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Todos mis nietos rubios como el trigo

Los miro como tratando de abrazarlos y mis ojos se ilusionan con un brillo de dicha. Soy tan feliz viéndoles vivir. Hablan y existen como si la vida misma fuese una tienda enorme de chucherías o de delicatessen y me emociona verlos así. Son guapos, se divierten y se les nota mucho que aún no tienen ninguna enfermedad y que los pájaros de sus cabezas están todos muy nuevos.

Me enamoran sus dientes blancos y perfectos, sus cabellos despeinados, sus zapatillas luminiscentes y sus calcetines de colores fucsia y granate. Es como si la zona más triste de mi cerebro comenzase a latir porque hoy estoy con ellos. Son mis hijos, mis nueras y todos mis nietos rubios como el trigo.

Les he comprado muchas cosas. Me he gastado entera la extraordinaria de Navidad y algo de lo ahorrado en comprarles de todo. He llenado la mesa de regalos envueltos en papel celofán, de champán, de almendras, de brandy, de Martini, de botellas de refrescos, de mazapán, de turrón, de pequeñas cajitas de bombones… No tenías que haberte molestado tanto, mamá, me han dicho mis hijos. Por Dios, mamá, ¿cómo has comprado tantas botellas de brandy y de Martini? Hasta he comprado marisco cocinado y unos jerséis de lana virgen que quiero que se lleven para que se los pongan este invierno que va a ser muy frío. ¡Ah! Y unos décimos de lotería para “El Niño”.

Para que estén aquí he tenido que hacerle una pequeña trampa al destino. Una pequeña maldad que espero que sepa perdonarme quién tenga que perdonarme eso. De niña me gustaban mucho esas pequeñas cosas preciosas que se hacen de vez en cuando para darle una sorpresa o una alegría a Dios. Esta vez la alegría me la he dado a mí misma porque me he hecho mayor sin darme cuenta. Me he hecho muy mayor, he cumplido ochenta y dos años y empiezo a sentir miedo. Incluso cuando salgo a la calle, me arrimo a la pared agarrándome como las salamanquesas.

Estoy muy sola siempre y algunas tardes grises paseo por el parque con un botellín de agua mineral en la mano para curarme de algo. Los pájaros de mi cabeza tienen ya mucha fiebre. Hace tiempo que voy al médico y no sé a lo que voy. Entro a los dormitorios y no sé a lo que entro. Sin embargo, a veces, de pronto amo la vida. Entonces entro a un bar y desearía tomarme en la barra media botella de cava con alguien que se hubiese leído todos los versos o hubiese visto todas las películas y me hablase de ellas mirándome despacio con sus ojos hermosamente azules. O alguien de carne y hueso que escribiera poemas y brindase conmigo diciendo estas palabras que leí una vez y jamás he olvidado: “Ni este mundo ni yo tenemos ya remedio, pero caeré diciendo que la vida era buena. La quiero para siempre, con muchísimo amor”.

Y es verdad que la quiero porque están todos aquí. Todos mis nietos rubios como el trigo. Ellos viven muy lejos, en ciudades enormes y ruidosas en las que siempre hay cosas por hacer. Y yo vivo sola aquí, en este pequeño pueblo de Cantabria. Están muy atareados. Lo comprendo. Viven con mucha prisa. Ocupados. Siempre ocupados: El trabajo, el yoga, las horas perdidas en los transportes públicos, el colegio, la natación, esquiar y todas esas pantallas de sus teléfonos móviles que miran sin cesar. Probrecitos. No paran. Siempre tan ocupados trabajando en vivir. Apenas tienen tiempo para ellos.

A veces me llaman por teléfono y me preguntan cómo he pasado Jueves Santo o agosto o el otoño. Me preguntan si me he operado ya de las varices, si duermo bien, si viajo con el INSERSO o si sigo haciendo aerobic en el Hogar del Pensionista de Castillejo, mi pueblo. Pero nunca tienen tiempo para venir a verme y ayudarme a soplar esa tarta con velas que compro por mi cumpleaños y se me pone, con los días, custrida y seca encima del poyo de la cocina y luego tengo que tirarla a la basura o llevársela en una bolsa al rumano que pide en la puerta de misa.

