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Capítulo 5. O nosotros o el caos

Se habla a menudo de la belleza de la simetría, pero para Ernesto Mendoza la única belleza está en el caos, en lo imprevisible. Y, sin embargo, es de la opinión de que vivimos en un mundo demasiado ordenado y con cada vez menos espacio para el caos.

—Solo la naturaleza, en forma de terremotos, tsunamis, plagas o pandemias nos da un poco de respiro entre tanto orden —dice a menudo—. Y la locura y las drogas, claro —desde luego, no ha escarmentado.

También suele afirmar que su método es tan simple como entender el orden que hay a nuestro alrededor y aplicar su lógica, obtener la información necesaria para poder seguir los patrones, desechar lo imposible y, de todas las posibilidades restantes, quedarse con la más probable. A menudo es pura estadística.

—Dentro de todas las posibilidades —añade—, al final la realidad elige casi siempre las mismas opciones. Por eso la historia se repite. Por eso las buenas novelas, las buenas poesías, las buenas piezas musicales y hasta las buenas viñetas periodísticas perviven en el tiempo y sirven para ilustrar épocas muy diferentes. La portada de Hermano Lobo de 1975, por ejemplo. ¿No crees, Santi, que esa misma viñeta podría valer ahora mismo para describir el planteamiento de Sánchez, que querría perpetuar el Estado de Alarma, el más grave atentado perpetrado contra las libertades individuales, mediante el chantaje de “o nuestro caos o el caos absoluto”? Yo, sin duda, querría el caos absoluto.

En su opinión, la historia se repite una y otra vez, no solo la Historia con mayúsculas, sino las pequeñas historias del día a día, nuestras pequeñas decisiones y actitudes, y en su cerebro, Ernesto Mendoza aplica esos patrones conocidos para “adivinar” lo que ha ocurrido o lo que va a ocurrir.

—Es lo mismo que hacen los meteorólogos, y nadie piensa en brujería o magia —explica.

Sin embargo, con el asesino de la falsa adivinanza para niños mi compañero de piso ha tenido un problema: se le presentan muchas posibilidades con una probabilidad similar: su actuación encaja en patrones distintos y no puede determinar claramente qué ha ocurrido o qué va a ocurrir.

—Me encanta, Santi. ¡¡Me encanta el caos!! Ojalá hubiera más asesinos como este y más pandemias.

Bueno, discúlpenle, ya le conocen…

Si recuerdan lo que contamos la semana pasada, la principal pista era una nota, junto al cadáver asesinado con veneno, con un disparo en la cabeza y colgado de una soga. La nota decía “IIIIVVVIIIM”. Lo más probable, y ahí han coincidido casi todos ustedes con sus comentarios y sus mensajes, es que se trate de algún tipo de clave que utiliza los números romanos. Varios de nuestros lectores propusieron la siguiente conversión a los números arábigos: 1-1-1-1-5-5-5-1-1-1-1000. Y uno de ustedes hizo una interesante aproximación; serían tres fechas: 1/1/11; 5/5/51; y 1/11/1000. Buscando en la hemeroteca, encontramos diversas pistas que abren muchas opciones. Demasiadas. Les muestro algunos ejemplos de entre los cientos de análisis que hemos hecho en los últimos días.

El 1 de enero de 1911 nació el violinista polaco Roman Totenberg y tomó posesión de su cargo el presidente de Nicaragua Juan José Estrada, entre muchas otras noticias. ¿Qué se puede sacar de ahí? Muchas cosas. ¿Algo que ver con un violín?, ¿con Nicaragua?

El 5 de mayo de 1951, como todos los días de cualquier año, también ocurrieron muchos sucesos de interés, pero buscando en la hemeroteca a Mendoza le llamó la atención el anuncio que aparecía en la edición de aquel día del periódico La Vanguardia. “Catsup, salsa de tomate americana. He aquí un producto que acude en su ayuda, señora!”.

—Tal vez el veneno estaba en el kétchup —murmuró Mendoza.

Y el 1 de noviembre del año 1000 se comenzó a celebrar en Occidente el día de muertos o día de difuntos.

—Sin embargo, no descartemos otro orden del caos de las fechas y que una de ellas esté formada por los dos últimos números: 1-1000 —dijo—. Sería el 1 del 10 del 00, el 1 de octubre del año 2000.

