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Para hablar con los muertos

De preguntas, y no de certezas, está hecha nuestra relación con la muerte. De búsquedas. De intuiciones y diálogos titubeantes. De lenguajes que hemos de inventar alterando los engranajes más rígidamente racionales de nuestra forma de pensar. En verdad, muchas fuimos siempre escépticas con el imaginario esotérico de lo paranormal, con ese aparataje un poco carnavalesco de fantasmas y voces y portales al más allá. Nos parece ingenuo, supersticioso, una forma más de la desesperación humana para llenar de sentido los vacíos. Para fabricar relatos. Desconfiamos, miramos con la mirada esquinada de quien entiende la trampa. Y acabamos aferrándonos al materialismo de “la nada” como si éste no fuera, también, otra forma de ingenuidad. Como si los relatos que fabricamos no fuesen, en cualquier caso, los lugares donde vivimos.

Para hablar con los muertos necesitamos una disposición, una apertura. Necesitamos darles un lugar, estar atentos, entender lo que nos afecta como algo que también nos requiere. Esta es la invitación de la filósofa Vinciane Despret en A la salud de los muertos [1], una obra que investiga, a través de testimonios, la manera en que los muertos entran en la vida de los vivos, y cómo nos hacen actuar. Lo hace, como se menciona en el prólogo, “sin asideros fáciles del pensamiento, sin muletillas heredadas, con amplitud de miras y generosidad”, para que podamos pensar en ello con delicadeza, caminando entre hallazgos sutiles.

Eso precisamente, buscar entre las sutilezas del lenguaje para nombrar la ausencia y hablar con los muertos, es, por otra parte, el viaje narrativo que propone el escritor catalán Pol Guasch en su novela Reliquia [2], publicada a principios de este año. Diez años después de la muerte de su padre, que acabó con su vida sin un solo gesto de despedida, el narrador le ofrece una posibilidad para seguir existiendo: un diálogo con el que mirar de frente el vínculo que los une, para hablar de su ausencia desde las presencias que ahora lo constituyen. Guasch parece contestar con su novela a Vinciane Despret cuando ésta escribe: “Quienes quedan llevan a cabo verdaderas investigaciones. Exploran, con cuidado, atención, sabiduría, mucho interés, las condiciones para establecer relaciones consumadas”. (…) Se esfuerzan por estar a la altura de esta prueba difícil que constituye perder a alguien –y aprender a reencontrarlo–.”

Para el reencuentro hace falta un lugar, y la literatura siempre es ese lugar donde vivir ciertas cosas, un espacio de posibilidad. La literatura nos permite inventar lenguajes que entran en los pliegues de la realidad, en sus profundos claroscuros. Hablar con la muerte, hablar con los muertos, es uno de esos pliegues profundos y delicados. Y tanto Despret como Guasch lo exploran con toda la atención y el cuidado que requiere.

El arte de morir y seguir viviendo

[1]En el imaginario occidental, la muerte supone una radical discontinuidad, una especie de brecha sin puentes que la separa de la vida. No siempre fue así, pero así acabó por entenderla la historia moderna: la muerte como la pura negación de la existencia: alguien ya no está, el vínculo se ha roto. Ahora bien, como apunta Maurice Bloch, los seres humanos nunca hemos dejado de crear y de explorar las brechas en la oposición del ser y del no-ser. En esas brechas la vida y la muerte se cruzan, se mezclan, se acompañan. Suceden las cosas que el lenguaje de la razón y la lógica no abarca.

Despret cuenta que cuando los antropólogos occidentales se acercaban a culturas en las que se afirmaba que había comunicación con los muertos, que un muerto, por ejemplo, podía reclamar algo, éstos trataban de entenderlo como metáfora de otras cosas que suponían más reales. Al final, el símbolo se convirtió en el gran invento de los blancos en el encuentro con “los otros” para no volverse locos, para poder explicarse en el lenguaje cientificista –que tantas veces es el único validado– lo que no entendían –por no abrirse a hablar otros lenguajes–.

En un hermosísimo poema de William Wordsworth, una niña pequeña, cuando un hombre le pregunta cuántos hermanos tiene, contesta “Seven in all” (siete en total): “And two of us at Conway dwell / And two are gone to sea / Two of us in the church-yard lie, / My sister and my brother / And, in the church-yard cottage, I / Swell near them with my mother” (Dos viven en Conway / y dos se hicieron a la mar / Otros dos yacen en la iglesia, / una hermana y un hermano; / y en la cabaña, junto a la iglesia, / vivo yo, cerca de ellos, con mi madre). El hombre, que cuenta la escena en primera persona, no puede entenderlo, le increpa diciendo que si es verdad que dos yacen en el cementerio, entonces sólo pueden ser cinco. Pero la niña insiste: “Their graves are green, they may be seen” (Sus tumbas son verdes, pueden verse), y le explica al hombre cómo teje cada tarde junto a ellos y les canta sus canciones y juega. Al final, desesperada por la incapacidad de comprender del hombre, la niña grita: ‘O Master! we are seven’.