Pero hoy están todos aquí. Por fin me han hecho esta visita que durante tanto tiempo he anhelado. Por fin han dejado por unas horas de mirar y mirar pantallas y mi casa se ha llenado de alegría. Esta casa vacía y triste “como un vientre de pescado que se quedara frío besándote la boca”. Pero hoy no. Hoy mis hijos están pletóricos y me miran con alegría a los ojos. Mis nueras me han besado y abrazado sin escrúpulos. Todos sonríen y me dicen lo bien que llevo mis ochenta y pico años, lo guapa que estoy y todo eso. Y todos mis nietos rubios como el trigo abren regalos, comen bombones y corren con los patines por el pasillo. Me han rayado los muebles, pero no me importa porque hoy soy muy feliz.

Hoy adoro el vino tinto, el chacolí, la vida. Hemos abierto una botella de Martini a la temperatura de la sangre y estamos todos bebiendo y brindando por la lotería. Yo brindo por estar todos juntos y ellos brindan por la lotería. Hoy ya no soy esa maestra jubilada y sola que mira retratos y escapularios y los acaricia con los labios. Hoy ya no soy esa mujer mayor que se peina durante muchas horas mirándose en el espejo del dormitorio porque casi no sabe hacer otra cosa, salvo llorar a escondidas y leer a Emily Dickinson. Hoy ya no me duele el corazón. No necesito ir al médico. Ni siquiera voy a tomarme esas pastillas de “aguantar” o “para que me interese la vida” que me recetan en el ambulatorio.

Hoy se ha cumplido algo y no quiero pensar en ese cáncer calladito que me diagnosticaron hace un mes. No hay dicha más grande para mí que ver a todos mis nietos romper el celofán de los regalos o correr por las habitaciones como si mi casa fuese una de esas preciosas películas de Disney. Viéndolos, por fin, con sus risas y su alegría, recuerdo ese precioso verso de Cernuda que me gustaba tanto escribir con tiza en las pizarras: “¡Años de niñez en que el tiempo no existe! ¿Cuántos siglos caben en las horas de un niño?”.

Y soy muy feliz mientras los miro y me dejo besar y los abrazo a todos. Un poco ebria porque no estoy acostumbrada a beber. Tan ebria, que se me traba la lengua y no puedo responder a mis nietos cuando me preguntan:“¿Abuelita Rosario, es verdad que llevabas tres décimos de lotería de Navidad del primer premio que ha caído en el Catillejo?”, “¿Abuelita Rosario, es verdad que vamos a ser ricos?”, “¿Abuelita Rosario, le vas a comprar a papá ese bemeuve rojo de doscientos caballos que ha visto en un catálogo?”. Y yo sólo hago que sí con la cabeza porque me siento muy mareada. Me siento como si hubiese acuchillado un saco de cebada y me costase mucho tratar de contener el grano con las manos. No me atrevo a hablar por si me nota que he bebido. Incluso no me atrevo a hablar por si entremedias lloro o por si cuento la verdad. Debería llorar. Es mi fiesta y debería llorar. Debería estar llorando ahora mismo. Debería decirles la verdad. Debería de confesar que les mentí cuando me llamaron muy contentos después de haberse enterado por la televisión de que el primer premio de la lotería había caído en Castillejo. Debería de confesar que la lotería de Navidad sí ha tocado ahí al lado, en el supermercado de la esquina, casi íntegramente, pero yo no llevaba. Todo este otoño estuve triste y no he tenido ganas de comprar los tres décimos, uno para cada familia, que compro cada año. Debería decirles que les mentí para tenerlos a mi lado, para sentirme reina por un día. Debería también decirles lo del cáncer y algunas cosas más por si hoy muriera. Pero no voy a hacerlo. Voy a abrir otra botella de Martini. Les quiero para siempre, con muchísimo amor.

Más sobre el Premio de Cuentos Breves Maestro Francisco González Ruiz

El gran número de autores innovadores y la gran calidad del cuento español en el panorama literario contemporáneo es un fenómeno reconocido tanto por la crítica especializada como por los aficionados a la literatura en general y a la narrativa breve en particular. Con el objetivo de promover y difundir este género, hoyesarte.com, primer diario de arte y cultura en español, y KOS, Comunicación, Ciencia y Sociedad, con la colaboración de Arráez Editores SL, convocaron la primera edición del Premio Internacional de Cuentos Breves ‘Maestro Francisco González Ruiz’, dotado con 3.000 euros y cuyo plazo de presentación de relatos concluyó el pasado 31 de mayo.

El certamen se desarrolla en una fase previa y otra final. Durante la previa, el Comité de Lectura selecciona los relatos finalistas de entre los recibidos antes del 31 de mayo, que se irán publicando en hoyesarte.com. Este es el caso de Todos mis nietos rubios como el trigo, centésimo segundo cuento preseleccionado.

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