Ese día sucedió un hecho que mi amigo no tuvo que buscar más allá de su memoria, verdadera biblioteca de fechas y datos relacionados con el crimen.

—Ese día murió Reggie Kray.

—¿Quién es ese? —me enfrenté a su mirada que, como pueden imaginar, mostraba lo habitual en estos casos: entre desprecio, sorpresa e indignación.

—Por Dios, Santi, Reggie Kray, Reginal Kray, de los gemelos Kray —me daba igual su cara, ese nombre no me sonaba de nada—. Joder, uno de los más famosos gánsteres de la historia del crimen.

El sábado por la mañana teníamos más de doscientas referencias sobre la mesa del salón. Habíamos apuntado cada posible pista en un trozo de papel y jugábamos a unir una de cada grupo (año 1911, año 1951 y año 1000 o el año 2000). Surgieron teorías estrafalarias. Mendoza me pidió que buscara una persona nacida el 1 de enero de 1911, fallecida el 1 de octubre del año 2000 y que hubiera vivido algo importante el 5 de mayo de 1951; tal vez se casó o habría sido padre ese día y era aquel hijo el que ahora vengaba su muerte con este juego macabro. Lo cierto es que hasta el momento no he encontrado a esa imaginaria persona.

En determinado momento de aquella mañana del sábado Mendoza se fue. Su cuerpo seguía allí pero entró en trance o algo similar y dejó de verme, de hablarme, de escucharme. Pasó así muchos minutos.

De repente, pegó un brinco.

—¿Y si hay otra clave ahí dentro?

Escribió sobre un folio lo único que teníamos claro: IIIIVVVIIIM. Y empezó a hacer grupos de números:

III-IV-V-VI-II-M (3-4-5-6-2-1000)

I-II-I-IV-V-VII-I-M (1-2-1-4-5-7-1-1000)

—Yo nunca adivino las progresiones que van hacia atrás —solté con sinceridad.

—¿Qué? —me preguntó con desgana.

—Pues eso, que puedo dar con la serie Fibonacci o cualquiera que suponga una suma o una multiplicación, pero si va hacia delante y hacia atrás, por ejemplo 1-2-1-4-5-7 y otra vez 1… No encuentro la lógica, me cuesta mucho.

Y entonces se le iluminaron los ojos.

—¡¡¡Claro!!! —empezó a corretear gritando y riendo por la casa— ¡¡Gracias!! —se me acercó y me besó en la frente—. ¿Qué haría yo sin ti? Jajaja —estaba exultante.

—Pero, ¿qué pasa?

—¿Cómo no lo he visto antes, Santi? La serie es sencilla, y agrupó los números de otra manera: I-II-IV-V-VIII-M (1-2-4-5-8-1000).

—¿Y qué tienen en común todos esos números, Santi? —desbordaba alegría y era evidente que él sabía la respuesta.

Intenté pensarlo durante unos segundos, pero me veía incapaz.

—¡Pensamiento lateral, Santi! Eso es lo que nos ha mostrado el asesino. No pienses en ellos como números. Obsérvalos como letras.

—¿Cómo? —no entendía nada; ¿había que volver a pasarlos a números romanos?

—Uno, dos, cuatro —mi amigo me leía los números vocalizando con cuidado—, cinco, ocho y mil. ¿Qué tienen todos esos números en común que no tiene ningún otro número entre el cero y el mil?

—Que no lo sé, Ernesto, no lo sé. Dímelo.

—Bueno, para ser más precisos, la pregunta debería ser ¿qué no tienen estos números que sí tienen el resto de números del cero al mil? Piensa, Santi, es tan sencillo —empezó a escribir en otra hoja “tres, seis, siete, nueve, diez, once, doce, trece, catorce, quince, dieciséis…”—. Dime, ¿qué tienen todos estos números hasta el novecientos noventa y nueve en común que no tienen los seis números de nuestra serie?

—Eeeehhhh —dudé—, de verdad, Ernesto, que no lo sé y no voy a esforzarme por pensar más.

—¡Tú lo has dicho!

—¿El qué?

—Eeehhhhh… —y se quedó mirándome.

—¿Y bien?

—Tú lo has dicho.

