El primer movimiento del libro es casi físico. La península aparece como un espacio grande y quebrado, con fronteras porosas y costumbres que no encajan en el molde de una sola voz. Desde ahí, Manzano hace una pirueta muy suya: en lugar de forzar una continuidad sentimental, acepta que “España” se comporta como un concepto difícil, maleable, una palabra que ha significado cosas distintas según quién la pronunciara y para qué. El pasado, leído así, deja de ser una carretera con destino y se parece más a un mapa lleno de bifurcaciones.
[1]Esa decisión tiene efectos inmediatos. De pronto, algunos “olvidos” se vuelven reveladores: por ejemplo, que la primera historia escrita de manera explícita sobre todo el territorio ibérico no nace en un escritorio latino ni en una corte cristiana, sino en árabe y en Córdoba, en el siglo X. No es una anécdota erudita: es un espejo. Obliga a reconocer que las identidades históricas se construyen también con lo que se silencia, y que la memoria nacional suele ordenar el pasado como quien ordena una habitación: dejando siempre algo debajo de la cama.
Pero España diversa no se limita a ampliar el álbum familiar. Su nervio está en la crítica al uso político del pasado: la historia como material inflamable, lista para encenderse en cuanto alguien sopla el viento adecuado. En el libro asoma una intuición insistente: el problema no es que la diversidad exista, sino que haya quien la convierta en amenaza; no es que el país sea plural, sino que se le exija fingir lo contrario. Y ahí, sin necesidad de alzar la voz, Manzano hace una defensa de la complejidad como bien democrático.
Una de las ideas más incómodas —y más actuales— es la que señala el truco sentimental del relato patriótico: ese mecanismo que empuja al lector a creer que “también fue protagonista” de conquistas, coronas y gestas remotas, como si compartiera sangre, motivos y horizonte con figuras de siglos lejanos. En realidad, lo que se activa es otra cosa: una forma de pertenencia que exige devoción, no comprensión. Frente a esa liturgia, el libro propone lo contrario: saber más para simplificar menos; mirar de frente las costuras del relato, incluso cuando da pereza admitir que estaban ahí.
El mérito de Manzano es que no escribe desde una torre de marfil. En su intervención pública —y en la temperatura del libro— aparece una preocupación que rara vez se confiesa sin pudor: la historia puede perder la conversación social si se instala en el papel de “experta” como quien se sube a un pedestal. Mientras otros convierten el pasado en espectáculo y lo deslizan como propaganda sin anunciarlo, el historiador tiene que reaprender algo básico: escuchar preguntas, responder sin soberbia, admitir lo que no sabe, ensayar explicaciones que no suenen a dictado. No para rebajarse, sino para volver a ser útil.
De fondo, el libro insiste en una evidencia que, por repetida, no deja de ser explosiva: la diversidad española no es una moda reciente ni un capricho contemporáneo. Es un resultado histórico. Y, además, no se reduce a una suma de “diferencias” pintorescas: incluye lenguas, formas de pertenencia, herencias religiosas, memorias enfrentadas, modos distintos de imaginar lo común. El país ha convivido —a veces de manera conflictiva, a veces de forma más práctica que cordial— con esa pluralidad durante siglos. Que hoy nos incomode no significa que sea nueva; significa que seguimos sin saber qué hacer con ella.
Por eso España diversa se lee con una doble sensación: la de un ajuste de cuentas con el canon y la de una invitación a respirar. Si “España” no ha existido siempre como hoy la pensamos, si el pasado no estaba obligado a desembocar en el presente, quizá podamos abandonar cierta ansiedad por encontrar certificados de origen y empezar, al fin, a construir un relato que no expulse a nadie por principio.
Al cerrar el libro queda una certeza incómoda y fértil: la unidad, cuando merece ese nombre, no nace de borrar diferencias, sino de inventar un propósito común capaz de sostenerlas. Manzano no vende una solución milagrosa; ofrece algo más raro y más útil: un modo de mirar que obliga a pensar mejor —y, de paso, a discutir con menos pereza.
España diversa [1]. Eduardo Manzano Moreno. Crítica. 548 páginas. 24,90 euros / 12,99 euros.