardaron siglos en concluirse. Para el autor, esa arquitectura es prueba de arraigo y no de mera explotación. La lengua mestiza, enriquecida con voces indígenas, la religiosidad sincrética, la gastronomía y las fiestas populares aparecen como signos visibles de una fusión cultural que no podría explicarse solo desde la dominación.
Ahora bien, la lectura no elimina las sombras. El propio autor admite la violencia del choque, la desigualdad tecnológica, las epidemias devastadoras que diezmaron a la población indígena y la imposibilidad de que el mundo prehispánico pudiera imponerse militarmente al europeo. La guerra fue larga, el asedio cruel, la viruela implacable. El sistema de tributos no desapareció de la noche a la mañana y muchas comunidades quedaron atrapadas en nuevas jerarquías. Hubo abusos, hubo explotación y hubo una transformación irreversible de culturas milenarias.
[1]La consecuencia más visible fue el colapso demográfico. A ello se sumó la ruptura de universos simbólicos, la destrucción de templos, la imposición de una nueva fe y la subordinación política a una monarquía lejana. Incluso cuando se habla de integración, no puede olvidarse que ésta se produjo en un marco de desigualdad estructural. La herida no fue solo retórica. Fue material, corporal y espiritual.
El libro avanza también por el terreno de la memoria. Zunzunegui sostiene que la idea de una conquista entendida como trauma absoluto se consolidó siglos más tarde, en el contexto de los Estados nacionales y de las disputas ideológicas del siglo XX. Según su planteamiento, el poder político habría moldeado el relato histórico con fines identitarios. Frente a ello propone recuperar una narración que no sea ni rosa ni negra.
En conjunto, el libro es un ensayo sobre la identidad. Propone que España y América forman parte de una misma historia que no puede entenderse desde la autodenigración ni desde la idealización. Señala que la civilización mestiza surgida tras el siglo XVI contiene tanto luces como cicatrices.
Lo más interesante es que el texto obliga a revisar certezas. Invita a pensar en lo que llamamos conquista no solo como un episodio de violencia, sino como un proceso largo de construcción cultural. También recuerda que ningún relato puede borrar el dolor de los pueblos sometidos ni las pérdidas irreparables que acompañaron la expansión imperial. Entre la épica y la tragedia, el libro reclama un espacio para la complejidad.
Al final, la pregunta que sobrevuela sus páginas no es solo qué ocurrió en 1521. Es qué hacemos hoy con esa memoria compartida. La respuesta no está cerrada. El autor propone una mirada menos culpable y menos resentida. El lector decide si esa revisión ilumina zonas olvidadas o si deja otras en penumbra.
Al día siguiente de la conquista. La historia de lo que España construyó en América [1]. Juan Miguel Zunzunegui. La esfera de los libros. 248 páginas. 19,90 euros / 8,99 euros.
Asumir la complejidad
Zunzunegui desmonta uno de los relatos más arraigados en la memoria mexicana y española. No niega que el 12 de octubre de 1492 Colón llegara a las Bahamas ni que el 13 de agosto de 1521 cayera Tenochtitlan. Lo que pone en cuestión es el significado que hemos decidido dar a esos acontecimientos. En su lectura, llamar “conquista” a la caída de la capital mexica es una elección ideológica. Propone otra palabra, nacimiento. Si todo lo que hoy reconocemos como cultura mexicana —lengua, arquitectura, religiosidad, gastronomía, instituciones— surge después de 1521, entonces ese día marca el comienzo de algo nuevo. No el final absoluto de una civilización, sino el inicio de una síntesis inédita.
La argumentación se apoya en un dato que incomoda a la narrativa simplificada. Hernán Cortés no entró en Tenochtitlan al frente de un ejército exclusivamente español. Miles de tlaxcaltecas, totonacas, cholultecas y otros pueblos se aliaron con él contra el poder mexica. No eran figurantes pasivos ni víctimas engañadas sin voluntad. Eran actores políticos que tomaron decisiones en un contexto de violencia ritual y dominación imperial. Reducirlos a traidores o ingenuos sería negarles inteligencia histórica.
El discurso no elude la dureza del mundo prehispánico. Recuerda los sacrificios humanos, la hegemonía militar mexica y la rivalidad entre pueblos mesoamericanos. Tampoco oculta la brutalidad del siglo XV europeo. Era un tiempo áspero a ambos lados del océano. Pero sostiene que la clave no está en medir crueldades, sino en comprender el choque de estadios culturales distintos. Mientras en Mesoamérica se levantaba el Templo Mayor, en Europa se esculpía el David de Miguel Ángel y se perfeccionaban las carabelas capaces de cruzar el Atlántico.
A partir de la caída de Tenochtitlan, argumenta, comenzó una empresa de construcción sin precedentes. La Nueva España llegó a convertirse en una de las potencias económicas del mundo gracias a la minería de plata y a la red comercial que conectaba Asia, América y Europa. Basta recorrer la Catedral de Puebla o el Hospital de Jesús para advertir que aquello no fue solo expolio. Hubo también arraigo y voluntad de permanencia.
Zunzunegui insiste en que reducir tres siglos de historia virreinal a una simple cadena de agravios es una simplificación interesada. Recuerda que comunidades indígenas pleitearon ante tribunales y conservaron tierras con títulos reconocidos por la Corona. Subraya que la evangelización no puede explicarse solo como imposición. A su juicio, la adhesión religiosa y cultural revela una apropiación, no una mera sumisión.
En el centro simbólico de esta interpretación sitúa a la Virgen de Guadalupe. La figura mariana se convierte en metáfora de una identidad en gestación. Para el orador, la Guadalupana mexicana no es únicamente una prolongación de la extremeña ni tampoco una supervivencia camuflada de la diosa indígena Tonantzin. Es una síntesis. Una imagen que condensa la herencia española y la raíz americana en un mismo gesto devocional.
El análisis adquiere un tono contemporáneo cuando critica lo que considera una narrativa victimista dominante. En su opinión, tanto en México como en España se ha instalado una visión que enfatiza culpa y resentimiento. Y, sin embargo, el valor de sus aportaciones radica en reconocer que México no puede explicarse sin España, pero tampoco España puede entenderse al margen de América. La tortilla de patata y el chile, la procesión sevillana y el Día de Muertos, el castellano y las palabras náhuatl que lo atraviesan forman parte de una misma trama.
Al final, el mensaje es tan provocador como simple. Lo que ocurrió tras 1521 no fue solo destrucción ni únicamente gloria. Fue una mezcla irreductible de violencia y creatividad, de imposición y adaptación, de dolor y esperanza. De ese cruce nació una civilización mestiza que aún debate cómo contarse a sí misma.