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Interviú: se escribía como suena y se maquetaba con desnudos y muertos

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No fue, no es, una revista más en la historia del periodismo español. Interviú nació en una época —la Transición— en la que empezaron a proliferar publicaciones políticas libres de censura y otras con desnudos a todo color. Lo que hacía, hizo, especial a Interviú fue su decisión de juntarlo todo cada semana durante muchos años con el mérito añadido de que la sacaban adelante redactores que a veces recelaban de sus portadas con la famosa de turno mostrando sus encantos. Eso no significa que no se barajara en algún momento, casi desde sus inicios y viendo que las ventas eran buenas, plantear a la dirección la posibilidad de prescindir de la tía buena como reclamo.

Aquella posibilidad la abortó pronto el propio Antonio Asensio (1947-2001), el mismo que había fundado el Grupo Zeta en 1976 y unos meses después había convertido esta revista en su buque insignia. El gran jefe pidió la palabra en una reunión y transmitió a su equipo de forma inequívoca cómo sería siempre el semanario: «Antes de que sigamos adelante, quiero que todos tengamos claro que nuestra revista se compone a partes iguales de política, reportajes, historias humanas y erotismo. Eso es Interviú. Si alguien no está interesado en trabajar en esa revista, se puede marchar ahora mismo».

Lo cuenta el novelista y periodista Jerónimo Andreu en Los desnudos y los muertos [3], título que resume aún más ese resumen de Asensio. Andreu firma, justo cincuenta años después de su primera llegada a los quioscos —cuando el número de quioscos en España tenía un cero más que ahora—, la crónica detallada de una revista que hizo compatible el sensacionalismo con espacio para firmas incontestables y multitud de reportajes que en ocasiones se pasaban de frenada y en otras requerían mucho valor por parte de sus autores. Y así fue hasta que echó el cierre en enero de 2018.

En esas cuatro décadas acumuló querellas como pocos o ningún medio en la historia reciente del país; en buena medida, por la filosofía que defendía su editor: había que contar la vida privada de los personajes públicos… hasta donde se pudiera. También porque desde el principio no hubo charco delicado que no pisaran. Como escribe Andreu, «la lista de temas a los que hincaban el diente representaba la pesadilla de cualquier Gobierno: el terrorismo de Estado, los tejemanejes de la CIA en España, abusos policiales y la falta de depuración en la policía, toda clase de encubrimientos judiciales y políticos de estos abusos, los extraños movimientos dentro de los servicios secretos… El Estado no estaba acostumbrado a ese control por parte de la prensa».

Lo más alucinante no es que el cóctel fuera bebible durante tantos años; lo increíble es que los ingredientes los aportara un equipo diseñado justamente para que aquello no hubiera durado ni unos meses: «Pornógrafos y revolucionarios, partidarios de la ligereza y de lo sesudo, rigurosos y alocados, todos se las apañaban para soportarse. Esa convivencia a menudo era festiva, pero no siempre sencilla: Interviú funcionaba a gritos, permanentemente en el conflicto. Un día un fotógrafo agarraba por el cuello a otro, y al siguiente el periodista argentino Ricardo Parrota le lanzaba una máquina de escribir a José Luis Morales después de haber intercambiado varios puñetazos».

Ejemplos de este ambientazo en la redacción Andreu proporciona unos cuantos. Se daba incluso el caso de redactores que eran amigos de figuras investigadas por sus compañeros de revista. Una plantilla de extremos que era posible porque, a diferencia de otras publicaciones, Interviú no tenía una línea editorial clara ni programa político ni nada que no fuera dar cada semana con alguna exclusiva que multiplicara los ingresos. Y todo ello, como suele pasar, en una época en la que solo había papel y una tremenda competencia por firmar en portada.

Como no podía ser de otra manera, el libro engancha cuando aborda de manera cronológica la trastienda pícara o negociadora y el anecdotario resultante de tantos desnudos (el legendario de Marisol absolutamente traicionada, el divertido de Lola Flores, los previsibles de Sabrina Salerno o Samantha Fox, el superventas de Marta Sánchez, el descuido de Marta Chávarri, Bibiana Fernández, Mar Flores…) y tantos muertos (los asesinatos de Puerto Urraco, el crimen de los marqueses de Urquijo, el de Alcàsser, las víctimas del aceite de colza…) que hablan bien de lo acertado del título. Sea por lo que tienen de trágicas unas veces, hilarantes otras, interesantes siempre, merece la pena seguir igualmente las peripecias de quienes hicieron posible la revista, desde los tres nombres que la pusieron en marcha (Antonio Asensio, José Ilario y Jerónimo Terres) a María Antonia Laparte, primera secretaria de redacción, pasando por Margarita Landi, César Lucas, Julián Lago, Luis Cantero, Eliseo Bayo, Xavier Vinader o José Luis Morales.

Con los años, los argumentos que defendían el propósito socialmente liberador del erotismo fueron perdiendo peso, si bien es cierto que las ideas feministas tampoco acabaron nunca de cuajar. No sirvió de nada ‘desnudar’ en portada a Jesús Vázquez. El caladero de la telerrealidad —Gran Hermano y programas epígonos— se había agotado. En la carta del editor que firmó Antonio Asensio Mosbah en el número especial de despedida justificaba la necesidad del punto final apelando a la revolución tecnológica, al cambio de negocio y a las nuevas formas de consumo de comunicación. En realidad, volviendo al asunto erótico, los tiempos habían cambiado y, como he oído decir al autor de este libro, los propios redactores, cada vez más jóvenes, no hacían algo habitual en cualquier medio impreso: llevarse a casa bajo el brazo algunos ejemplares. En ese gesto estaba ya la crónica de una muerte anunciada.

Los desnudos y los muertos [3]

Una crónica sentimental de Interviú

Jerónimo Andreu

Editorial Península

464 páginas

21,90 euros