—¿¿EL QUÉ?? —¿es que yo estaba perdiendo la paciencia con los años?, ¿no era para matarlo?

—Eeeehhhh… —repitió Mendoza—. Tú lo has dicho: la letra e.

—¿Quééééééé? —´me desesperaba y no terminaba de entenderlo.

—Todo lo que tienen en común es que no tienen la letra e.

—Ah, fantástico, caso resuelto —dije, era tan estúpido que no sé por qué lo dije.

—De eso nada. Hemos resuelto una primera parte, que nos abre una puerta y ahora hay que saber avanzar.

—El siguiente número sería el 1001, ¿no? —lo había entendido—. ¿Tendrá que ver con eso?

—Sí, es muy probable. Sin embargo… —puso cara de concentración y enseguida de miedo—. Oh, mierda. Espero que no —me miró fijamente—. Santi, ¿qué día es hoy?

—Sábado.

—Mierda. Veamos. Aléjate de la ventana —me empujó hacia el cuarto de baño, que no tenía ventana—. Y, sobre todo, ni se te ocurra comer ni beber nada. ¿Has tomado algo hoy?

—El café de la mañana y un poco de pan. Querría ir a una terraza a desayunar, pero ¡como todavía no estamos en la fase 1!

—Vale, no hay problema. No tomes nada más sin consultarme antes. Solo agua.

—¿Pero por qué?

—Dios mío, Santi, creo que el asesino nos está diciendo que quiere matarte y podría ser hoy.

—¿Pero cómo? ¿Por qué?

—Tu nombre no tiene ninguna e y el día de hoy tampoco.

El resto del día lo pasé un poco acojonado, claro. No todos los días le dicen a uno que hay un asesino juguetón que amenaza con matarte. Mendoza me explicó que el veneno utilizado con el hombre ahorcado era paraquat, un herbicida muy usado tanto en asesinatos como en suicidios. Ahora, los síntomas que provoca podrían confundirse con los del coronavirus: afecta a las vías respiratorias. Y su nombre no tiene ninguna e.

—En los años setenta y ochenta del siglo XX David Catlin mató a dos de sus mujeres y a su propia madre con paraquat. Y en 1985 hubo doce muertos en Japón por culpa del paraquat que alguien había metido en máquinas de vending —me ilustró mi amigo—. Si miras en Wikipedia, verás que mucha gente se ha suicidado con paraquat. En Samoa, por ejemplo, siete de cada diez suicidas lo utilizan.

Debo decir que el sábado no ocurrió nada extraño. Ni el domingo ni los días posteriores. Pero Mendoza mantenía que la única pista que teníamos estaba relacionada con el siguiente paso que iba a dar el asesino. O se refería a algún concepto, lugar o persona cuyo nombre no tuviera la letra e o se refería directamente al siguiente número de la serie: 1.001.

Pero Mendoza sigue muy perdido. No sabe cómo avanzar y se ha propuesto empezar desde cero.

—Me falta información. Debo revisarlo todo. ¡Necesito ordenar el caos! —lo decía con entusiasmo, como si le hiciera ilusión sentirse desorientado.

Empezó a analizar el caso desde cero, miró todas las fotografías que había tomado en la escena en la que apareció el cadáver: el cuerpo ahorcado, la pistola, la ropa tirada por el suelo, el charco, la nota… Se encerró en su habitación desde el domingo por la tarde y no volví a verle hasta el miércoles.

Como se acercaba la fecha de la publicación del siguiente capítulo (este) en hoyesarte.com, llamé a su puerta para ver qué avances había conseguido mi amigo y poder contarles algo novedoso a ustedes.

Sin embargo, le pillé leyendo Guerra y Paz y escuchando El lago de los cisnes, sin atisbo de preocupación por la resolución del caso. Le pregunté con la mirada, arqueando las cejas, subiendo los hombros y con un ligero movimiento de mi cabeza hacia arriba, como si quisiera golpear delicadamente el aire con la punta de la nariz.

—¿Has oído lo de las fallas? Se suspenden definitivamente —se le ocurrió decirme—. Y la Feria de Abril será en septiembre y San Fermín en otoño… Jajaja, ¡me encanta el caos!

—Pues vale —le dije.

Escritor de ustedes. Con ustedes. Para ustedes.