El grito de la niña permanece en el lector como un eco y nos enseña que la lógica del hombre no es suficiente para entender la complejidad de la muerte. Que necesitamos lo que John Keats llamaba la negative capability, “la capacidad negativa”: el hecho de estar en paz con la ambigüedad, de quedarse con la dificultad de las contradicciones y de no saber. De, como diría Despret, acoger la potencia movilizadora que tienen los enigmas.

Para Marina Garcés, que el pasado dos de marzo presentaba la novela de su antiguo alumno y amigo Pol Guasch en Barcelona, Reliquia es también una forma de habitar el enigma: una historia donde hay más preguntas que afirmaciones, un libro que se desvía de las lógicas de la narración. “Rompes por dentro las historias sin llegar a destruirlas”, le decía a Guasch, “tu libro es un regalo bello y doloroso”.

Guasch escribe en un lenguaje poético que abre un espacio para hablar con los muertos. Escribe: “Em repeteixo que ets tu, qui em busca, i que em vols dir alguna cosa” (Me repito que eres tú, quien me busca, y que me quieres decir alguna cosa). Le habla al padre muerto, al padre suicida, pero no pretende resolver las preguntas que dejó su desaparición abrupta: no es ésta una escritura terapéutica. Es más bien una invocación, una forma de narrar la ausencia desde la presencia, desde los detalles. Cuenta, por ejemplo, cómo al levantar la vista del ataúd de su padre la tarde que pasaron en el tanatorio, el reloj marcaba las 17:31. Cómo después, si encontraba la misma hora en los relojes, encontraba al padre entre la oscuridad. Cómo esa hora se convirtió en un portal entre los dos.

Ahí está la nékuia, el rito de evocación de los muertos en la mitología griega, según la cual en los vivientes quedaba el encargo de mantener en el ser a los muertos. Un tipo de ritual, argumenta Vinciane Despret, totalmente contrario a la omnipresente teoría del duelo de nuestras sociedades actuales. El duelo, con sus tiempos normativizados y prescritos médicamente, se entiende como una suerte de despedida progresiva, de desapego, hasta aceptar la idea de que el muerto no existe más que como recuerdo fabricado por el vivo. Para Despret, esto anula la agencia de los muertos, su capacidad para dar, en un “resplandor de realidad”, el sentimiento de su presencia.

Para habilitar esa agencia, los vivos debemos al menos entrenar la escucha, como quien empieza a reconocer figuras en la oscuridad. Aunque, como leemos en el libro de Despret, el mundo no lo ponga fácil: “En un universo que deja poco lugar a la sombra, algunas cosas no pueden ser percibidas, al igual que no se oyen ciertos sonidos cuando no hay silencio alguno.”

Últimas palabras, últimos silencios

[2]En la narración de Reliquia se insertan otro tipo de textos: las notas de suicidio de escritores y escritoras, sobre todo de ellas: Sexton, Pizarnik, Plath y Tsvetàieva, entre otras. Las últimas palabras que dejaron las que decidieron irse: frases donde los que se quedan tratarán de hallar llaves para comprender un poco más. En la presentación de la novela, Guasch comentó esa especie de “mitomanía” que existe en torno a los últimos gestos, las palabras finales de los muertos que hacen que los vivos despleguemos un discurso en torno, como si quisiéramos encontrar ahí la explicación de toda una vida.

“Hauria agraït una nota” (Habría agradecido una nota) es la primera frase de Reliquia. El padre no dejó nota alguna de suicidio, negó a los que quedaban esas “palabras finales”, y ahora el narrador rebusca en el silencio. Descubre que para socorrer a la memoria está la propia escritura: “L’escriptura substitueix la memoria i ocupa l’espai físic que omplies abans” (la escritura sustituye la memoria y ocupa el espacio físico que llenabas antes). Porque la escritura es otra forma de nékuia, otro rito de evocación, una forma de restaurar la intimidad perdida con los muertos.

Para Pol Guasch, recordar es un acto de creación. Una forma de fabular, de fabricar o instaurar algo. La palabra inglesa re-member apunta exactamente a eso: a remembrar, recomponer las piezas y crear la figura. Y esto, como señaló Marina Garcés en la presentación del libro, no tiene que considerarse una empresa épica, como esos textos confesionales sobre la muerte de un ser querido que tratan de escarbar el pasado buscando un ajuste de cuentas. Se trata, más bien, de confrontar al monstruo de la vergüenza, que, como el vapor en el espejo, no dejaba vernos completamente, y, desde ahí, comenzar a hablar. Hablar desde el lugar mínimo de las palabras cotidianas, de lo conversacional, de quien quiere escuchar y ser escuchado. Para hablar con los muertos hacía falta abrir un lenguaje. Después, todo es continuar.