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Poemas para la vida: ‘A la pintura’, de Rafael Alberti

“Yo soy Rafael Alberti, con dos abuelos de origen italiano y un tío garibaldino, pero con dos abuelas andaluzas. Mis apellidos españoles no pueden serlo más: me llamo Sánchez Bustamante y también Gómez. Nací a la sombra de las barcas de la bahía de Cádiz, cuando las gentes campesinas de toda Andalucía se agitaban, hambrientas. Los primeros blancos que aclararon mis ojos fueron la sal de las salinas, las velas y las alas de las gaviotas. En los zapatos de mi infancia duerme la arena ardiente de las dunas”, escribe el propio Alberti en Autobiografía, un texto publicado en La Gaceta Literaria en enero de 1929 que forma parte de una serie de artículos que vieron la luz en distintas revistas entre 1924 y 1942.

Años marcados por la pérdida de su biblioteca y de muchos de sus escritos cuando en las circunstancias trágicas de 1939 tuvo que exiliarse para no regresar a España hasta treinta y ocho años más tarde. 

Inicios

Tras iniciar sus estudios en los colegios de las Carmelitas y de los Jesuitas del Puerto de Santa María, Rafael Alberti Merello, nacido en el seno de una familia de bodegueros que habían vivido tiempos mejores, se traslada a Madrid con quince años y decide abandonar los estudios para dedicarse a la pintura.

“Fui dibujante y pintorcillo de playas, de paisajes salineros, de huertos y vergeles floridos. Y cuando abandoné mi bahía gaditana y se me abrieron en Madrid las puertas y salones del Museo del Prado ya me sentí de súbito un muchacho capaz de amar a Goya y Zurbarán, de comprender poco después hasta el cubismo y celebrar una pequeña exposición de obras audaces en una sala madrileña”.

No mucho tiempo después, una afección pulmonar le obliga a buscar aires puros y en las sierras de Guadarrama y Rute comienza a escribir sus primeras poesías que fraguarán en Marinero en tierra, libro con el que obtiene el Premio Nacional de Literatura otorgado por un jurado integrado por Antonio Machado, Menéndez Pidal, Arniches, Moreno Villa y Gabriel Miró. Desde San Rafael, en el Guadarrama, escribe al pintor Gregorio Prieto: “El cielo baja a pastar al prado, tragándose los pinos y los montes”.

Tras restablecerse regresa a Madrid y frecuenta la Residencia de Estudiantes en donde inicia amistad con Lorca, Salinas, Guillén, Aleixandre y Gerardo Diego, llamados a integrar uno de los más brillantes grupos poéticos del siglo XX. Ese mismo año, 1924, comenzó una relación con la pintora Maruja Mallo que duró hasta 1930, cuando conoce a María Teresa León y se casa con ella.  

Etapas

A la publicación de Marinero en tierra siguieron La Amante (1925) y El alba de alhelí (1925-26). En esos primeros libros se aprecia claramente la influencia de Gil Vicente, del Cancionero y Romancero españoles y de otros autores como Garcilaso, Góngora, Lope, Bécquer, Baudelaire o Antonio Machado.

Como escribiría Juan Ramón Jiménez, tan poco dado a los halagos gratuitos, la poesía de Alberti es “popular,  pero sin acarreo fácil, personalísima, de tradición española, pero sin retorno innecesario, nueva, fresca y acabada a la vez, rendida, ágil, graciosa, parpadeante: andalucísima».

Por entonces y como él mismo dejó escrito, tras sus problemas de salud, sus penurias económicas y la pérdida de la fe encuentra en el compromiso político una sólida razón de vida. Durante la dictadura de Primo de Rivera participa en revueltas estudiantiles, apoya el advenimiento de la Segunda República y se afilia al Partido Comunista. Como confiesa en sus memorias: “La poesía se convirtió en un arma necesaria para sacudir conciencias, una forma de cambiar el mundo”.

Así, tras sucesivas etapas en las que cultiva el neogongorismo de Cal y Canto (1926-1927) y el superrealismo de Sobre los ángeles (1927-1928) vira hacia una obra de fondo más político, momento en que su poesía cobra cada vez más un tono irónico y desgarrado, como los poemas burlescos de Yo era un tonto y lo que he visto me ha hecho dos tontos (1929), Sermones y moradas (1929-1930), Elegía Cívica (1930), su primera entrega de poesía social, y ese mismo año Con los zapatos puestos tengo que morir.

En 1931 traba amistad con Unamuno y estrena para el teatro El hombre deshabitado, Fermín Galán y El adefesio. Al año siguiente viaja a París y a la Unión Soviética, en donde conoce a Aragón y Pasterkak y asiste en Ámsterdam al Congreso Mundial contra la Guerra. En 1933 escribe Consignas y Un fantasma recorre Europa. Dos años más tarde, 13 bandas y 48 estrellas.

Su compromiso político se afianza en 1934, cuando funda la revista Octubre y asiste en Moscú al Congreso de Escritores Soviéticos, en donde conoce y trata a Gorki, Eisenstein, Prokofieff y Malraux y viaja a América como conferenciante político en Nueva York, La Habana y México.

Cuando estalla la Guerra de España se integra en la Alianza de Intelectuales Antifascistas, de la que forman parte, entre otros, Ramón Gómez de la Serna, María Zambrano, Miguel Hernández, José Bergamín, Rosa Chacel, Luis Buñuel, Manuel Altolaguirre y Luis Cernuda.

Exilio

Al concluir la contienda, Alberti y María Teresa León se trasladan a París, en donde él trabaja como locutor de radio hasta que las autoridades francesas les retiraron el permiso de residencia a ambos por «comunistas peligrosos».

Allí permanece hasta el estallido de la Segunda Guerra Mundial, cuando se instala en Argentina, donde escribe teatro y poesía y vuelve a pintar. En compañía de María Teresa vive en Buenos Aires, en Córdoba, donde nace su hija Aitana, y en Punta del Este, donde trató a Pablo Neruda.

En esos años publica Retorno de lo vivo lejano, Oda marítima, Noche de guerra en el Museo del Prado, A la pintura: poema del color y la línea, y Poesía, un volumen que abarca la casi totalidad de su obra lírica hasta entonces que trasluce un nostálgico sentimiento por España y, en 1959, los dos primeros volúmenes de sus memorias La arboleda perdida.

El 24 de mayo de 1963, cumplidos los 61 años y tras más de veintitrés en Argentina, se muda a Roma en donde entabla una amistad duradera con Ungaretti, Victorio Gassman y Pier Paolo Pasolini.  

Regreso

Por fin, el 23 de abril de 1977, transcurridos treinta y ocho larguísimos años de exilio, regresa definitivamente a España. “Me fui con el puño cerrado y vuelvo con la mano abierta como símbolo de paz y fraternidad entre todos los españoles”, dijo entonces, cuando fue elegido senador y diputado por el Partido Comunista, escaños a los que renunció para proseguir una labor literaria que se prolongó hasta casi sus días finales.

Autor de medio centenar de obras, entre sus poemarios: Entre el clavel y la espada; Pleamar; Baladas y canciones del Paraná; Abierto a todas horas; Roma, peligro para caminantes; Canciones del Alto Valle del Aniene; Fustigada luz; Los hijos del drago y otros poemas; Sermones y moradas; Retorno de lo vivo lejano; El aburrimiento y Canciones para Altair. Además, como se ha apuntado y bajo el título La arboleda perdida, sus volúmenes de memorias lograron amplia resonancia. En esas páginas confiesa que siempre se sintió, y así le gustaría ser recordado, como “poeta en la calle”.

Distinguido, entre otros numerosos reconocimientos, con el Premio Miguel de Cervantes en 1983, antes lo había sido con el Nacional de Teatro en 1980, y con galardones internacionales como el Premio Roma de Literatura, Rafael Alberti murió en su casa Ora marítima del Puerto de Santa María en la madrugada del 29 de octubre de 1999. Había cumplido 96 años. Cumpliendo su expreso deseo, sus cenizas fueron esparcidas en la bahía de Cádiz, aquel mar de su infancia cantado en Marinero en tierra.

Basculando entre sus dos pasiones: la literatura y la pintura, Alberti, que había participado muy activamente en la evacuación de los fondos del Museo del Prado durante la guerra, publica en 1945 A la pintura, entregado canto cuya singularidad no sólo radica en el hecho de reflejar en sus versos su amor hacia la pintura, sino en la peculiaridad de que un poeta, que también es y se siente pintor, haga poesía de su visión de ese arte.

De ese libro, una de las cumbres de su obra total, rescatamos el tercer y largo poema que, dedicado a Picasso, sirve de pórtico al conjunto de los 56 que lo completan.  

¡El Museo del Prado! ¡Dios mío! Yo tenía
pinares en los ojos y alta mar todavía
con un dolor de playas de amor en un costado,
cuando entré al cielo abierto del Museo del Prado.              

¡Oh asombro! ¡Quién pensara que los viejos pintores
pintaron la Pintura con tan claros colores;
que de la vida hicieron una ventana abierta,
no una petrificada naturaleza muerta,
y que Venus fue nácar y jazmín trasparente,
no umbría, como yo creyera ingenuamente!
Perdida de los pinos y de la mar, mi mano
tropezaba los pinos y la mar de Tiziano,
claridades corpóreas jamás imaginadas,
por el pincel del viento desnudas y pintadas.
¿Por qué a mi adolescencia las antiguas figuras
le movieron el sueño misteriosas y oscuras?

Yo no sabía entonces que la vida tuviera
Tintoretto (verano), Veronés (primavera),
ni que las rubias Gracias de pecho enamorado
corrieran por las salas del Museo del Prado.
Las sirenas de Rubens, sus ninfas aldeanas
no eran las ruborosas deidades gaditanas
que por mis mares niños e infantiles florestas
nadaban virginales o bailaban honestas.
Mis recatados ojos agrestes y marinos
se hundieron en los blancos cuerpos grecolatinos.
Y me bañé de Adonis y Venus juntamente
y del líquido rostro de Narciso en la fuente.
Y -¡oh relámpago súbito!- sentí en la sangre mía
arder los litorales de la mitología,
abriéndome en los dioses que alumbró la Pintura
la Belleza su rosa, su clavel la Hermosura.

¡Oh celestial gorjeo! De rodillas, cautivo
del oro más piadoso y añil más pensativo,
caminé las estancias, los alados vergeles
del ángel que a Fra Angélico cortaba los pinceles.
Y comprendí que el alma de la forma era el sueño
de Mantegna, y la gracia, Rafael, y el diseño,
y oí desde tan métricas, armoniosas ventanas
mis andaluzas fuentes de aguas italianas.
Transido de aquel alba, de aquellas claridades,
triste «golfo de sombra», violentas oquedades
rasgadas por un óseo fulgor de calavera,
me ataron a los ímprobos tormentos de Ribera.
La miseria, el desgarro, la preñez, la fatiga,
el tracoma harapiento de la España mendiga,
el pincel como escoba, la luz como cuchillo
me azucaró la grácil abeja de Murillo.

De su célica, rústica, hacendosa, cromada
paleta golondrina María Inmaculada,
penetré al castigado fantasmal verdiseco
de la muerte y la vida subterránea del Greco.
Dejaba lo espantoso español más sombrío
por mis ojos la idea lancinante de un río
que clavara nocturno su espada corredora
contra el pecho elevado, naciente de la aurora.
Las cortinas del alba, los pliegues del celaje
colgaban sus clarísimos duros blancos al traje
del llanamente monje que Zurbarán humana
con el mismo fervor que el pan y la manzana.
¡Oh justo azul, oh nieve severa en lejanía,
trasparentada lumbre, de tan ardiente, fría!
La mano se hace brisa, aura sujeta el lino,
céfiro los colores y el pincel aire fino;
aura, céfiro, brisa, aire, y toda la sala
de Velázquez, pintura pintada por un ala.
¡Oh asombro! ¡Quién creyera que hasta los españoles
pintaron en la sombra tan claros arreboles;
que de su más siniestra charca luciferina
Goya sacara a chorros la luz más cristalina!

Mis oscuros demonios, mi color del infierno
me los llevó el diablo ratoneril y tierno
del Bosco, con su químico fogón de tentaciones
de aladas lavativas y airados escobones.
Por los senderos corren refranes campesinos.
Patinir azulea su albor sobre los pinos.
Y mientras que la muerte guadaña a la jineta,
Brueghel rige en las nubes su funeral trompeta.

El aroma a barnices, a madera encerada,
a ramo de resina fresca recién llorada;
el candor cotidiano de tender los colores
y copiar la paleta de los viejos pintores;
la ilusión de soñarme siquiera un olvidado
Alberti en los rincones del Museo del Prado;
la sorprendente, agónica, desvelada alegría
de buscar la Pintura y hallar la Poesía,
con la pena enterrada de enterrar el dolor
de nacer un poeta por morirse un pintor,
hoy distantes me llevan, y en verso remordido,
a decirte, ¡oh Pintura!, mi amor interrumpido.